Fanáticos

El Roto forever

El Roto forever

Para un fanático, lo de menos es la causa: la cuestión es ser fanático de algo. En un fanático, en realidad, el color de la bandera es algo accidental devenido de las circunstancias en que fue a caer al nacer, al crecer, al constituirse como individuo. Por eso son todos intercambiables. Póngase al fanático en otro sitio con otra familia, otra historia, otra ficha policial, y cambiará el contenido pero no el continente; cambiará la bandera, pero no los espumarajos que la acompañan, con esa furia visceral que le invalida cuanto más intenta legitimarse. En este caso –como en tantos– la estética es la ética, pues alienta allá al fondo la intuición de estar ante un náufrago a quien no importa a qué mástil agarrarse con tal de no hundirse en las fatales aguas de la incertidumbre; o sea, de la lucidez. Así que no hay ideología, al cabo, sino simple indigencia mental. No es que crean furiosamente en algo; es que en alguna parte tenían que canalizar su furia.

Y da miedo mirarlos. Y ganas de matar, o de salir corriendo. Pues en el fondo (crece la intuición hasta convertirse en sospecha, y ésta en convicción indemostrable empíricamente) acaba uno discutiendo con un Complejo con patas; un loro de pensamiento petrificado que teme salirse de su jaula no se lo vaya a comer una duda. En ésas tiene uno todas las de perder, al ser lo más frecuente acabar rebajándose al mismo nivel, en un juego de frontón alterno que se resolvería mucho antes, ahorrando tiempo, neuronas y fatiga, sacándose las chorras de una vez y midiéndolas encima de la barra a ver quién es el que más larga la tiene (las mujeres lo tienen más jodido con este ejemplo pero seguro que se podría encontrar un equivalente válido). Ya advirtió Nietzsche que debe de cuidarse de convertirse en monstruo quien contra monstruos lucha: lo mismo en este caso. Hace falta una sabiduría y paciencia zen, de las que la mayoría carecemos, para discutir con un cabestro cejijunto, o con una acomplejada subidita (tremendo oxímoron), y no acabar pidiendo a gritos un hacha; o sea, convirtiéndose uno también en fanático. Pero es que, ya digo, uno no es Lao-Tse.

Así que se acaba por perder los nervios, primero, y luego toda esperanza de que la conversación derive hacia algún terreno fértil, al constatar que quien tiene delante no es (o no sólo) alguien convencido hasta el tuétano de su insustituible Verdad, sino alguien que eligió un cuarto oscuro y a su medida donde refugiarse para mirar la realidad desde el ojo de una cerradura. Una visión paupérrima, pero en la que fulano y mengana se sienten mucho más cómodos; a salvo, ya que en la libertad crítica, en la intemperie intelectual, hace un frío del carajo: porque es muy difícil encontrar amigos fuera del rebaño, y porque supone jugársela a acabar observando que uno no tiene ni la más remota idea de nada. Uno de sus mayores argumentos suele ser el del compromiso, que se comprometen con su ideal, cuando viene siendo justo lo contrario, al caer en la hipoteca moral –comprometedora, que no comprometida– de no querer arriesgar la mirada, salirse de sí, cuestionarse y comprometerse consigo mismos con honestidad intelectual en las afueras donde nada está claro y por lo tanto puede acabar uno cambiando de opinión. El problema es que para eso hace falta coraje (no tener miedo a que uno se destruya por cambiar de parecer), y hace falta humildad (prima hermana de aquél): las dos cosas de las que más adolece un fanático, resistiéndose épica, hercúleamente a la inteligencia.

Hay una cuarta cosa, hija natural de esa última: el sentido del humor. Se cala perfectamente a un fanático, igual que a un cretino, por la incapacidad supina a la hora de reírse de sí mismo. Así de sólido es su dogma: un solemne castillo de naipes que ni siquiera permite un chiste porque el mero aliento de la carcajada lo derribaría de un soplo. (…Y ahora piense de cuántas cosas puede reírse usted en este país, en este mundo, sin miedo a blasfemar o a matar cachorros: eche cuentas, a norte y sur, a diestra y siniestra, y después échese a temblar).   

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