Ahora es demasiado tarde, princesa

leti

Yo coincidí en cierta ocasión con Letizia Ortiz, en uno de los rincones más románticos del poniente madrileño: la cafetería de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense (lugar verdaderamente histórico por otros motivos que no vienen al caso). Lamento no recordar qué día de la semana era; de esa forma podría hasta precisar qué fue lo que comimos, cada uno en su mesa, ya que el menú de allí lo bajó Moisés con las Tablas de la Ley para que las hornadas de plumillas sigan tragando lo mismo hasta el día del Juicio Final, lo cual no es mala metáfora de la situación. En fin; pongamos que era lunes, ergo –corríjanme, amigos– tocaba arroz a la cubana. Y pongamos que fuera en torno al año 2002, 2003 como mucho: porque me parece que fue hace siglos y porque recuerdo haber pensado mira, la de Informe Semanal, antes de sacar algún libro de la cartera (esa vez estaba solo) y ponerme, yo qué sé, a leer a Umbral, Lorca: poeta maldito. Cuento esto no por sacar el hombro, que dice mi nena, sino por ilustrar mis lamentables esfuerzos por que la muchacha (yo tendría 19, ella 30) se fijara en mí. Pero ni tirando bengalas. También es comprensible: ya tendría ella bastante trabajo con atender la circunspecta conversación de los señores que la acompañaban (algún profesor, supongo; algún colega: habría participado en un coloquio, o algo) y deglutir al mismo tiempo aquel plato de arroz –hemos quedado en que era arroz–, algo más comestible que la papilla del colegio de Bart y Lisa Simpson. Comprensible también, por tanto, que a ninguno de los dos nos quedasen ganas luego de pasar la siesta retozando en el césped aledaño, como certatilios en celo. Poco tiempo después me la encontré en la tele soltándole un manotazo al príncipe, y yo me tiré la tarde dándome con un cojín en la cara, musitando enajenado “No era esto, no era esto…”.

Cómo pasa una de comer en la cafetería de la facultad, entre el olor a fritanga y los gritos mohicanos del Camarero Mayor (“un misssteeeeeeee…!”), a hacerlo en Marivent, debe de ser uno de los mejores y más improbables reportajes de este dulce oficio: precisamente por imposible. Al fin y al cabo, contar cómo son 21 días (o más, más) viviendo como un paria lo puede hacer cualquiera, a día de hoy; lo jodido es meterse en palacio con la cámara de la comunión e ir contando in situ cómo es de larga la mesa del desayuno, o las broncas con Froilancito a la hora de comer (“A Sofía todo esto es que le da mucho sentimiento”). Que de ahí, supongo, la gran tragedia de Letizia Ortiz: una adicta al tuétano de las historias que al meterse en la mejor historia de su carrera no puede ya contarla, porque si la cuenta, se acaba la historia. Y quizás también la Historia, con mayúscula. Aunque sobre este particular ya puede estar tranquila; últimamente nos fluye la información que da gusto. Sin embargo, nos falta su versión de los hechos. Mucho más interesante aún que lo anterior sería saber qué se le está pasando a la princesa por la cabeza en estos momentos; qué diría, si pudiera decir, y qué respondería, si pudiera responder de propia voz a quienes vienen desmantelándole ahora viejas confianzas. De qué carajo hablará en la cama por las noches con su marido (iba yo a decir consorte), con las nenas ya dormidas y la luz apagada. Qué le dirá esa muchacha, otrora vecina de Moratalaz, al presunto heredero de la Corona, cuando éste le confiese en la penumbra estar comprensible y heráldicamente acojonado.

Pero también pueden estar tranquilos sobre ese particular, me temo: salvo sorpresa mayúscula, y por muchas trompetas bíblicas que suenen en torno a la Zarzuela, el edipazo del pueblo español para con la monarquía no se va a resolver en dos tardes zapateriles. Es cierto que uno asiste estupefacto a la demolición de todo un imaginario público, pero también lo es que aquí todo Cristo vende cómodamente la piel del elefante en la barra del bar, antes siquiera de tener la escopeta. El imprescindible Antonio Gala, cuando Letizia era apenas una niña: “Tú nos conoces bien a los españoles, Troylo: somos esa gente no muy alta, con cierto aire siniestro, que echa a andar pisando fuerte sin tener casi nunca la menor idea de dónde se dirige”. 

Triste, implacable verdad: no tenemos (casi nunca hemos tenido) ni idea de adónde nos dirigimos como pueblo, nación, comunidad de vecinos o lo que quiera que esto sea. Por eso, es a la postre el destino de unos cuantos, la dirección de su inconsciente, lo que puede escorar ciertas naves de manera irreparable. ¿Con qué sueña Letizia en estas noches; qué la mantiene en vela? ¿Se arrepiente de algo?, como certeramente le preguntaría Gabilondo, de tener la oportunidad. ¿Fantasea alguna vez con mandarlo todo a la mierda y exiliarse con su familia a las Bahamas? (Qatar no es ya una opción.) Sentimientos e hijas rubias aparte, ¿daría marcha atrás, si tuviera la opción? ¿Sabe adónde se dirige? ¿Sabe adónde quiere dirigirse? ¿Echa de menos a Urdaci, el Telediario, el Informe semanal, la fritanga infame de las cafeterías…? 

¿Es fan de Juego de Tronos? ¿Escuchó la advertencia glacial de Cercei Lannister al pobre Eddard Stark hacia el final de la primera temporada?: “En el juego de tronos uno gana o muere: no hay término medio”…

¿Sabes ya a qué huelen las nubes, Letizia? ¿Te gustaba conducir? ¿El olor de las cafeterías te hace llorar a gritos…?

No lamentes nada: al menos mejoraste nuestro menú. Y mira que es 14 de abril otra vez (sonríe), y aquí habrá paz y después gloria.

[14 de abril de 2013]

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