La mala educación

littlenicolansar

Somos, fundamentalmente, el país de Felipe II; ya sabemos: el colega ése a quien uno se imagina tumbándose en el sofá y poniendo el fútbol, cerveza en mano, diciéndole a la consorte distraídamente, como quien acaba de perder al Hundir la flota: “Nada, cariño; los elementos…”. Y ahora me cambia usted el nombre del mentado individuo por el de cualquiera con algún tipo de responsabilidad contemporánea (y con dificultades de dicción, a poder ser), del insondable cretino monclovita a la última maestra de escuela que no ha abierto un libro en la vida y da clase a sus niños (los pelos como escarpias, señora), y a lo mejor así entendemos mejor usted y yo que de aquellos naufragios elementales, querido Watson, estos ratos tan maravillosos que estamos pasando, estas hermosísimas anésdontas y suma y sigue.

Porque venimos, usted y yo, de un país que perdió todos los trenes de la crítica, la civilización y el progreso; desde la Ilustración hasta ayer mismo, desde el vivan las caenas hasta el muera la inteligencia de aquella bestia tuerta de Millán Astray: echando bien las cuentas, lo que resulta es que esta España nuestra no ha disfrutado nunca, jamás, ni de medio siglo de democracia –aceptando que lo que hoy padecemos pueda llamarse así–. Sólo con ese hecho escalofriante podríamos ya cuadrar las cuentas, y explicarnos por qué hay ciertas enfermedades civiles que aún nos tocará sufrir durante siglos, con suerte. “Las guerras civiles duran cien años”, le dijo una vez un viejo de Tomelloso a Félix Grande, siendo éste un crío (años ’40). Y puede ser. Sin embargo, comparado con la estupidez, que es infinita –y no hay noticias de que no vaya a seguir creciendo–, lo de la guerra civil es ya sólo un detalle. Como siempre, la educación es el único antídoto a nuestro alcance para combatirla, para dar el inaplazable paso del súbdito al ciudadano; pero: ¿a quién le interesaría tal cosa? ¿A los señoritos del cortijo, que, lógicamente, nos prefieren ignorantes, mansos y cobardes?… ¿O (o) a las señoras que –ya no tan lógicamente– babean con Telecinco; a los señores que salivan con el facherío mediático; a los irreparables garrulos cuyo horizonte más lejano acaba en la pantalla del móvil…?

Porque salimos, usted y yo, del mismo país del cuadro de Goya, sólo que algo más aseados y dándonos los garrotazos virtualmente, sea en la tertulia, el parlamento o los foros digitales. Los mismos analfabetos bravucones y autocomplacientes, fanfarrones y necios, pero con banda ancha y –hasta hace poco– cochazo de hipoteca. (“España, fibra óptica y ladillas” es un verso tristemente exacto de Sabina). El mismo pueblo que desprecia cuanto ignora, que decía el pobre Machado, y que, como Antonio Gala ya advertía hace más de treinta años, en uno de sus impecables artículos en El País, suele confundir al discrepante con el enemigo, la alegría con la irresponsabilidad y la virilidad con el eructo. (Don Leandro Fernández de Moratín, un par de siglos antes: “No escribas, no imprimas, no hables, no bullas, no pienses, no te muevas y aún quiera Dios que con todo y con eso te dejen en paz”.) Un país que siempre ha mirado con suspicacia y absoluta pereza todo cuanto huela a cultura, si ésta no lleva puesta el bafle, la litrona y los faralaes, no vayamos a tener que pensar mucho. Un país de maricón el último, en el que te engaño yo antes de que me engañes tú, y luego tú me aplaudes a mí por pillín, por truhán y por señor. Que premia al listillo, al pícaro, al arribista, al calculador y al lameculos, y corta la cabeza de cualquiera que destaque haciendo honestamente su trabajo, a ver qué se habrá creído éste que es, infestado de mediocres y acomplejados que siempre intentarán rebajarte a su nivel, porque lo otro les pone en evidencia (decía Fernán Gómez, agudísimo, que el verdadero mal de aquí no es la envidia sino el desprecio: no es que quieran tener lo que tú tienes, venía a decir; es que pretenden que tú no tengas lo que sea que se salga del esquema, aunque ese lo que sea se la traiga al fresco); incapaces, así, de ver en el éxito del otro una oportunidad para el avance propio, para el bien común, y no un recuerdo de su propia mezquindad.

Porque somos un país demasiadas veces sectario, por ello mismo, con una tradición paupérrima en lo que se refiere a crítica sana, diálogo real y altura de miras, en el que cualquier objeción al rebaño se suele interpretar como una injuria (esa abominable cosa de la honra, tan de aquí), como una ofensa, y por supuesto como un indicio inapelable de que uno no es de los suyos si no baja la cabeza y dice sí, bwana a cuanta estupidez tenga que oír: para entender al otro, para sentarnos tranquilamente y conversar, y entender las heridas y las razones del prójimo (del próximo), muy malamente; pero para ofendernos y que salte el pistón y echemos humo en cuanto nos tocan el pesebre, como folclóricas supersticiosas, ahí sí que somos sensibles todos de la hostia. Desde la misma madre Iglesia-hispánico-episcopal, que puede ofender lo que le dé la gana pero que llama a su mamá en cuanto alguien le devuelve una colleja, hasta los delirios nacionalistas metafísicos de cualquier bandera, pasando por la última ocurrencia de cuatro cretinos infantiloides empeñados en violentar el lenguaje, como si obligando a la gente a hablar de la noche a la mañana como ellos quieren se fuera a resolver el problema y su miedo a llamar a las cosas por su nombre, y como si –más grave aún– no supieran o no quisieran recordar en qué clase de regímenes se ha usado tradicionalmente eso de prohibir o perseguir o coaccionar un idioma, que es un ente vivo y lo último que necesita es un madero detrás, dándole por saco.

Pero, claro: es que venimos de un país, usted y yo, ancestralmente educado en la policía. Literal y metafórica. Como aún somos niños de teta en lo que se refiere a las maneras democráticas, franquistas edípicos si se me permite la expresión, aquí lo que pedimos a gritos, muchos sin darse cuenta en absoluto, es la medida del palmetazo y la cara contra la pared, muertos de miedo en el fondo ante la perspectiva de tener que tomar las decisiones que una comunidad adulta necesita sin aplazamiento ni condiciones. A qué nos va a extrañar, luego, que este Gobierno aumente las plazas de la policía (con todos mis respetos a los policías decentes) al tiempo que pasa la motosierra en la escuela pública. A qué nos va a extrañar, luego, que la mitad de la población española confiese no leer nada nunca, jamás, si su salud intelectual les importa un carajo (y eso de la generación más preparada de los milenios, oigan, me lo van sustituyendo por la más titulada, y gracias). A qué nos va a extrañar, luego, que las mejores cabezas tengan que emigrar, si es el país en el que Cervantes murió de hambre, Larra se pegó un tiro, por cansancio, y a Lorca le pegaron varios, “por maricón”. A qué nos va a extrañar, luego, que cualquier demagogo tartamudo nos pueda engañar una y otra vez, hasta que llegue el próximo, que los políticos desprecien a los periodistas, los periodistas a los jueces y todo el país a sí mismo. Y que hasta la prima donna cinematográfica del lugar, icono cultural, copón bendito de lo moderno y lo ultraguay (especialmente sensible a la crítica, qué casualidad), pueda llegar a afirmar, ufano, sin rubor alguno y encantado de haberse conocido, que “la frivolidad, en mi caso, fue una postura política frente a la progresía politizada y trasnochada de los setenta”, porque “el pueblo español llegó muy maduro a la muerte de Franco (¿!)y “ni falta que hacía una postura política”. (Pero ahora, de repente, sí, ¿verdad, Genio?).

A qué nos va a extrañar, entonces, a estas alturas de la feria, que sea siempre la gente más esperpéntica, despreciable o inmoral (la más enferma, en todo su dramático sentido) la que más lejos, más alto, más rápido llegue: postergados, estafados y mudos de vergüenza los que sí tienen educación. Hartos siempre estos últimos, al final del día, de tanto fanatismo, tanta escoria y tanta estupidez.

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