No habrá paz para los malvados

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Hace ya algún tiempo (parece que fue nunca), en una entrevista de trabajo con cierto medio de comunicación, el señor de marras quiso saber de qué palo iba uno. Algo así como aquel “Quién es tu maestro, ¿nene?” que te espetaban las viejas del pueblo al salir del colegio, cuando te pillaban llamando a los telefonillos de los portales para salir pitando acto seguido. Quién es tu maestro, nene. Venían a decir, las viejas: qué es lo que te enseñan en la escuela, alma de cántaro, para que salgas hecho un gamberro. Lamentablemente no recuerdo bien el contenido de la conversación, ni cómo derivó hasta allí, pero el caso es que, en un momento dado, el señor entrevistador quiso saber qué problema tenía yo con cierta clase de periodismo. “¿Y qué tiene de malo el periodismo de trincheras?”, me preguntó, como si me preguntase qué tiene de malo el color verde, o la ley de la gravedad. Yo vacilé, lo confieso; no acerté a responder lo que se supone que tenía que responder. Tampoco respondí lo que en realidad pensaba, y pienso: que periodismo de trincheras es un oxímoron equiparable a nacionalistas sin fronteras. O sea: o en misa, señora, o repicando.

Años antes, en un lugar distinto (quizás no tanto), el verbo que ciertos plumillas utilizaban para definir su trabajo era a veces producir. Por producir se entendía, básicamente, manufacturar en serie (cuantos más mejor, cuanto más rápido mejor) los teletipos de interés que desde Chechenia o Kabul o Ricote del Toboso remitía el servicio informático de las agencias. Uno cogía, es un decir, una noticia de EFE sobre las riadas en Pernambuco, o sobre la última justa medieval de Cayetano de Alba, y la maqueaba, la cortaba o la alargaba, le ponía o quitaba comas, le colocaba un titular, y pasaba a otra cosa. A otro producto, digo. Y uno, que era cándido e inexperto, y además acababa de leer A sangre fría, no llegó nunca a entender muy bien ese afán por dar la noticia los primeros, como si no hubiera un mañana (como si acabáramos de llamar al telefonillo de la actualidad y hubiera que salir echando mistos a otro sitio, que nos pillaba el toro de la Historia), ya que, como lector, lo que uno esperaba y espera siempre es enterarse de las cosas con el mayor rigor posible, con los mayores ángulos posibles, con la mayor profundidad posible, a poder ser –llamadme sibarita, o reaccionario– con el mejor estilo posible, porque si no te enteras bien de las cosas, sobre todo de lo que otros dicen que ha pasado en el Quinto Pijo, cuéntame de qué carajo te va a servir enterarte (quiero decir: no enterarte) antes que nadie de nada.

Supongo que me pueden llamar doblemente reaccionario, porque la imaginería del oficio con la que uno creció, más o menos (y no paso de los 30 aún), tenía más que ver con desastrosos señores en blanco y negro enterrados en canas, botellas de whisky y llamadas de ex mujeres, con la ceniza cayendo cada dos por tres sobre el folio a punto de la Olivetti, que con capullos de I-pad y lengua engrasada que no han pisado la calle en su vida. Pero no. Ya casi no había viejos así, hace diez años, ni los habrá ya nunca, a este paso. Ya casi no hay viejos así -ni de ninguna otra forma- en las redacciones, ni en ningún otro oficio de este país imbécil, que puedan servir de secreta e impagable guía para los que empiezan a moverse por el mundo y su trabajo con toda la pasión y las ganas de aprender intactas: entre otras cosas, porque precisamente eso es lo que molesta. Eso, la pasión, las ganas de aprender, la fuerza para poner todo tu talento y tu buena fe para mejorarte a ti mismo y a la parcela de vida que te ha tocado en suerte, es precisamente lo que a todos esos castrados morales y de lo otro más les estorba. Ya lo dijimos hace no mucho: no es eso lo que la miseria ética que nos rodea ha venido premiando en los últimos tiempos. Pero es que, claro, tampoco los viejos de ahora son como los de antes. Y hoy día hasta los mismos viejos con poder, alegremente conversos [o sencillamente revelados: “El dinero no cambia a la gente; solamente la descubre”: Quevedo] son capaces de desahuciar a los otros viejos justo por lo viejos que son, porque ya les caducan. Y póngame otra de becarios de la ESO, por favor, que no rechisten.

Lo pensé hace ya unos años, cuando lo del relevo generacional en TVE, cuando se quitaron de en medio a señoras como Rosa María Calaf y la Mateo y a otros muchos similares, y me dije, casi que en broma: joder; a este paso me van a prejubilar precisamente a los que en el mejor momento están para seguir demostrando y enseñándonos cómo hay que hacer las cosas (y la que ha llovido desde entonces, cristo bendito…). Pero lo cierto es que, en realidad, y visto y testado el panorama, no sé de qué nos extrañamos, en el fondo, porque todo responde a una aplastante lógica; en realidad lo están haciendo de nota, los señores de la finca, muy acorde todo con esta grandiosa escalada de demolición de todo lo conocido y lo por conocer: a sabiendas o no –tampoco sé si son tan listos–, lo que están consiguiendo es dejarnos huérfanos poco a poco de los viejos y necesarios referentes que nos recuerden a los niños Quién es tu maestro, nene, cuando la pifiemos: porque ése es el objetivo. Que la pifiemos con la vieja usanza para que acertemos con la nueva, que es la que sólo a ellos les interesa; y en el fondo tiene muy poco que ver con perfiles digitales o abuelas que fuman, porque saben perfectamente que las mejores historias se seguirán contando como siempre se contaron: para empezar, y a no ser que seas Confucio, jamás en 140 caracteres.

Claro que hay historias cada vez más incómodas de contar, en estos tiempos, ¿verdad usted?; mejor neutralizar al mensajero. Claro que mucho mejor no profundizar en ciertas cuestiones, no vaya a encontrar su señora un pelo en la sopa. Pues bien: lamentamos informar que, por muy novicios, ingenuos o insensatos que seamos, algunos no nos vamos a olvidar de ciertas lecciones tan fácilmente.

Y a lo mejor, fíjese, tampoco estaba tan mal del todo eso del periodismo de trinchera. Pero así, sin la ese. En riguroso singular.

 

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