El (ex) rey en Benidorm

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Cuando lo de la abdicación real, y entre la marabunta mediática del vivan o mueran las caenas, alguien hizo ver en algún periódico de rancio abolengo una cosa que, vista entonces, parecía un chiste de Joaquín Reyes. Venía a decir la información –lamento mucho no recordar el sitio para poder enlazarlo–, más o menos, que pobrecico el rey saliente de las Españas, que qué iba a hacer él ahora, sin trabajar, derrotado en el sillón, marchitándose y viendo Cuéntame, mi viejo. Francamente, yo me he pasado el mes de agosto dándole vueltas al tema en el Mar Menor, meditando en mis Ray-Ban y mis resacas heráldicas; oteando sobre mi flotador del patito a los señores mayores que hacen ejercicios dentro del agua (en aquella Charca se puede), y disimulando alguna que otra lagrimilla furtiva en cuanto se me venía a la cabeza esa imagen atroz del ex Rey ex Don Juan Carlos de viaje con el Imserso un poco más arriba, por Benidorm. Desorientado, como preguntándose cómo había llegado y cuándo hasta Las Vegas, y sin poder dormir, con ejércitos de ninis haciendo botellón en la acera de enfrente que le tiraban petardos (mi imaginación va así) y le amenazaban en cuanto el pobre les pedía clemencia (“Te doy una hossstia te mato, nano, Juancar”).

Admitamos que exagero. Pero es que la Historia al respecto es mucho más pavorosa. No están suficientemente estudiados los efectos determinantes que el aburrimiento ha podido provocar siempre en el comportamiento humano. Cuando niño, los adultos de mi familia me prescribían enigmáticamente, ante mis protestas de estar aburriéndome, darme con un martillo en las espinillas (insondable, insondable…); y a base de darle vueltas a la idea aquí estoy, escribiendo ahora gilipolleces. Se sabe que el gran éxito de la novela en el XIX se debió en gran parte al aburrimiento mortal de las señoras de la nueva clase acomodada, que sólo tenían tres opciones al haberse relegado a sus aposentos: o enloquecer, o suicidarse, o leer a Balzac. Y cuentan las crónicas de los territorios comanche que lo más normal del mundo para un francotirador es disparar a un blanco (o a un negro) cualquiera para matar el aburrimiento. He ahí la tremenda clave, amigos (lo del martillo a veces sirve para algo, fíjate): matar a un ser humano para matar el aburrimiento. Lástima de una encuesta entre los genocidas del siglo XX para confirmar la hipótesis.

A Juancar, nuestro ex querido ex campechano rey ex Juancar I, no debió de darle nunca mucho tiempo a aburrirse fuera de sus obligaciones protocolarias. Que de ahí otro drama suyo: en realidad, y como casi todo el mundo, el señor Borbón debía de estar la mayor parte de su horario de oficina cagándose en su estampa, mirando el reloj de reojo, pensando cada dos por tres “Y ahora a darles la mano a estos cincuenta gilipollas consecutivos”. Sin bromas: a mí me dan un trabajo consistente en tener que estar saludando y sonriendo a una pila de peña babeante durante varias horas todos los días, y me hago ama de casa del XIX. Claro que el sueldo no iba a ser el mismo. Juancar salía de su particular drama cotidiano (radicante en ser rey, ni más ni menos, y envidiar secretamente la libertad anónima de sus subalternos, como Cristina Onassis soñaba con que le piropeara un albañil según canción de Sabina), salía de su drama cotidiano Juancar, digo, y se iba a liarla parda en la moto –decían por ahí–, o a alternar con rubias, o a matar el aburrimiento matando, no congéneres, sino elefantes. Cosa infinitamente más glamurosa, dónde va a parar.

Pero es cierto: qué va a hacer ahora nuestro ex soberano, con todo el tiempo por delante, sin ese tedio criminal del trono espoleando y justificando la otra cara de su vida; la secreta, la canalla, la de carcamal de élite jugando al mus en el yate con un puro en la boca y los billetes saliéndosele por la bragueta. Se funda esta vida en los claroscuros: la oscuridad da sentido a la luz y viceversa (“Oscuridad es luz donde hay luz sola”). Y así la única, totalitaria y cegadora luz del estatus, la pasta indecente, las señoras arrimadoras y los libros de Historia oficial (padre de la democracia, salvador de la patria, Faro de Alejandría) no serán jamás suficientes, seguramente, para paliar la demoledora soledad del patriarca. Qué hará, es cierto, qué estará haciendo ahora Juancar en su interminable crepúsculo mediterráneo, sin dar vueltas por el orbe, parlamentar con jeques del desierto, velar por lo atado y bien atado con los colegas del Ibex-35.

De momento, dicen que está a pique de separarse de la señora impecable (o ella de él, más bien) con la que ha presidido el baile del carnaval hispánico durante los últimos cuarenta años. Otra cosa que pasa mucho en verano, eso de separarse. Se ve que hasta ahora no les había dado tiempo de aburrirse. Y yo que me alegro: infinitamente preferible eso al chiste aquel (macabro) del viejo cabrón de 100 años que mata a su mujer de 95. Y cuando uno de los policías le pregunta, así, por curiosidad, discúlpeme, buenhombre, pero, ¿por qué tal cosa a estas alturas?, el viejo le responde: “Es que lo fui dejando, lo fui dejando…”.

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