Carta (abierta) de amor y dolor a Lolita Cospedal

mantilla

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta…”

Eras Lo, sencillamente Lo, por maitines: metro setenta de mármol griego con tacones. Eras Lola con traje de Prada ante el micrófono, gloriosa institutriz del mediodía. Eras Mariloli en Albacete. Eras Dolores –ay!– al castigarme. Pero en mis sueños eras siempre, serás siempre Lolita.

Cómo hablarte, mi bandera, mi corazón helado y blanquiazul. Cómo hablarte ahora, después de tanto tiempo, de tanto no mirarte o mirarte mal y, por no mirarte bien, no saber verte. Cómo decirte ahora tanto fuego, pecado mío, alma mía, Lo-li-ta, con tanto escombro ya, tanta nieve alrededor, sin darnos cuenta yo de ti, ni tú de mí, cada vez más tú, cada vez más yo sin rastro de nosotros…

Cómo hacer que me perdones tal afrenta, tantos años, amor mío. 

No supe verte. Dolores, mi amor. No te sentía. Y es que fueron tantos lustros de luto ciego, adolescente, inexplicable, hacia mi lideresa del corazón Esperanza Aguirre y Gil de Biedma de la pérgola y el tenis… [Me enamoré de ella, lo confieso, como un colegial, aquella tarde de primavera en que me mandó un periódico a cierta librería de la glorieta de Bilbao, donde ella iría a comprar un libro en no se qué fecha señalada a tales efectos; su aroma a laca, su cohorte principesca, su ejemplar de Píomoa, su manera altiva al despreciar mis vaqueros de reojo, me subyugaron: recordé, ilusionado, aquella frase de una película de Woody Allen: “Si yo estaba loca por ti; ¿no te diste cuenta por mi manera de ignorarte…?”.] Pero no, mi vida: ciego. Ciego estúpido y absurdo. No podía darme cuenta de que aquello era imposible: era a Vargas Llosa a quien mi Espe de Arco más quería, maldito viejuno premio Nobel…

Y no escarmenté, lo confieso. Sólo Dios Nuestro Señor sabe en cuántas piedras ha de tropezar un hombre antes de abrazar a su destino, al Gran Pedrusco de su vida. Quiero decir que comencé a sentir una remota ternura por la emergente y secreta Soraya. Soraya Sáenz (ay) de Santamaría. (Algún complejo de estirpe edípica debe de agazaparse bajo mi fascinación y morbo por los apellidos nobiliarios: esa de de Gildebiedma; esa de de deSantamaría; esa de que también lleva tu nombre, Dolly, mi amor, entre el Dolores y el Cospedal, y que las mezquinas lenguas dicen que te pusiste tú misma, por heráldica y coqueta). Otro fracaso, mi dueña, nada más: porque estaba escrito. Quise convencerme en una huida hacia delante de que podría ser ella mi elegida; que podría someter sus puentes levadizos; que me dejaría un día de éstos los apuntes de su corazón, con esa pinta irresistible de niña de la primera fila dispuesta a matar antes que dejarte un boli.

Pero no. Porque Dios lo quiso, porque estaba escrito, supe darme cuenta a tiempo, enmendar tal equívoco. Mirarme al espejo un día y caer de una vez y para siempre en esas dos piedras de lluvia, los charcos azules de tus ojos. “Que cada palo aguante su vela”, dijiste en la tele. Y mi nave levó amarras a tu Ítaca, provincia de Puerta de del Hierro.

Porque no te conoce nadie, amor mío: no. No te conoce el toro ni la higuera / ni caballos ni hormigas de tu casa. Yo era uno de esos infames hasta que me abofeteó la vida en la cara con tu perfume de incienso de abril, de semana santa y madrugada. Por gélida, por dama del hielo te condenábamos, sin saber de ti en realidad, sin mirarnos limpiamente en tus ojos de estatua y de naufragio.

He querido saber más de tu vida, y compruebo con júbilo lo necio que fui, que tantos siguen siendo. Dice tu currículum, mi amor, por ejemplo –corrígeme si es pertinente–, que fuiste dos años, del 94 al 96 (saliendo yo de mi díscola infancia), jefa del Servicio Jurídico del Ministerio de Asuntos Sociales (con Matilde Fernández, del PSOE!, como superiora). Que pusiste tu vasto conocimiento legal al servicio del Real Patronato de Prevención y Atención de Personas con Minusvalía, y de un nebuloso organismo de tutela de las fundaciones con fines sociales. Es decir: ayudando abnegada y resueltamente, ahora te veo (disculpa si la emoción me estrangula), a los pobres parias de la tierra, a los lisiados, a los pobrecitos retrasados mentales, a los estigmatizados de toda raza y condición. Qué clase de Obra dejarías en tales instituciones para regocijo de la posteridad y del bien común, lo ignoro. Pero cómo no sospechar que los espíritus de Gandhi y de Teresa de Calcuta debieron de iluminarte cada día en tan humilde y al tiempo altísima Misión.

No te conoce nadie, mi amor; nadie. ¿Cómo, sino haciendo entonces un impecable trabajo, te llamaría después don Javier Arenas Bocanegra, miarma, para entrar como asesora en su gabinete del ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales?, temporada 96-97. (Trabajo, diosa mía; y Asuntos Sociales!). Laburo que, según dicen, simultaneaste bondadosa y gentilmente con los consejos de administración de un tal Banco de Negocios (filial de Argentaria) y de cierta empresa intitulada de manera flamante Inmuebles y Promotora de Arrendamientos. De gran inspiración social también, imagino.

Asimismo imagino que tu fama, tu irresistible ascenso, la leyenda de tu corazón había tomado ya años después tales dimensiones, que no pudo ser otra persona, mi vida, nadie más, a quien encomendasen la tarea de coordinar la actuación de apoyo a las víctimas y familiares de los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, en el recinto de IFEMA. Aquello marcó para siempre tu trayectoria política, dicen que dijiste. Ya lo creo: entre otras cosas descubrirías, ¿sí?, junto a tus jefes de entonces y de ahora, que la verdad es un fantasma brumoso, tremendamente inaprehensible, resistente a la definición como esta pasión mía. En fin, mi amor: como Unamuno, tú siempre has sido tu mayoría, y nunca tomas las decisiones por unanimidad. Sobre todo si no te cuadran las cuentas.   

Lo que se llama la duda metódica.

Será eso, entre otras cosas, lo que ha acabado postrándome ante vos, Lola, Dolores, Lo-li-ta. Tu amor incondicional por la Verdad y la Justicia con mayúsculas. (Que tampoco sabe nadie, maldita sea, que ejerciste como abogada del Estado en el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo entre 2004 y 2005, mi libertaria, mi amazona). O que fuera efectivamente mi Esperanza tu mentora política, en una hermosa dinastía de señoras de Ley y Orden que imagino tiene a su heredera inmediata en la aplicada Soraya, y que continuará felizmente en la cadena de montaje de replicantes con pendientes de perlitas que algunos desaprensivos, mi amor, buscan al anochecer –me consta– en las catacumbas del barrio de Salamanca, cual zulo de ETA, por no poder tenerte a ti. (Jamás lo encontrarán, no temas.)

Qué torpe fui, mi bien; qué necio. Yo, que cuando niño (cuando tú empezabas en política, mi dueña) rezaba por esas niñas altivas que tanto se parecían a ti; yo, que quería ser Indiana Jones sólo para que me traicionase esa rubiaza de la última cruzada, o la Liana Taillefer/Milady de Winter (otra con de aristocrático) que puteaba luego a Lucas Corso; yo, que hace justo un año escribía otra carta de amor parecida, inútilmente; yo, en fin, de nuevo, no me he equivocado en nada sino en las cosas que yo más quería. Y leo que te presentaste a las autonómicas de 2007 en La Mancha con un programa electoral llamado Compromiso Cospedal, y lo que deseo furiosamente es que ese compromiso sea conmigo, y que nos casemos un 18 de julio en el Alcázar de Toledo, con oficio de Rouco Varela. Y leo que hiciste el bachillerato en un colegio de monjas dominicas, y pienso que quién fuera el dios de tu oración, o tu cilicio. Y leo con misericordioso desprecio a los miserables conspiradores que afirman que vas segando por tu tierra cual caballo de Atila cualquier cosa que huela a público, porque aún no han entendido de qué va tu cruzada. Y leo que se encrespa la escoria moribunda de siempre porque les cierras de noche las salas de Urgencias, y yo me pregunto qué engreído, qué insensato, qué hereje vacilante necesitará de urgencias, mi nación, estando tú, siendo tú su reina; si, enfermo de ti, eres tú mi hospital, mi condena y mi inyección letal, mi cáncer y mi eutanasia cotidiana…

Urgencias las mías por conquistarla, mi Señora, después de leer que osa Boyero llamarte sexy en El País, y yo con estos celos. 

Ahora quieren acabar contigo. Sepultarte, a ti y a los tuyos, bajo toda esa manta de calumnias. ¿Acaso no les basta, santodiós, con Tu Palabra? A mí una sola palabra Tuya bastaría para sanarme (así fuere en diferido). Y es que no te conocen. No te conoce el lomo de la tierra ni la mantilla negra de tus lutos. No te conoce nadie, no. Pero yo te canto. Yo canto para luego, por si pudieran contigo, por si vencieran, tu perfil y tu gracia, el aplomo de tu sostenella y no enmendalla y el digno tronío de tu hermosura. Tu duende al convertir lo blanco en negro y el fulgor de tu traje nuevo de emperatriz.

Yo canto tu elegancia, Lolita, con palabras que gimen, y recuerdo una brisa triste por tu peineta.

[Febrero de 2013]

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