Ganarse la vida

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Hay que ganarse la vida: porque la vida cuesta. Sangre, sudor y lágrimas por más señas; otra ancestral frase hecha ésta que viene a resumir vaticanamente en qué consisten la existencia y sus trabajos. Leo en el número especial del Heraldo de Madrid, en el pie de foto que ilustra a un reportaje, que Iván, un hombre llamado Iván, “inmigrante búlgaro que trabajaba de camarero hasta hace un año”, se viste de torero todos los días para “ganarse la vida” en la Plaza Mayor. Iván se gana la vida siendo fotografiado por los turistas, o por cualquier insondable criatura que pase por allí y le dé por fotografiarse con un torero búlgaro de recia planta (el pego lo da, Iván) y perfil cartaginés. “Vi que otros lo hacían y les funcionaba, así que me lancé”, explica Iván, que “vive con su mujer y su hijo de siete años en un estudio muy pequeño. Los días con más suerte”, contaba el reportero Eduardo Muriel, “consigue hasta 25 euros”. Que no están mal, oiga: 25 euros al día (no se especifica en el texto de cuántas horas consiste el turno de faena de Iván). Veinticinco euros, veinticinco, con suerte, por aguantar bajo el sol o la lluvia, el frío, el calor y los muchachos municipales, capeando manadas de ñús de despedida de soltero, de Frankfurt o Abarán.

En fin: es que hay que ganarse la vida. Alguien te da la vida, un día (también tendría madre, Iván; también lloraría Iván al nacer en alguna parte de este mundo, en Bulgaria o donde sea), y a partir de entonces hay que ganarse la vida. Aquí, adonde –decía Vallejo“yo nunca dije que me trajeran”. No sabemos si está Iván de acuerdo con Vallejo, pero coinciden ambos, seguramente, en que había que pagar desde el primer minuto de oxígeno el esplendoroso saldo de respirar aquí, en este mundo de usted y mío. Se lo diría su madre, seguramente, la madre de Iván (de Vallejo); quizás para que Iván pudiera algún día respirar más allá de los muros de ceniza y plomo de su infancia en Bulgaria (en Santiago de Chuco).

Y allá que fue Iván, dócilmente, humanamente: a ganarse la vida. Hubo quienes repararon, hace ya tiempo, en el hecho de que el lenguaje crea la realidad: establece metafóricamente los estados de cosas. El niño toma conciencia de sí mismo al pensar por primera vez, aun en el lenguaje prelógico de las emociones, éste soy yo: ya es un ente separado del mundo. “En el principio fue el Verbo”, con el que algún dios estableció otra Ley; y en la fundación de Macondo era aún tan reciente el mundo “que algunas cosas, para nombrarlas, había que señalarlas con el dedo”. Un cura, un juez, el brujo de la tribu dice a esos dos yo os declaro marido y mujer, y es esa sentencia la que los casa efectivamente en el plano simbólico, al fondo de sí mismos, en un convencimiento mucho más allá de los contratos.

Iván se gana la vida todos los días, en la Plaza Mayor de Madrid, vistiéndose de torero, “a otros les funciona”, 25 euros los días de suerte. Entre la canalla de algunos amigos míos se suele decir otra frase hecha: Te doy una hostia y te visto de torero. No sabemos cuántas hostias han acabado vistiendo de torero a Iván, pero algo de eso habrá para que todos hayamos acabado llamando ganarse la vida a cosas que se antojan exactamente lo contrario: perderla.

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  1. Vecino, me gusta como escribe.
    Vusted llegará lejos.

  2. Hasta tu nevera de lejos por lo menos 😛

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