Lo que tus papás no entienden

Pablo-Iglesias

Se han ido, decía hace unos días –atentísimo, certero como siempre– Iñaki Gabilondo. Se refería a ‘los jóvenes’. Y supongo que uno, no sólo por biología sino también por circunstancias, no podía sino reconocerse en el esbozo de la situación que sugería el olfato del periodista vasco [otro de esos prescindibles viejos para la maquinaria, por cierto, que ya no mandan en ninguna parte, no sé si por decisión propia, en su caso]. Se han ido, decía; no se les oye ya protestar ante los últimos capítulos de la infamia nacional, porque parecen estar en otro sitio. Tiene toda la razón: estamos, algunos –no sé cuántos–, en otro sitio; no en otra realidad, porque para empezar es imposible, pero sí en otro plano distinto de lo que ocurre. Es siempre complejo y arriesgado establecer un diagnóstico así, empezando por la generalización (también son jóvenes muchos que ni estuvieron ni se les espera), pero está claro a quiénes se refería Gabilondo: a todos ésos que, por ejemplo, salieron a la calle hace tres años para levantar los adoquines de la Puerta del Sol; olvidando –qué importaba– que en Madrid no hay playa y que el suelo de esa plaza es, como el de tantas ya en España, de hormigón armado.  

No hay que ser Gabilondo, de todas formas, para deducir lo que ha pasado en los últimos tiempos: que el huracán imparable de la historia (acelerado siempre, precisamente, por los partidarios de que no se mueva nada) se fue llevando esas tiendas cochambrosas de mayo hasta los platós de televisión; no de la noche a la mañana, por supuesto, pero sí con fatalidad bíblica. Sencillamente, unos muchachos muy rojos y muy leídos que llevaban ya años asistiendo asqueados al mismo espectáculo que el resto de su generación, discutiendo seguramente en los botellones de los 20 años las mismas cosas que el resto, estudiando y trabajando y potando y frustrándose y analizando aproximadamente las mismas cosas que el resto de una forma parecida, supieron cómo hacerlo (con las ganas y la ambición y la astucia necesarias para ello) para capitalizar y traducir todo ese magma de energía, cabreo y mierda proteica en algo sólido. Era cuestión de tiempo, porque ese estado líquido de las asambleas candy-candy sobre la metafísica de las abuelas que fuman (yo estuve en una, de lejos, y pasó lo de siempre en la vida: sólo se acabó oyendo al más cretino) estaba destinada a la evaporación. Es muy sencillo, en realidad: mi generación (y otras mayores) ha empezado a oír en la televisión las mismas cosas que llevaba años diciendo aquí fuera, sin la más mínima expectativa de que el circo mediático-político del otro lado les fuera a hacer eco; pero mira tú por dónde, que un día sí lo hubo. Y entonces muchos de los que ya por bolsillo o descanso de hígado salen menos los sábados por la noche se quedaron patidifusos, con la cuchara a medio camino del aire. La última vez que oí a Pablo Iglesias hablar en la televisión pensé ya claramente –o dije en voz alta incluso, como musitando una epifanía–: Este cabrón va a ganar. Sin entrar en profundidades ni matices ni filias o fobias personales: esta peña va a ganar. Porque ha conseguido devolver un reflejo a quienes no podían mirarse en ningún sitio (a ésos que, por tanto, se sentirán ya mucho más representados y necesitarán menos salir a la calle a desfogarse los demonios).

No puedo hablar por el resto. No sé dónde están, dónde se han ido (salvo los exiliados: ésos sí) todos los demás que dice Gabilondo; si han pasado a engrosar las filas para el asalto del palacio de invierno, o siguen afilando sus armas en la intimidad; si siguen sin creerse nada de lo pasado o lo futuro, o se han sentado tranquilamente a ver –por televisión– el admirable espectáculo de todo un universo devorándose a sí mismo: no todos los días emiten en directo el fin de una época. En cuanto a mí, hoy sólo quiero aportar otro diagnóstico, en forma de anécdota. Sucedió en una casa española hace ya varios años. Y cualquier parecido con la realidad es pura repetición. Sucedió lo siguiente: sentada a la mesa una familia normal, que diría el presidente-plasma (padres jóvenes cuando la Transición y socialdemócratas clásicos; hijos e hijas veinteañeros que no habían visto un contrato decente en su puta vida), se inició cierta discrepancia, digamos, entre la madre y una hija. Sobre macroeconomía, al parecer. La cosa iba así, más o menos: a la madre le parecía de perlas que cierta empresa española (Inditex, o El Corteingléx, o así: una de ésas que al Premio Espasa de Ensayo Risto Mejide le parecen “la verdadera marca España”) declarase que había obtenido unos dividendos del chorrocientos por mil ese ejercicio –según el telediario–, porque eso significaba, evidentemente, que si las empresas tiraban, todo ese maná redundaría en creación de empleo, más salarios, prosperidad universal, ríos de leche y miel, vacaciones pagadas para todos en la mansión playboy que algún ministro del Opus Dei tiene por ahí, a disposición del público; etcétera. La mujer lo dijo, por supuesto, en el más honesto y limpio convencimiento de que las cosas son así. Es lo que había oído toda la vida. Es lo que había leído en los periódicos toda la vida. Es lo que el aire y la atmósfera y la estratosfera han dicho toda la vida: si a las empresas les va bien, a nosotros también. Esta hija, sin embargo, se la quedó mirando atónita, como si estuviera avistando a un ovni. Y estuvo a punto casi de hablarle de usted al replicarle. Pero qué disparates estás diciendo, mamá, pordiós. Pero tú te crees que a toda esa gente, que todos esos, que todo eso, pero-qué-cómo-eiasdñfladsf… No acabó muy bien la discusión; aun con toda la mejor voluntad, era como un chino preguntándole a uno de Triana, en inglés, por dónde se va a Madrí.

Es fácil, supongo, inferir el mensaje de esta hermosa parábola familiar. Pero no sé si queda claro cierto drama soterrado más allá de lo evidente; más allá de la distancia, de la incomprensión; de las distintas educaciones de mundo; de la falla generacional ahondada por los acontecimientos de los últimos tiempos. Es el siguiente: esa madre (como tantas madres, tantos padres, tanta gente madura de este país y de muchos otros más) es aparentemente incapaz de comprender algunas cosas no por torpeza, cerrazón o miopía, sino porque –y esto es una estricta intuición personal– para cualquier ser humano resulta francamente insostenible (trágico, en algún sentido) llegar a reconocer que el mundo en el que ha participado durante más de media vida, el que ha ayudado a sostener e incluso ha levantado con sus propias manos, con absoluta buena fe, tiene mucho más de mentira, de artificio, de estafa y de basura de lo que ni remotamente podía llegar a imaginar.   

Lo que tu mamá, lo que tu papá no entienden aún –pero van a tener que ir entendiendo sin remedio– es, primero, que el mundo en el que ellos vivían ya no existe, o está muerto sin saberlo, como Los otros, los modernos y la Cospedal; dos, que si las reglas del mundo que ellos levantaron fueron válidas durante un tiempo, ya no lo son ni lo serán nunca más; tres, que lo que les sucede a ellos ahora es sencillamente lo que les pasó a sus padres con ellos, a pesar de tener que lidiar ellos, ahora, con un conflicto moral mucho más jodido: que sus padres vivieron en una dictadura que se sabía finita y enterrable, y ellos han vivido en una democracia (en una manera de hacer la democracia) que creían absolutamente perdurable y delegable en sus hijos; cosa que los hechos, testarudos, se encargan de tumbar con estruendo un día sí y otro también.

Felipe González

Lo que tus papás no entienden es que no se trata ya de quién juega a uno y otro lado del tablero de este sistema, con dos supuestos bandos retroalimentándose y legitimando el juego, sino de que ni el tablero ni las reglas nos sirven ya para salvar lo que aún se pueda salvar del sueño en el que ellos mismos fundaron sus vidas: ése que, se llame como se llame, se sigue basando hoy (como desde hace siglos, como siempre) en que la vida en común sea más digna, más hermosa, más justa; más orientada al corazón, y menos rehén de los depredadores y administradores del miedo. Por otra parte, la pregunta, ahora, para Iglesias y los suyos sería: ¿pretenden cambiar realmente el tablero, o sólo quieren llegar al final para convertirse ellos mismos en dama, para seguir jugando a lo mismo (para que, no ya sus hijos, sino sus mismos coetáneos les acabemos llamando casta)? 

Porque cada cual hemos venido a esta vida, también, para jugar nuestro propio juego, cantar nuestra canción. Y sospecho que algunos, lamentablemente (y pase lo que pase), siempre la acabaremos cantando al margen; buscando ese otro sitio que nadie sabe dónde está pero al que no podremos renunciar nunca, maestro Gabilondo.

 

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