“Yo, señor, no soy malo…” (del rencor, la EGB y el insomnio de Carl Ericsson)

Carl-Ericsson

“Yo no soy un rencoroso; por eso me voy a apuntar aquí esto que usted me acaba de hacer, para que no se me olvide”. Camilo José Cela, gran erudito en la materia, es de los que mejor lo supo expresar, a la ibérica manera. Y es que si algo nos queda de hidalgos, aparte la candorosa e incorregible costumbre de que nuestro ego extienda cheques que nuestro bolsillo no puede pagar, parafraseando a otro filósofo contemporáneo amigo nuestro, es el genio para cagarnos en los muertos del prójimo de todas las formas y colores. Elegantemente incluso. Pero esto es algo que sólo se aprende con el tiempo. La infantería última de la EGB, por ejemplo, arreglábamos nuestras cuitas de forma más expeditiva y espartana. Uno, es un poner, hacía la puñeta a un compañero en el recreo, jugando al pillao, o ultrajaba el honor de alguna damisela ya adjudicada a un becario de los negros de The Wire, o simplemente se encontraba en el lugar equivocado en el momento inoportuno, y recibía siempre la idéntica, terrorífica, gutural sentencia: “Al salir t’esperas”. Al salir (del colegio) te esperas para que te reviente a hostias, se entiende. Tenía uno entonces dos opciones (sólo dos): o acudía a la cita a pecho descubierto, arrojando la mochila cual Máximo Meridio el escudo a la arena del Coliseo, mientras farfullaba, echando espuma por la boca, “Que yo tengo mucho nervio, eh, que yo tengo mucho nervio…” –como un hombre, vamos–, o… O salía cagando leches al sonar la sirena, se escabullía entre el gentío, saltaba la valla por otro lado y llegaba a la casa de su abuela con las pintas del fulano del Expreso de medianoche. Como un crío de ocho años, vamos. Sin honor, sí, pero vivo. 

En Estados Unidos no hay EGB (para los de la ESO: Enseñanza General Básica), y la historia que sigue ilustra bien hasta dónde podemos llegar un día de éstos, por haberla desterrado de nuestras vidas como todas las cosas medianamente útiles hechas en España. En Estados Unidos no hay EGB, decimos, ni la ha habido nunca; y muchísimo menos en Madison, provincia (o lo que sea) de Dakota del Sur, principios de los años 50.

Escenario y tiempo en que se desarrolla nuestro drama. Podrán imaginarlo fácilmente, supongo, gracias a las películas: plácida localidad del Medio-Oeste estadounidense de apenas 6.000 habitantes en la actualidad; suponemos que piadosa, laboriosa (y muchas más benevolentes –osas), suponemos que agraria, con su escuela, sus iglesias protestantes, sus negros serviles, sus gentes de bien; sus vastos campos de trigo dorados por la brisa del atardecer una vez acabada la faena, cuando los fornidos trabajadores y propietarios regresan a descansar, satisfechos y felices, a sus honorables (y todos los –ables que ustedes quieran) hogares blancos, de perrito rondando la hacienda, esposa leyendo la Biblia en el balancín del porche y niños dentro de casa, haciendo los deberes en su cuarto (él) y ensayando sus lecciones de piano en el piso de abajo (más crecida ya, ella)…

… Pero me temo que el fresco que acabamos de esbozar se parece demasiado a otra historia conocida; y en nuestra casa no somos tan maniqueos ni tan obvios como para recordar aquí a otro pueblo muy similar (Holcomb) que produjo otro interesante acontecimiento en 1959 merecedor de la atención y hasta la salud del señor Truman Capote, que dedicó al suceso una obra maestra narrativa… Sólo queríamos poner el atrezo. Y ninguno de los personajes mencionados hasta ahora es real, ni tiene que ver con la historia.

Los personajes reales, los protagonistas de la historia, se llaman Carl Ericsson, de una parte; Norman Johnson, de la otra. Hacia esa época –principios de los ’50, habíamos dicho–, ambos son muy jóvenes, apenas púberes; tanto Carl como Norman rondan los 15, 16 años, aunque Norman es unos meses mayor. Muchos años después, cuando todo fuera ya irreparable, los periodistas que cubrieron el suceso habrían de decir de Carl, sucintamente, que “era un chico tímido”, mientras que Norman brillaba como “estrella del deporte”; y añadía alguna crónica, quizás intensamente: “Uno de esos chicos populares a los que les gusta ridiculizar a quienes no son como ellos”. Sin pretender ser tan crudos, podemos imaginar fácilmente a Norman, de nuevo gracias al cine, a las series de televisión, como miembro de esa elegida especie de rubios Ken de los vestuarios: capitán del equipo de algo (o de varios equipos a la vez, como las carteras ministeriales) de tupé imperturbable y familia bien, intermitentes modales cuartelarios y novio eterno, por supuesto, de la capitana rubia (Barbie) de las animadoras, cuya falda él va conquistando por centímetros en el asiento de cuero de su Cadillac durante las ingenuas y excitadas proyecciones del auto-cine…

… Pero desbarramos ligeramente, de nuevo: resulta demasiado fácil y tentador pintar de forma tan simplista el carácter de Norman, cuando nadie es de una sola pieza; la gente cambia con el tiempo, madura, en teoría. Y si las etiquetas y los veredictos no son casi nunca justos, menos aún lo es hacerlo a esta distancia temporal y espacial (periodismo ciudadano, lo llaman a eso) sobre un chaval que, por la época en que los hechos ocurrieron, a duras penas se afeitaría aún; además, ulteriores datos podrán cuestionar este perfil. No caigamos en eso, no desbarremos gratuitamente; volvamos a los hechos, a lo que sí sabemos.

Lo que sí sabemos, hemos podido saber por medios como el Huffington Post americano, es que Norman era una track star (atleta americano de libro), y Carl un student sports manager: una especie de representante de deportistas juveniles. Ambos compañeros de clase. No sabemos cómo se llevaban; no sabemos cómo era su relación. Podríamos aventurar que Carl guardase (o no) una cautelosa distancia respecto a Norman y su cuadrilla, a la que temiese u odiase o admirase (o las tres cosas a la vez) hasta llegar a destilar íntimamente un compuesto amarillento parecido quizás a la envidia; pero podríamos aventurar también que Carl iba a lo suyo, sencillamente, más o menos elusivo, más o menos independiente, y que las actividades de aquéllos no le ocupasen más pensamientos que los inevitables (más parecidos en este caso al desprecio). Podríamos aventurar que Norman fuese, dentro de su elemental papel de macho alfa, un tipo con buen fondo: tan sólo un muchachote algo bravucón y bien parecido demasiado seguro y absorto en su éxito como para invertir, además, algún tiempo y energía en los insignificantes personajillos anónimos de su tinglado [ya saben: los ganadores y los perdedores; los chicos populares y los piltrafas que deben pedir perdón por respirar, sin término medio, y toda esa profunda filosofía]; pero podríamos aventurar también que Norman no tuviera nunca suficiente, y precisara de constante postración de sus súbditos o de puntuales accesos de ruido y furia, a lo Tony Soprano, para ir dejando claro quién mandaba allí, no fuera a ser que se les olvidara, a las criaturas.

Meras conjeturas, de nuevo. Lo que sí está bastante claro, sin embargo, lo que no es conjetura (por más que el suceso no haya podido ser ya corroborado por ningún testigo), es lo que sucedió cierto día, en los mencionados vestuarios del instituto, antes de una clase de gimnasia. Al parecer, Norman quiso alardear de su poder ante el resto de la manada; o quizás, tan sólo, hacerse el gracioso puntualmente. O tal vez ajustar alguna desconocida cuenta que tampoco ha llegado a trascender (recordemos la relación de ambos con el deporte, mucho más oscura en el caso de Carl). La cuestión es que, ayudado o no por sus cómplices, por los siempre dispuestos a reírle las gracias, Norman intimidó o acorraló a Carl, paralizado o indefenso ante el ataque; humillado en cualquier caso. Y Norman coronó su intervención, su performance, colocando a Carl una braga en la cabeza, no sabemos si usada, de ésas que usan los deportistas para protegerse los genitales.

Pasó el tiempo. Pasaron los años, el instituto, los auto-cines. Carl se graduó por la Universidad estatal de Dakota del Norte, trabajó durante 25 años como discreto agente de seguros y se casó pronto y para siempre (todavía hoy lo está) con una mujer llamada Deanna; residieron muchos años en Wyoming antes de trasladarse, probablemente en su jubilación, a Watertown, otro pueblo a una hora en coche de Madison, de nuevo en Dakota del Sur. Por su parte, Norman prolongó su prestigio deportivo, convirtiéndose en estrella universitaria de fútbol americano e incluso culminando su licenciatura y un máster, para regresar finalmente a su Madison natal, como un celebrado Ulises, a convertirse en paterfamilias y consagrar el resto de su vida a la comunidad como benéfico líder de diversas causas y entrenador del equipo local de su deporte.

Pero Carl jamás volvió a dormir bien. El doctor Robert Giebink escribiría en su informe, cuando ya todo hubo acabado, seis décadas después de aquella mañana en los vestuarios del instituto, que Ericsson presentaba “un largo historial de ansiedad y depresión”, generalmente indemne al tratamiento. De “pensamiento irracional” y “juicio perturbado”, Carl “deseó cada noche [de su vida] no tener que levantarse al día siguiente”. Más de una vez contempló la idea del suicidio.

De todo esto, sin embargo, sólo tuvo noticia Giebink, y el pueblo de Madison, y todo Dakota del Sur, y todo Estados Unidos, después del 31 de enero de 2012.

Ese día, tras otra más de sus mil noches en blanco [podemos imaginarle, de nuevo, ya con el pelo enterrado en canas pero idéntica mirada huidiza, escrutando las sombras cada vez más claras de la habitación junto a la respiración dormida de su esposa], Carl, de 73 años, condujo desde Watertown a Madison, puede que mucho tiempo después desde la última vez que estuviera allí, hasta la casa de Norman; éste de 74 años ya cumplidos. Con un paquete bajo el brazo.

Llamó al timbre. Es difícil, de nuevo, no tratar de imaginar lo que sucedió en los segundos siguientes; en qué pensaría Carl mientras esperaba en el porche de la casa de Norman, qué diría Norman al abrir la puerta de su casa y encontrar en el umbral a aquel desconocido de descuidada barba blanca y expresión perdida, demasiado viejo ya como para seguir trabajando en correos. Qué se dijeron exactamente, cuando el tímido Carl Ericsson preguntó a la estrella escolar de fútbol americano Norman Johnson, más de medio siglo después –y seguramente conociendo ya la respuesta–, si él era el que era. Traigo un paquete para el señor Norman Johnson; ¿es usted? Pero no se sabe, no podemos saberlo, nunca lo sabremos; sólo sabemos lo que sucedió a continuación, puede que inmediatamente, sin tiempo apenas para que ninguno de los dos dijese una sola palabra más; puede que después de que Carl pronunciara las palabras, el conjuro, la frase crucial con la que había estado fantaseando los últimos 60 años en sus alucinaciones de insomnio, en sus desesperados delirios de redención, la plegaria que le otorgara finalmente el alivio o la condenación de un infierno distinto.

Lo único que sabemos es que Carl descubrió, de entre sus ropas o del paquete mismo, un revólver del calibre 45. Y que se acercó tanto a Norman que cualquier observador a cierta distancia no hubiera podido discernir, en un primer momento, cuál de los dos hombres acababa de disparar y cuál acababa de morir.

“Pasó algo entre los dos; algo le hizo Norman a Carl”, declaró Dick Ericsson, el hermano de este último, cuando la policía investigó en un primer momento las posibles rencillas entre la víctima y su asesino. Algo que Carl –que no había huido a ninguna parte tras disparar dos veces sobre Norman en el umbral de su casa–, aclararía por sí mismo el pasado mes de febrero al juez instructor del caso, Vince Foley: “Me puso unos calzoncillos en la cabeza delante de todos nuestros compañeros”, señaló, ante una sala estupefacta. Jamás pudo olvidarlo, argumentó, porque “quedó grabado en mi subconsciente” …Lo cual no implicaba necesariamente, según dijo, [Yo, señor, no soy malo…] guardar a Norman ningún rencor personal. Los psicólogos que le trataron respaldaron esta teoría, explicando que lo sucedido aquella mañana en el instituto de Madison le marcó de tal forma que nunca pudo librarse de los cuadros de ansiedad y depresión. Para la familia de Johnson, sin embargo, el crimen tenía una explicación mucho más pedestre: “Envidiaba el éxito alcanzado por mi padre en Madison”, declaró Beth, la hija mayor de Norman. “No te culpo por ello”, le llegó a escupir a Carl, momentos antes de que Foley pronunciara el veredicto.

Norman fue despedido de forma multitudinaria, con la asistencia (sincera o morbosa) a los oficios fúnebres de más de 600 personas: uno de cada 10 habitantes de Madison. Carl fue condenado a cadena perpetua el pasado mes de mayo, después de que las partes llegaran a un acuerdo bajo una ley de Dakota Sur que rebaja el asesinato de primer a segundo grado por razones de salud psicológica (culpable pero mentalmente enfermo). La acusación pudo haber pedido la silla eléctrica para Carl, pero en lugar de eso pasará lo que le queda de vida alternando la celda de una prisión con la celda de un hospital psiquiátrico.

“Ojalá pudiera volver atrás”, musitó Carl en algún momento del juicio, al que no llegó a asistir su esposa. “Me gustaría decirle a Barb [Bárbara, la viuda de Norman, a la que no sabemos si conocía] que siento mucho lo que hice”.

Como no se puede volver atrás, Norman duerme ahora a dos metros bajo tierra, sin haber llegado nunca a saber por qué. Carl sigue sin poder dormir, varios pisos más arriba; en un ambiente más despejado, quizás, pero igualmente incomprensible.

[Octubre de 2012]

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