Monólogo con ron (Cuento de verano)

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No te va a mirar nunca. Pero eso ya lo sabes. A pesar de haber llegado hasta aquí, haber llegado estúpidamente solo a la barra, como quien se interna a tientas en el bosque buscando un diamante de aventura (quién carajo va a buscarte, pobre imbécil: quién va a encontrarte luego si te pierdes?), a pesar de haberte abierto paso hasta el único rincón en el que estás seguro ella podrá verte si se gira, si en un momento cómplice las luces giran e iluminan tu pedestal de glorioso elegido para el combate; a pesar de haber llegado hasta allí, sabes bien que es muy probable que no te mire nunca, jamás.  

Pero ahí has llegado: sangrando. Te has abierto camino entre la multitud, el ejército, la gleba: sangrando. A través de los que reman en las galeras del deseo y apestan a soberbia y perfume caro sin darse cuenta de que son esclavos de la misma ley. Más esclavos que tú, finalmente, retorcidamente: justo por no ser conscientes de su servidumbre, su fatalidad. Sería más que justo cambiar la calderilla infame del deseo, en la barra, por cuanto alcohol pudiera hacerte correr en cualquier otra dirección, la de la calle o la de la cama, la del sueño en cualquier rincón o la del laberinto feroz del mismo bar que acecha con dientes de lobo hambriento y sin embargo no te devora nunca cuando te adentras en lo oscuro, si te adentraras. Allá donde habite otra sombra nueva, quizás.

Ahí estás, en la barra; tú solo. Has pedido algo que sabes ya no te hace falta, porque ya lograste el nivel temerario que te gusta del alcohol y sabes bien, a estas alturas –qué edad tienes, veintipocos, casi treinta? Espabílate; qué es lo que pretendes ya?–, sabes bien que un cubata más rebasa la diabólica línea entre la clarividencia y lo perdido de antemano. Te estás perdiendo de todas formas, hace rato, piensas; lo sabes. Has llegado hasta la barra, desentendiéndote de tus amigos, huyendo hacia alguna parte donde siempre (y la vida será eso, quizás, siempre), donde siempre habrá otra cosa esperándote. O eso crees, eso piensas todavía, mendigo inútil buscando la limosna del Después. Pero has llegado ahí, en cualquier caso, estás ahí. Y tu manera de mirar en torno y de acechar la silueta salvaje que baila más allá como si jugase a las sombras chinescas con la muerte no va a mejorar tu situación: la silueta está muy ocupada: jamás va a mirar a nadie, esta noche, con la caridad que esperas. Por otra parte, la tristeza que sabes va desbordándote la camisa, aunque disimules, nunca fue atractiva.

Pero no te vayas aún; ya es inevitable. Así que bébete la copa, el primer sorbo, tu derrota. Esta humillación tan vieja que creíste subyugar hace tanto, pero que vuelve siempre puntual con las panteras sangrientas            odiosas          dictadoras del deseo. Nunca te desearon así, amigo mío. Nunca, al menos, en estas circunstancias. Nunca en una barra, derrotado, pidiendo el último ron (por caridad); sabiendo en el fondo de la historia que te trajo hasta aquí que mañana, cuando atraviese el sol del verano las persianas con su ejército de agujas y remordimiento, entenderás por enésima vez que la vida, sí, siempre estuvo en otra parte. Nunca (jamás) en esta copa que bebes a solas, sabiendo que quien te espera no aparecerá de entre la bruma, la multitud y la furia de este miserable bar tardío en que vuelve a pedir la penúltima, siniestra, cruel, bamboleante, tu adolescencia.

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