Nacho Vegas: la tonada inextirpable

Ignacio Vegas Etcétera

Existe. Siempre ha existido, en todo tiempo y latitud, en toda época: una secreta, perseguida, inquebrantable orden de exiliados en la propia piel cuyo único emblema es No; escrito en sangre sobre fondo oscuro. Existen. Son pocos, pero son. Habitan los confines últimos del vértigo, allá donde el diablo y su dios bailan un vals. Habitan la  torre de Babel de todo siglo; un viejo rascacielos nocturno con setenta veces siete candiles desde el monte Calvario a la playa de Malibú. Suelen ser marginales, empujados, pero no es imprescindible: los antifaces van por dentro. Son temerarios, dementes incluso; saben que el puñal de la mayor victoria deberá ofrendar su carne. Son, en fin, inocentes y feroces como niños hambrientos, como bestias hambrientas, en una búsqueda continua sin tregua ni vacilación ni escapatoria hacia el otro lado del espejo. “Forajidos sin perseguidor” como Horacio Martín, y como este último semejantes a alguna criatura de Dostoievski, dotados del raro don de murmurar, “con una sonrisa: estoy desesperado”.

Con una sonrisa; de ahí que suelan pasar desapercibidos. De ahí que no sea fácil dar con ellos, o al menos con el fondo real de su naturaleza: casi nunca son lo que parecen, o lo que intentan parecer, pues en este mundo muerto de miedo y de monstruos con mordaza los que más miedo dan son precisamente quienes no temen dejar emerger su máscara, su monstruo, su verdad en cueros. Por eso, la misión única y última de esta cofradía alucinada de la que hablamos será a la postre abrazar a su fantasma: tomar su estigma por bandera, y restregársela en la cara a los cobardes y a los miserables y lanzar un magnífico aullido de belleza muy parecido a la resurrección: tampoco tendrán –lo saben muy bien– otra manera de salvarse.

Yo no conozco a Nacho Vegas, pero me he cruzado algunas noches con él en el infierno: yo iba de visita, pero él vestía frac y vigilaba la fiesta desde un rincón por encima de una copa verde. Miraba con autoridad de propietario.

Sin embargo (o por eso mismo) ríe mucho, Nacho Vegas. Es verdad que no muy abiertamente, o al menos no en público, porque esa escandalosa timidez debe pagar algún precio. A cambio, escribe unas canciones que en la mayoría de los casos atruenan como una esplendorosa carcajada al filo del precipicio. Que es donde este hombre acostumbrado a las alturas suele llegar puntualmente, con una cruz como la piedra implacable de Sísifo incrustada en el cogote. Sube de nuevo, una y mil vez más de nuevo, furioso, invencible y aterrado en una guerra contra sí mismo; cuando llega a la cima, y cree poder descansar de una puta vez, la macabra roca vuelve a rodar, ladera abajo, esperanza abajo. Entonces se gira hacia los astros, hacia los improbables y arbitrarios dioses del Amor y la Fortuna; les grita: ¡¡¡Ved lo que soy!!! Luego se da la vuelta, vuelve a bajar esas pendientes imposibles, vuelve a tomar su piedra (su cruz), su estigma; vuelve a subir. Hasta la próxima vez.

Nacho Vegas ríe con una mueca amarga ante los que les reprochan la amargura (la verdad) igual que acata silencioso una fe sin nombre ante quienes creen tener la palabra última de todos los evangelios, sin estar seguros ni de lo que tienen entre las piernas. Es jocosamente diabólico: los cobardes de corazón, los mezquinos de veracidad de los que hablábamos más arriba, los que nunca leyeron a Luis Rosales y nunca aprenderán que “es el miedo al dolor y no el dolor quien suele hacernos pánicos y crueles”, le recriminan antes de oírle incluso que no está el horno (ni siquiera el del infierno) para ese pan tortuoso y engañosamente descoyuntado de sus canciones. No nos jodas nuestra hermosa verbena de cartón-piedra, parecen decir, con el maquillaje de arlequín derritiéndoles la sonrisa helada [Todos tienen tanto miedo de que les suceda a ellos / que te llevarás una hostia si lo mencionas siquiera”]. Pero mientras tanto es él quien se parte salvajemente de risa después de haberse asomado al pavoroso abismo de lo negro: como se ha atrevido a mirar, puede luego volver para contarlo y dar fe de que en realidad nada es tan grave; y si lo es, oiga, razón de más para unirse a la antigua y noble orgía de la Semana Grande de la Crueldad, antes de que nos apaguen definitivamente la luz.

¡Es la moral, estúpido! Porque de eso se trata, señora, no nos despistemos; no nos distraigamos del fondo de la cuestión: como en toda poética digna de tal nombre, la estética de este artista es una ética. Una moral de la resistencia como un cuchillo entre los dientes en una mueca que, aun amarga –ya lo hemos dicho–, no deja de ser sonrisa, al cabo. Nacho Vegas es el maestro de ceremonias de un espectáculo circense al que está usted invitado como cómplice y no como espectador; como diana, y no como comparsa; como sparring de la emoción y el vértigo y el peligro: jamás como la señora con tocado de la tercera fila. Lo toma usted o lo deja; hay huevos a entrar o no. Pero si entra, sepa que el precio de la entrada será pasar irreparablemente y sin posibilidad de vuelta atrás por la Noria que sube al crepúsculo y desciende bajo tierra, por el Tragafuegos que congela el verano, por la Mujer Barbuda que es su padre, por el Invocador con látigo de la bestia que lleva usted dentro y por la Gitana que os leerá en los ojos el Porvenir (“Uno es el asesino y otro es el que va a morir”) mientras los Enanos que hacen cosquillas con agujas ríen siniestros y se balancean en los propios intestinos del anfitrión, señor inagotable del Caos y la Comedia humana Ignacio Vegas Etcétera, fumándose un puro de niebla en su propio entierro.

Porque yo no conozco a Nacho Vegas, pero una noche, en Bruselas, cruzando solo el parque boreal del Cincuentenario, una mendiga horrible me confundió con él: al convencerla del error, y tras darle un par de monedas, me dejó marchar. Me gritó de lejos, cuando yo ya corría, al borde del vómito: “¡Dile que yo NUNCA me olvido!”

NV

Quizás a estas alturas convendría hacer una confesión, ya que estamos tan sinceros: a mí no me gustaba Nacho Vegas. Quiero decir, mejor dicho, yo creía no tragar la música de Nacho Vegas, hace ya unos cuantos años. Fuere por lo desaforadamente ambiguo en lo melódico de las primeras piezas que por azar escuché, fuere por impaciente, por meterme en la carpa por la puerta equivocada y dar con los espectáculos menos equilibristas de la feria, el caso es que repelían un poco, maldita sea, esos números veguianos de las primeras veces. Definamos experimentos: ciertos arreglos de estudio que –y esto es mi personalísima e irrelevante opinión en retrospectiva– disfrazaban a algunas de sus criaturas musicales hasta hacerlas irreconocibles, despojándolas de su belleza terrible y desnuda para enfatizar hasta borrar lo que venía torcido ya de fábrica. Entendí (o creí entender) esto una vez caí del caballo, vi la luz, abjuré de mi infame primera impresión dándome de cabezazos contra el suelo al verlas como Belcebú las trajo al mundo: bailando en cueros con el único acompañamiento de la guitarra de su papá.

Lo cual me llevó a cierta hipótesis que con el tiempo se me ha ido derrumbando: ¿No será –aventuré– que en este ambiente de hostilidad manifiesta hacia todo lo que huela a canción de autor de toda la vida (cosa sobre la que habría bastante que decir, por cierto) un tío con la ficha policial de Nacho Vegas no podía permitirse de hábito esas sencilleces, a riesgo de que ciertos modernos histéricos le llamaran eso, cantautor, y no cualquier otro eufemismo místico para definir a un tío que cuenta historias con su guitarra? ¡en castellano profundo, además!, y no en inglés de Móstoles, Tennessee??? Tenía yo esa duda.

Pero se me fue derrumbando, esta mi enésima teoría-mierder: sencillamente, este hombre ha hecho siempre lo que le ha salido de la real chistera; y si hizo un disco con Bunbury, sería porque se caían bien y le podía seguir el ritmo (Bunbury a él, quiero decir); y si hizo otro con la Rosenvinge, sería por algo más que por cortesía feromónica (de los dos hacia entrambos, digo); por lo mismo, vamos, que ahora versiona impávido al mismísimo Woody Guthrie, ese abuelo juglar de la canción protesta, sensei de Dylan y celebérrimo autor de aquella pintada animal sobre una guitarra escuálida: “Esta máquina mata fascistas”; y así canta ahora, Nacho Vegas –y nadie osará chistar desde la otra barrera de la Verdad estética–: “Ésta es mi tierra, / ésta es tu tierra…” Con dos cojones como el caballo (“a galoparrr!”) de Alberti y Paco Ibáñez.

Otra gran ironía, o silenciosa carcajada, al fin: el icono de la escena indie cantando sin complejos a la subversión social [Cómo hacer crack es el mejor ejemplo de lo que digo] con pulso de jacobino implacable. Porque esto no es nuevo en absoluto: como altísimo discípulo que ha sido siempre del brujo Cohen, Nacho Vegas supo entender desde el principio que ante la infamia moral, ante la corrupción de todas las banderas, la postura más honesta posible de un artista radica en la rebelión individual y entre líneas de cada día y de cada noche. Hijos ya de todos los naufragios ideológicos (menos del de la dictadura neoliberal del maricón el último), lo que a algunos nos queda las más de las veces es un amargo escepticismo que sin embargo no se rinde, una vaga esperanza en la esquina de los ojos y una cólera sin brújula ante el terrorismo ambiental que nos asfixia. De ahí que nuestro hombre prefiera, generalmente (últimamente menos), sugerir a señalar, la broma macabra a los mítines; equiparar el éxtasis de la destrucción sentimental con “leer entera La Razón”, que ya es bastante ilustrativo, o testar sencillamente el dignísimo terror anónimo del que despierta con un grito incomprensible a su lado: como él mismo, como tú, como todos nosotros, los que nutrimos este viejo partido de los que no saben vengarse y apenas pueden defenderse sin soltar jamás, empero, ese estandarte coronado por la irreductible, nobilísima y purulenta palabra No.

Yo no conozco a Nacho Vegas, pero juro que el pasado febrero, en Granada, y presenciando su espectáculo desde el primer vagón del tren de la Bruja, le vi levantar la vista un segundo desde sus zapatos hacia el agujero negro que aplaudía; lo que dura un parpadeo. Parecía un ídolo roto, a punto de partirse en dos y dejar que el templo se derrumbase sobre su propia comedia. 

Nacho Vegas y el Crack

Pocas fiestas tan hermosamente alarmantes como contemplar a este proscrito cada vez más célebre, y más querido, abrirse en canal sobre un escenario al tiempo que todo su atrezo y su traje y su estructura ósea parecen clamar perdónperdónperdónnnn! sin no obstante amagar un solo movimiento perceptible al ojo humano. Cómo es capaz de tal prestidigitación sensorial, es algo que seguramente ni él podría explicarnos, entre otras cosas porque tampoco ese resultado es intención suya. En Nacho Vegas confluye un compuesto alquímico que ni los gitanos de Macondo ni los sabios de Babilonia acertarían a revelar, y que podría tener que ver, digamos, con esas temperaturas infernales de las que hablamos más arriba tamizadas por el pudor y la exquisita educación de los que no quieren molestar nunca a nadie. Bukowski de etiqueta cediendo el paso a las señoras. Pessoa-Soares eligiendo el dolor a la nada. Vallejo siniestro inyectándose ángeles en el prohibido callejón y bailando hasta el final del amor en las últimas habitaciones de la sangre, “¿no estás contento; no era esto, no era así…?”, entonando canciones de deseo y crueldad.

Varias veces ha escrito Antonio Muñoz Molina que el mundo puede dividirse en acreedores y deudores: aquellos que pasan por la vida convencidos de que se les debe todo, y aquellos que se creen siempre en deuda hasta con el aire que respiran. También recogió una vez Muñoz Molina una bellísima y lacerante reflexión de Iñaki Uriarte: “Hay rostros con un fondo de tristeza que son como la prueba viviente de que la felicidad existe y de que la conocieron”.

Aun siendo esto cierto (o aplicable), el caso es que acecha siempre la tentación de atribuir a NV cierto malditismo de primeros términos; una especie de caricatura de la que él viene huyendo con cada vez mayor urgencia y que le pinta como a un prócer del infortunio, a lomos siempre del bravío corcel del sufrimiento y con una jeringa enhiesta en lugar de espada apuntándole a la yugular. Bueno; si tuviera vocación de mártir, lo mismo no le disgustaba tanto todo esto. Pero lo cierto es que no la tiene en absoluto. Otra cosa es que ese ir y venir en carne viva (ese monstruo sin miedo al juicio y la intemperie) produzca inevitables llagas que él debe, con muy poco margen de elección, exorcizar como buenamente pueda. [Si encontrase algún consuelo en otras actividades como la petanca, el asesinato o el ganchillo, seguramente no engendraría esas historias; pero como “la poesía es un veredicto, no una ocupación” (Cohen), pues él gana en equívocos y nosotros al mejor escritor de canciones de su generación.] Otra cosa, también, es que el furioso, insobornable y (seguramente) ingobernable circo de su vida haya producido más de una vez alguna víctima colateral que él, sin más remedio, ha tenido que incluir en el espectáculo como pomada y ofrenda al irreparable Error de lo que antes era un juego y luego fue real. Al fin y al cabo (“Nacho, has vuelto a hacerlo fatal”), siempre hay un surtido y animado panteón murmurando entre bastidores en cualquier acontecimiento artístico que se precie.    

Pues la cosa va, por supuesto, de fantasmas. El suyo o el de los otros que fue en otras épocas; el de los crímenes pasados o el de los futuros; el de los cuerpos que pudo arrojar la velocidad de su Carrusel –por voluntad o por fuerza–, o el de quienes le condujeron a él hacia el ocaso, pisando el acelerador como si no hubiera un mañana, siendo precisamente eso lo que pretendían (y no se iba a enterar nadie). La poesía cantada y la melodía contada de Nacho Vegas crece insomne y desde las mismísimas raíces, como un árbol magnífico y retorcido, desde esa penumbra azul de madrugada en que todo parece estar siempre a punto de suceder; y quizá suceda, esté sucediendo, silencioso, en alguna parte. Ese titileo inquietante de acorde menor, como un farol a deshora, sugiere los pasos a solas de algo, de alguien, que no acertaremos a alcanzar nunca, a desenmascarar nunca. Alguien cabalga a lo lejos, pero ¿Quién? Esa tonada de exiliado en el camino puede oírse cada noche, si uno sabe escuchar, desde cualquier balcón del Albaicín hasta las callejas sonámbulas de Norteña. Ese vampiro en celo en el tejado, y esa bestia que andan degollando toda la noche en el jardín, y ese ángel mutilado al que hay que dar agua y pan antes de que termine de agonizar en el alféizar, vienen de la penumbra que siempre alumbró los mejores monstruos, las más hermosas y condenadas criaturas. Y, pero: todo ese escándalo; toda esa letal imaginería de marionetas y animales crueles, de pájaros mirándote en provecto silencio, ¿están en las canciones de Nacho Vegas, las dice Nacho Vegas, o es que salen volando, salen huyendo en desbandada como un chillido libertario y aberrante cuando uno escucha ciertas canciones de Nacho Vegas con el alma en hora para encontrarse con él en las últimas puertas de Diciembre? Escucha, escúchalo bien, amiga: “Alguien quiere jugar / contigo en la niebla”. Hay pueblos del Norte, de otoño y de invierno, en los que el sol cruza el día como un oso cansado y lejanísimo hacia la casa aquella que nadie habita, donde el Mal reside. Hay un ermitaño mudo en la encrucijada esperando para guiarte hacia el otro lado del bosque. Y hay, ya al otro lado del Final, una secreta ceremonia con candiles esperando a que llegues para oficiar la más alta ofrenda, que es también el más alto sacrificio, ante todas las mujeres del fantasma.

Existe. Todo esto existe. Y existe, sobre todo, algo dentro de él Inextirpable; algo que se retuerce y que jamás se detendrá y que es su fortuna y su condena, su látigo y su rosa, su himno glorioso y su ataúd. Quizás, también, a qué negarlo, el de todos nosotros.

Yo no conozco a Nacho Vegas; no sé si le conoceré alguna vez. Una noche, fumándome un cigarro a la puerta de una taberna del muelle, pasó corriendo por delante de mí, como la sombra de una sombra. Creo que huía de su propia leyenda, escondiéndose obstinado detrás del flequillo y de una raída gabardina azul. Al pasar se le cayó un folio emborronado de acordes. Pero ya no pude decirle nada. 

[Diciembre de 2012. Publicado originalmente en FTS Cultural Magazine]

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