Más de un millón de cadáveres

black_mirror

Algún día, más antes que después, ir por ahí con la cara pegada a una pantalla dejará de ser la última urgencia posmoderna para convertirse en la más imperdonable vulgaridad: no sé si de pobres, pero desde luego de horteras. Igual que los-ricos-de-toda-la-vida jamás llevan dinero suelto y no hablan de él más que lo necesario (los ricos no se meten en economía como Franco y Rajoy no se han metido nunca en política), la inaprehensible corriente de lo que toca hacer o decir en cada momento acabará considerando una zafiedad casposa, en un futuro próximo, ir con la vista fija en la maquinita –móvil, Ipad o equis–, a pique de matar a un octogenario o matarse uno mismo cayendo por su propio pie en la vía del metro. Para entonces, sin embargo, Madrid (todos los madriles que en el mundo son) quizás haya vuelto a ser esa ciudad de más de un millón de cadáveres del poema posbélico de Dámaso.

Cavilaba sobre esto la última vez que pisé el metro. Hace ya años que Madrid podía ser allí, por momentos, un cementerio ambulante; un teatro sonámbulo de marionetas espectrales de hora punta. Como las catacumbas de la conciencia de la ciudad, el metro ha ido dando siempre la medida aproximada del ánimo colectivo de esa ciudad de mis años bárbaros. Me gustaba, cuando vivía allí, sobre todo al principio, auscultar esa temperatura en los rostros que no se miraban nunca, o casi nunca; en las horas muertas de la tarde, ida o vuelta de la facultad; en las “ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador”, con el vidrio congelado del deseo acechando de reojo cualquier asiento próximo. Una vez –no hace mucho: en otra vida– escribí sobre cierta mujer que siempre lloraba en el metro, o eso me parecía a mí: siempre la misma, en rostros distintos. La miraba, solidariamente, pero, como los demás, nunca le decía nada. Por entonces (hace siete, ocho años) uno apartaba la mirada o bajaba al libro o cambiaba la canción del mp3; ahora ya no hace falta, en muchos casos, porque la mirada va por defecto en una única dirección posible, que es la pantalla. Así que aquel día, en el metro, cuando en cierto momento me vi asediado a diestra y siniestra por una decena de zombis mirando sus juguetes, como en una escena de perfecta y cotidiana distopía, en plan Black mirror, sentí algo parecido a una alucinación. Recordé a Marlowe: “Pero si esto es el infierno, ¡y yo no estoy fuera de él!”

Nunca lo estamos, de hecho: porque el infierno no son los otros, como dijo el otro, sino nosotros mismos. Es al propio infierno al que no queremos sostener nunca la mirada. Así que: no un espejo, sino una pantallita. Y a jugar, a hablar, a informarte, no sobre la vida de ahí delante, sino sobre la tautológica vida del mismo chisme con el que comentas, tuiteas, te enteras o das noticia tú mismo del último imprescindible pensamiento que el mundo espera de ti, con ansia bíblica (en el asiento mismo de enfrente, quizás). Qué bien lo están haciendo –pensé– los Dueños de Todo Esto: dales una proyección, una pantalla literal en la que cumplir en un segundo la menesterosa, mendicante ilusión de estar conectado, de estar unido a todo, a todos, vía soledad, narcisismo, miedo o frío, y acabarán separándose cuando creen unirse, y acabarán comunicándose sin hablar ya, y acabarán mirándolo todo sin ver nada. (…Aquella magistral viñeta de El Roto que decía, más o menos: “–¿Y cómo conseguirás pescarlos? –Tranquilo: se meterán ellos solos en la red”.)

Pero no pasa nada, podemos estar tranquilos; también eso se acabará, como me atreví a augurar al principio. Irán poco a poco desapareciendo los chismes: por la flamante razón de que los iremos incorporando al organismo. Será lo último, el juguete más rabiosamente necesario que pedir por navidad (lo pediremos nosotros, no les hará falta obligarnos), llevar incorporado al cuerpo, al cerebro y a la psique todo un sistema personal e intransferible de telecomunicaciones. Una pantalla en vez de ojos, por ejemplo, como Terminator. Con todo lo necesario, deseable y deseado a un solo golpe de ojos, a un minúsculo y ultramoderno parpadeo, a un impulso apenas de la conciencia identificado por la propia máquina que será usted mismo, oh querido lector del futuro, que quizás, en este mismo instante (quién sabe, quién sabe…), esté leyendo esto a través de su propio iris sin ver a quien llora delante de usted en el metro, o el propio abismo al que van sus pies acercándose poco a poco, tan alegremente, amigo mío, querida; tan moderna, tecnológica, civilizadamente.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s