La guerra

tyrion

Hay una sola guerra, una sola, desde hace milenios sólo existe una sola y purulenta e interminable guerra: la de usted contra los que no quieren que usted sea quien es; empezando por usted mismo. De modo que en esta guerra particular entre la luz de la verdad y la oscuridad de la mentira (o viceversa) tiene usted no uno, sino varios flancos: el exterior y el interior. El acoso ambiental, uno, y otro la autoextorsión de su conciencia, que por un lado rabia por quitarse la túnica, la máscara o el traje nuevo del emperador, y por otro no le permite cambiar el paso del desfile por miedo a la exclusión, la incomprensión, la persecución, la soledad (“La ley cobija”, observó el glorioso delincuente Horacio Martín).

Quizás sea exagerado, eso de que la única guerra es ésa. Pero no estoy seguro. Estarán muchos de acuerdo en que la verdadera lucha, más o menos explícita, más o menos silente, se ha librado siempre entre los de arriba y los de abajo; pero tiene uno para sí que el capítulo bélico más decisivo en el que andamos inmersos desde el golpe de Estado planetario que el sistema se dio a sí mismo para apretarle más las clavijas a la gleba, esta escandalosa broma que a tantos ha costado y costará la vida, tiene su campo de batalla último en la linde espiritual de todos y cada uno de nosotros, los peones de la partida. Esclavos siempre del sistema, de las superestructuras; del rey, del dictador, del patrón, de la señora marquesa, del mafioso del recreo o del mono más fuerte de la tribu, pocas veces llegamos a atisbar que quizás empezaríamos a derribar ciertas inercias si en vez de esperar a que cambiase lo de arriba empezáramos cambiando nosotros primero, poco a poco: es el miedo primigenio, a la postre, el que impone las cadenas internas que luego no nos dejan ver la realidad, apartar los ojos de las sombras chinescas de la caverna de Platón. La espiritual es la única revolución en la que puede creerse aún: pues es la que nunca hemos hecho. El Nosce te ipsum del oráculo de Delfos se ha ido borrando y vaciándose de sentido, como un eslogan hueco; pero ya estaba ahí la clave. Conocerse a uno mismo, llegar hasta el fondo del légamo en que moran los monstruos de nuestras pesadillas (animales indefensos en realidad), es probablemente el más alto trabajo que hemos venido a hacer aquí: sin él, no hay felicidad posible. Y una comunidad de individuos infelices en soledad será siempre una comunidad infeliz, pues –evidentemente– sólo podemos poner en común lo que previamente se tiene en casa.

Derribar a un poder para poner a otro en crudo sin haber madurado antes una revolución interior, verdaderamente humana, es seguramente la tragedia que nos costó en su día “las utopías convertidas en campos de concentración”, como resumió el chamán Octavio Paz. Asaltar un castillo a sangre y fuego puede ser necesario e incluso urgente en algunas ocasiones, pero no es suficiente para que pasado un tiempo vuelva a dar dos tazas del mismo caldo; con otra bandera, pero con idéntica crueldad. Pasaría todo entonces, quizás, por algo tan sencillo (y tan difícil, tan lamentablemente improbable) como hacernos primero la revolución interior de dejar de ser esclavos de nuestros pequeños egos, nuestras pequeñas corrupciones, nuestros terrores pequeños y a la vez gigantescos, para que no hiciera falta asaltar ningún palacio de invierno: se acabaría derrumbando por sí mismo, tarde o temprano, disuelto en el propio absurdo que lo fundó. Pero como los Dueños de Todo Esto (los de verdad, los de ahí al fondo, no los mercenarios que dan la cara por ellos, como este Gobierno de psicópatas) saben muy bien qué pasiones les pusieron ahí, y les alimentan y sostienen, pues aquí seguimos usted y yo, solos, aunque somos infinitamente más que ellos; aislados en nuestros escaques, como perros heridos, y en una carrera suicida por llegar los primeros al final del tablero y convertirnos en dama: no para ganar al enemigo, sino precisamente para ser como él, para unirnos a él.   

No vamos ahora a descubrir el Mediterráneo, la fórmula de la Felicidad sobre la Tierra, porque no la tengo. Pero sí va estando cada vez más claro que esperar a que se resuelva lo de arriba sólo llevará, con suerte, a que terminemos subiendo para caer de nuevo en el mismo error, una y otra y otra vez, como una mosca intentando atravesar el cristal. Lo más siniestro es que ese cristal es mentira, o tan sólo un espejo (como es arriba es abajo) en el que se refleja lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Sobre todo lo peor. Cada cual debe reparar en su estafa íntima, conjurar su hechizo; por de pronto, el de los que nos quieren muertos de miedo. Porque el miedo es sólo tuyo, está dentro de ti. Ellos sólo ponen los efectos especiales para que les siga rentando la farsa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s