Entre el mundo y tu madre

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Hay otra especie de virus paralelo, como de mala conciencia ambiental, con esto del ébola. Y no tiene nada que ver, por supuesto, con ese señor que ya venía tan “bien comido” de su casa (gracias, míster: para no habernos dado cuenta, viéndole), ni con esa pobre idiota que se cayó en una marmita de Loewe cuando era pequeña, y de ahí a ministra directamente. En realidad es algo que no tiene que ver con ésta o aquella catástrofe, y que –supongo– es tan viejo como los primeros televisores vomitando tragedias mientras, unos metros más allá, una familia se concentra en conseguir justo lo contrario (tragárselas). Desde los Alcántara por lo menos. Se trata la cosa de que, mientras no nos toque a usted o a mí, o a alguien que podemos querer o conocer usted y yo, el que se estrelle un tren en la India con trescientos autóctonos a bordo nos la trae, en el fondo, bastante floja. Y es así; aproximada, cruelmente así. Lo jodido es que la verdadera mala conciencia viene, me temo, no de que haya sucedido algo tremendo en algún sitio y tú ahí, acabándote unas natillas, sino precisamente de darte cuenta de que te vas a acabar las natillas sin remordimiento aparente alguno. Remordimiento por ausencia de remordimiento, es decir. Porque uno debería hacer algo, ¿no? Debiera uno vomitar esas natillas, al menos, cuando te vomitan a ti algún muerto desde la televisión. Pero no. Alguien escribió, calientes aún los hornos de la Segunda Guerra Mundial, que “después de Auschwitz no se puede escribir poesía”. (Y cómo que no, señora: precisamente después de Auschwitz…) Pero no nos desviemos. La cuestión es que las alarmas morales –de quienes las tengan– se disparan de súbito ante el horror, exigiendo algún tipo de homenaje, humillación o dádiva que lo contrarreste; al menos en ese plano moral, al menos en lo simbólico. Sucesos que deberían hacer parar al mundo (ante los que sólo cabe enmudecer). Pero no: no se para el mundo, no se para la deglución, no se deja de hablar para siempre; si no le toca a usted el tema directamente, se acabará sus natillas, antes o después. Y nadie o casi nadie dejará la comida a medias para salir corriendo y subirse a un avión rumbo a África, por ejemplo, porque acaba de oír en la televisión que en algún rincón del Infierno llevan muriendo, desde hace ya un rato, unos cuantos miles de personas; infectadas de ébola, por ejemplo.

Todo esto lo resume una de esas leyes más o menos discutibles que sobre periodismo andan por ahí, desde antes de García Márquez; ésa que determina que uno de los factores de interés para el ciudadano (o para el consumidor de información, mejor dicho) es la elemental proximidad geográfica. Gracias a Google ni siquiera tengo que inventarme yo nada, porque ya algún cínico incontestable la estableció, por lo visto, bautizándola alegremente como la ley del muerto kilométrico, según la cual –copien en el cuaderno, niños– “un muerto europeo equivale a 28 muertos chinos”. No llego a sospechar de qué manera se llegó a establecer esa proporción (acojonante la precisión del dato), pero da igual la cifra. Porque lo que dice es lo que dice, y no hace ninguna falta explicarlo; como mucho añadir, obligatoriamente, que un muerto europeo equivaldría a 28 muertos chinos para un consumidor de información europeo, de igual modo que, mutatis mutandis, un muerto chino equivaldría “a 28 muertos europeos para un consumidor de información chino”.

Ya sé que no nos gusta. Ya sé que queda muy mal, que no va esto con nuestras pancartitas; que es (nunca mejor dicho) otro pelo en la sopa mientras tratamos, usted y yo, de comer y pensar y respirar al mismo tiempo que vemos retorcerse el mundo en la pantalla. Pero no por obviarlo o decirlo en voz más baja vamos a solucionar el problema. ¿Cuál es ese problema? El problema es que somos así, pero –como en tantas otras cosas– no podemos admitirlo. Y si no lo admitimos mucho menos podremos, hipotéticamente, dejar de ser así un milenio de éstos. El problema es, más o menos, el dilema que desde hace tiempo me planten a mí dos frases casi mellizas y casi opuestas de Franz Kafka (que no llegó a ver Auschwitz, pero lo vislumbró en cierto modo) y Albert Camus (que sí lo vio). Dice Kafka: “En la guerra entre tú y el mundo, elige al mundo”. Dice Camus: “Entre el mundo y mi madre, me quedo con mi madre”.

Quisiéramos, por nobleza, elegir al mundo; solemos elegir, por muchos motivos, a nuestra madre. Por eso resultan, en realidad, tan impostadas –aun con noble voluntad– las voces que protestan, en estos casos, comparando el escándalo que arma Occidente ante los casi 3.000 muertos de las Torres Gemelas, o los casi 200 del 11-M, con el que arma (ninguno) ante los no sé cuántos millones del llamado Tercer Mundo: porque, evidentemente, elegimos a nuestra madre, no al mundo (y mucho menos al tercero). Por eso nos escandalizamos ante un afectado de ébola en España, y no por miles de muertos ya por la misma causa en África. Por eso la gente arma un cisco por el sacrificio de un perro, y no por miles de muertos en África: porque el perro es de aquí, no de allí; porque los que se lo ventilaron eran los mismos, aproximadamente, que nos joden a nosotros, aquí, todos los días; y porque todo eso significa que también nos podría tocar, sí, a nosotros. Por eso el que suscribe se removió lo justo cuando empezaron a caer muertos en Irak, y sin embargo se estremece todavía cuando pasan por la televisión las imágenes de los trenes rotos de Atocha.   

Porque tenemos un problema, quizás irresoluble: el de llegar a concebir que tanto Kafka como Camus se equivocan, y que los dos tienen razón.

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