Camisetas, camisetas de Bukowski!!!

c.b.

La gran mayoría de los libros que merecen tal nombre piden ser leídos con calma, en reposo; o al menos con una mínima desconexión ambiental que permita que entre bien ese vino, que no se derrame, que queme bien el gaznate con su pasión o su derrota, su gloria o su asco, su profundidad o su miseria. Más aún cuando se trata de poesía. Por lo general, es un líquido que se desparrama, un compuesto imposible de tragar en muchas situaciones; no digamos mientras vas andando por la calle: como llevar en volandas una bandeja que se te fuera a caer en cualquier momento. Y se cae, al final se te cae y no has bebido nada, y más vale volver por donde lo dejaste en mejor tesitura. Se podrá pensar que qué carajo hace uno intentando leer mientras remonta la Gran Vía, o vuelve a casa para comer, o llega tarde al dentista fintando a las viejas con bolsas de la compra y a los niñatos con reggeton en el bafle del móvil. Pero cada cual tiene sus vicios, y los yonquis de la letra impresa también podemos parecer gilipollas, según y cómo.

Pensaba en todo esto el otro día, al ir leyendo por la calle al viejo lobo de bar, bucanero del infierno Charles Bukowski. No me hacía falta parar en ningún paso de cebra para asimilar hasta el fondo ese licor que cae y retumba en los adentros como una carcajada siniestra. El viejo cabrón. A Bukowski se le puede leer andando porque su escritura es una respiración en sí misma, un aliento entrecortado de niebla que se acompasa a tu andar (o tu andar a él, quién sabe); porque dice las cosas como si rumiara un trago de whisky y se estuviera pensando si escupirlo o no hasta el final. Y al final escupe, por supuesto. Pero lo que escupe es un cangilón de belleza, un esputo de sombra, una broma macabra que llora hediendo, aullando de amor y de terror como un espléndido y victorioso insulto. Se le pueden poner muchas pegas, claro. Como su frecuente empecinamiento en encabalgar hasta las sílabas, infantil y exasperante, o esa bulimia verbal que le hacía a veces escribir para contar que había ido y vuelto del váter. O un estilo que por excesivamente crudo no deja ver muchas veces la furibunda ternura que enjaulaba el bastardo, como un animal acorralado de arañazos protegiendo a su cría. Yo mismo tuve muchas reticencias para llegar a tomarle en serio: durante años –mis años más mozos– me pareció un cretino sin nada que decir, célebre tan sólo por la leyenda maldita y ese caca-culo-teta-pis tan caro a los modernos, esos imprescindibles visionarios que acaban precisamente envejeciendo los primeros, en cuanto se descubre el pastel de que el emperador va desnudo (de hecho fueron éstos, sus múltiples, pueriles y cansinos epígonos, los verdaderos responsables de mi aversión inicial). Pero es que no lo había leído nada, en realidad, o lo no lo había leído bien. Voy pensando en todo esto mientras sigo andando y leyendo y entonces sonrío al acordarme, inevitablemente, del colega Javi Recio, altísimo discípulo del sujeto de marras a quien adeudo el impagable gancho de derecha (Peleando a la contra, se llama esa joya publicada por el señor Herralde) que me dejó patidifuso y noqueado en un portal de un edificio de Bruselas, a la hora del cigar, una mañana gris de hace ya más de dos años, cuando nosotros los de entonces aún éramos aquéllos pero estábamos en vías de ser éstos: o sea, los mismos pero sin cuartos. Y entonces, para variar, lo que leo y lo que pienso y lo que recuerdo y lo que respiro se entrecruzan para dotar a todo de un sentido remoto, oscuro y violento en este pacífico mediodía ibérico en el centro de una ciudad del sur donde todo parece estar en calma mientras algo cruje, a lo lejos, no deja de crujir aunque la peña parece (sólo parece) no oír nada.

Porque justo en ese momento me cruzo con un chaval embutido en una camiseta con la canónica y canonizada imagen de Ernesto Guevara, esa pose eterna que le pilló el fotógrafo Korda en un entierro al poco de culminar la revolución; y entonces lo veo todo clarísimo. Camisetas. Hay que hacer camisetas, muchas camisetas, miles, millones de camisetas. Han de disponer fábricas, máquinas, campañas de márketing y lo que haga falta, señora, lo que sea menester, magníficos ejércitos de manufacturación para que el sistema americano o global o lo que sea esto empiece a escupir a toda hostia millones de camisetas con el careto, la mueca, la máscara de bufón decrépito y glorioso y sangriento de Charles Bukowski. Y así todos los muchachos del mundo que leemos a Bukowski andando por la calle, con el paso raudo y el bolsillo vacío y la vista de pájaro bajo la boina clavada en las páginas de Bukowski podremos llevarlas digna, orgullosamente, camisetas, joder, claro que sí, camisetas ideadas, fabricadas, acabadas y embaladas por el mismo sistema que engulló y demacró el alma y dio por culo y casi destruye antes de tiempo al indestructible púgil cabrón Bukowski, y que lo execró y lo quiso muy lejos hasta que ese mismo sistema no tuvo más remedio que plegarse a su talento feroz, y por tanto engullirlo, o al menos intentarlo, engullirlo también a él y a su talento con ediciones de escándalo de sus libros llenos de bilis contra ese mismo sistema y con películas de Hollywood sacando brillo al fétido mito marginal y seguro que también con canciones desesperadas de tipos que duermen en la gloria más alta de los hoteles de lujo. Camisetas, coño, claro que sí, muchas camisetas; miles y miles y millones de camisetas con el careto asqueroso, febril e insobornable de ese viejo loco cabrón para que así todos los gloriosos y podridos jóvenes de hoy que deambulamos sin dinero pero también sin honor por los callejones del mundo podamos llevar esa bandera enhiesta, ese grandioso blasón manufacturado por Zara o H&M o Mórtimer&Marikonen y así poder decirle en un atronador y candoroso y sordo aullido a este mismo sistema de mierda que exprimió a Bukowksi y que ahora y para siempre nos exprimirá a nosotros que estamos todos encantadísimos de habernos conocido, ellos con sus fábricas y su casino y su sonrisa de mantequilla, nosotros con nuestra gloriosa derrota invisible que no sirve para nada, y en medio, oh, pero en medio ese trapo divino, ese sudario sagrado y maltrecho con el careto de Bukowski mientras el mismo viejo verde sabio insobornable genial hijo de puta se revuelve del asco en la miserable tumba a la que tanto miedo tuvo aun en la cumbre, aun hediondo de éxito, aun delante de las cámaras de televisión (“Tarde, llegáis tarde, tarde”, les decía) que le iban a entrevistar en el hermoso y caro salón de su penúltima posada, su penúltima estación, su penúltimo motel lleno de ratas bajo la alfombra roja en este desgraciado, ingrato, sarcástico mundo de mierda.

[Febrero de 2012]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s