Después del atardecer

before sunrise

Quizás sea el amor, con sus fríos y sus posadas, sus encrucijadas y sus luces a lo lejos, la más alta prueba de la valentía de los hombres. De todos los hombres. (Y no sé si hace falta añadir: de todas las mujeres). Quizás no tengamos, junto con la muerte –pero ésta va siempre implícita–, más claro vislumbre del camino que nos vamos trazando de manera cotidiana, del camino que elegimos para nosotros mismos en la vida, con los cadáveres mojados que dejamos en la cuneta y los cadáveres que de uno mismo van quedando bajo la lluvia, irreparablemente. Con los caminos paralelos que se pierden en la bruma, como un fantasma, y con el fantasma de aquella luz que vacila a lo lejos, señalando el final prometido (pero el final, ¿de qué…?).

Pues el amor es un fantasma; ya lo sabíamos. Esa región fantasmal, movediza y errante del Tiempo, a la que a menudo se llega demasiado pronto o demasiado tarde. Y en ese juego de espejismos nos dejamos la vida. Nos jugamos la vida, literalmente.

En fin: que en el amor, como en la poesía, están los que se conforman antes y los que se conforman después. (También los hay que no se conforman nunca: son los que quizás premie la Fortuna, un día, si merecen tal honor). El tema es viejo como la propia historia del hombre, supongo; de manera que nos ahorraremos los ejemplos. El tema es tan viejo, tan profundo y –ains– tan irresoluble, que ya que pasen mil años seguiremos dando vueltas sobre él. Y lo que te rondaré, amiga mía.

Nueve años, nueve, son los que han ido mediando entre los encuentros de esos dos post-adolescentes que se conocieron un día, causalmente, en un tren con destino Viena, en el verano de 1994. Es decir, que hace ya casi veinte años desde que el director Richard Linklater y la guionista Kim Krizan, claramente obsesionados también con el tema de marras, perpetrasen esa macabra y fascinadora historia que ya podemos calificar hoy con el también brumoso título de culto. Definamos, aquí, culto: Complicidad y empatía perdurables hacia una obra, profesadas por una inmensa minoría de iniciados tan perjudicados mentalmente como los protagonistas y/o autores de dicha obra. O sea: cuando cierta silenciosa legión de adictos al alto voltaje emocional (soterrado, íntimo, entre líneas) se ve secretamente reflejada en los lances, cuitas y tontunas de una historia que es la suya, en el fondo. Conformando así una suerte de cofradía en una época de perpetuo usar-y-tirar; guardando inquebrantable fidelidad en la memoria y el corazón hasta que vuelva a comparecer la criatura, o no; hasta que se vuelva a tener noticias de ella. O no. Así que pasen nueve años.

Ya han pasado otros nueve años desde Antes del atardecer (2004); dieciocho desde el rodaje de Antes del amanecer. Céline y Jesse (July Delpy, Ethan Hawke: co-guionistas también en la secuela) eran entonces dos bisoños veinteañeros con mucho que decirse y mucho más aún por vivir, aunque creyeran saber entonces el secreto de todos los mapas. Ambos van leyendo, en ese tren Bupadest-Viena; cada uno en su libro, en su asiento, en su escaque. Pero la discusión insoportable de una insoportable pareja adulta que ya no se soporta (conviene recordarlo), ladrándose en alemán en el asiento contiguo, empuja a Céline a dejar el suyo (la mujer acaba de azotar al marido) y buscar un lugar más tranquilo, hacia atrás en el vagón. Por qué se sienta donde se sienta –o sea, en paralelo a la fila del asiento de Jesse– es algo que no sabemos si ella sabe; en teoría es el lugar más cómodo; dejémoslo ahí. Es precisamente la misma pareja de adultos la que, al pasar de nuevo a su lado por el pasillo, hace que los dos jóvenes entablen una mirada abierta, cómplice; a pesar de que Jesse ya le ha echado el ojo a Céline desde el segundo uno y ella también le ha mirado a él, aunque más de soslayo, más sutil –más mujer, vamos–. “¿Tienes alguna idea de sobre qué discutían?”, se arranca él, al fin. No, responde ella; lo siento, no controlo mucho el alemán. “¿Has oído alguna vez –se anima ella, tras un silencio– que, conforme se hacen mayores, las parejas pierden la capacidad de oírse el uno al otro?”. No, responde él. Bueno, explica ella: en teoría, los hombres cada vez oyen menos los sonidos agudos, y las mujeres cada vez menos los graves; “supongo que se anulan el uno al otro”. “Supongo”, concede él. “Será la forma en que la Naturaleza permite a las parejas envejecer sin matarse entre sí”. Ella encaja deportivamente el sarcasmo. Luego se enseñan uno al otro, como si se desnudaran, lo que están leyendo: ella, un volumen de George Bataille; él, la autobiografía del pintor alemán Klaus Kinski, titulada elocuentemente All I need is love. Él propone ir a tomar algo al vagón-cafetería; ella acepta. Y junto al ventanal de uno de esos trenes del Norte que conceden la gracia de olvidar de dónde venías y hacia dónde ibas, ambos van deshaciendo poco a poco la madeja, la tela de araña, el juego de máscaras. Ésas que se van quitando en la seducción poco a poco, una a una, como las muñecas rusas. (Pero ese juego sí tiene un final).

beforesunsetMáscaras y espejos. Juego de espejismos, dijimos más arriba. Sucede, en este tipo de colisiones fatales, de deflagraciones entre dos seres que se buscaban sin saberlo, algo misterioso e irresoluble: ambos se miran atónitos ante el espejo del otro en un vislumbre que les refleja de manera remota; que refleja, quizás, su mejor cara; su rostro más viejo, más noble, más emocionado y en carne viva. Más niño. Son un niño y una niña chocando de bruces en algún lugar del bosque, jadeando de aventura, estudiándose mudos y absortos, y ninguno tendrá que preguntarle al otro si quiere jugar: ambos saben que el juego ya ha empezado, que quizás ya contaban hasta diez en un mismo escondite, y que el juego acabará sólo cuando llegue el anochecer, cuando les llamen los adultos –asesinos– de la realidad… Pero esos adultos de cada uno ya han empezado, también, desde el mismo instante del encuentro, a buscar a esos dos niños; a llamarles por sus nombres de siempre, a intentar joder el juego. El espejo refleja por un instante la verdad desarmada, en cueros, de los amantes inminentes: a partir de ahí todo será un combate, una lucha a brazo partido contra las máscaras que el frío, los daños y la mezquina realidad han ido infringiendo como la erosión en esos dos rostros, y contra las máscaras que el frío, los daños y la mezquina realidad seguirán intentando imponerles a ambos el tiempo que pasen juntos, que dure el juego.        

Al entrar en Viena, acabada la entrevista en esa mesa del vagón (Jesse ha rememorado para Céline aquella vez que entrevió al fantasma de su bisabuela en el jardín de casa, a los tres años; ella le ha confesado que le dan miedo los aviones, que tiene miedo de morir en el aire), él, que en un principio iba a bajarse solo, quedándose con la eterna y lacerante duda del qué hubiera pasado si, decide finalmente que eso no va a suceder; no sin haberlo intentado a tiempo, al menos. (Y todavía no se han dicho sus nombres reglamentarios). Vente conmigo, le dice; bájate conmigo aquí, ahora, en Viena. Sigamos hablando. No tengo dinero para un hotel, así que pasaré la noche por ahí; contigo sería mejor (“mucho más divertido”, dice). Yo tomo mi avión por la mañana; tú puedes tomar otro tren y seguir rumbo a París. Y si te parezco un psicópata, siempre puedes salir corriendo. “No sé”, vacila ella, risueña. Él dispara el último cartucho: “Vale. Imagínate en diez, en veinte años. Estás casada. Tu matrimonio ya no tiene la energía de antes. Empiezas a culpar a tu marido [ella tuerce el gesto]. Empiezas a pensar en todos esos tíos que has conocido en tu vida, y en qué habría pasado si te hubieras quedado con alguno de ellos… Bueno: yo soy uno de esos tíos. ¡Soy yo!… Así que piensa en esto como en un viaje en el tiempo, desde entonces hasta ahora, para saber qué es lo que te ‘estás perdiendo’ realmente. Es un gigantesco favor, a ti y a tu futuro marido…” (Etcétera).

“Déjame recoger mi bolso”, responde ella al fin.

Y al pie del andén, justo después de que él haya bajado, aturdido, sin terminar de creérselo aún y pensando ahora qué, chaval, Céline se para, duda un segundo en la puerta del tren; se dedica una mueca zumbona, casi eufórica, antes de pensar en voz alta: Quién dijo miedo.

“Imagínate en diez, en veinte años…”

Sinceramente: no sé ahora mismo (no quiero comprobarlo tampoco) si Linklater tenía ya entonces definida, en aquella primera película de mediados de los noventa, la insólita hoja de ruta que hasta ahora ha ido cumpliendo esta historia. En cualquier caso, mucho más divertido, más cachondo (más siniestramente lógico, en el fondo), pensar que todo fue fortuito, que el arte a veces remeda a la vida con una guasa similar. Quiero decir que es precisamente a Jesse a quien vemos nueve años después en esa tesitura que con tanta clarividencia anticipa en el tren, intentando convencer a Céline del delirio.

¿Crees que hay parejas felices? –le pregunta ella más tarde en la feria nocturna, aún en Viena, aún con 23 años.

Sí, las conozco –responde él; y añade, aún con su pose de colmillo retorcido–: Pero creo que se mienten mutuamente.

Yo descubrí –cuenta Céline, momentos después– que mi abuela siempre había estado enamorada de otro hombre. Me pareció triste, pero a la vez me encanta la idea de que tuviera todas esas emociones…

Es mejor que así fuera –replica Jesse, sin reparar, de manera sarcástica, en que está tirando piedras exactamente contra su tejado, contra su propio invento–: creo que se hubiera decepcionado.

¿Cómo lo sabes?

Lo sé, lo sé… [“yo te voy a explicar a ti lo que es la vida, pequeña…”]. La gente pone proyecciones [ya salió la palabra] románticas en todo. No están basadas en ninguna realidad…  

… Ah, amigo mío. De eso, precisamente, va todo.

Jesse aún no sabe, Céline tampoco, que será eso, una proyección (un fantasma), lo que les marcará como un estigma durante los casi diez años siguientes. No se lo dirá la gitana que, en vez de leerles el porvenir (ambos sois asesinos, ambos vais a morir), aconseja a Céline resignarse al precio de la intemperie al convertirse en la mujer que siempre quiso ser; que les llama a ambos extraños con fortuita exactitud (“I told you when I came I was a stranger”). No lo sospecharán en el poema (Daydream delusion) que el estrafalario bohemio del muelle les regala al pasar por allí, por la voluntad, y que termina, como una letanía sin solución, “no me conoces? No me conoces aún?”. Quizás no lo sospechen aún al firmar (curándose en salud inútilmente) ese acuerdo en el barco-restaurante por el cual vivirán esa noche como si fuera a ser última, la única posible, “sin ilusiones, sin proyecciones”, aunque la vida debiera ser precisamente eso. Quizá lo vislumbren sólo mientras amanece en aquel último parque en el que no sabemos qué pensarán al rendirse el uno al otro; en el miedo, la emoción y el escalofrío en cueros al separarse en el último andén rumbo los dos hacia una misma incertidumbre de lustros (no lo saben aún) que les hará llevar un mismo recuerdo impreso a fuego, como una lágrima, sellándoles en la cara el equipaje. Una única noche. Una única y sagrada ceremonia que viven como si ya la estuvieran recordando, como un sueño lúcido, “por eso –dice ella– parece todo tan sobrenatural. Pero cuando la mañana llegue nos convertiremos en calabazas…” Pero ni siquiera eso sucede, ni siquiera les dará tiempo a eso; la separación inaplazable convierte a todo el encuentro en encantamiento y a los nueve años siguientes en un constante esperar en el andén inhóspito de ningún sitio, de ninguna parte, a la carroza imposible. Una ilusión, una proyección, un fantasma que –podemos suponer– les condena y les salva a un tiempo. Les condena, porque habrán de vivir íntimamente corroídos por esa recurrente pregunta, esa tortura; convencidos, con razones o no (eso es lo de menos), de que la felicidad existe, de que sigue viviendo en algún lugar, en algún Aleph a la vuelta de dios sabe qué esquina que no les concederá ya –no– una segunda oportunidad sobre la Tierra. Y les salva: también les salva porque ya nadie les podrá quitar lo que fue verdad y fue certeza; porque, precisamente por no haberlo consumado nunca, ya nada podrá corromper ese refugio mental (esa ilusión; esa trampa benéfica), ya siempre podrán correr allí, a través del bosque, cuando el frío, los daños y la mezquina realidad les rompan una y otra vez los platos contra el suelo, a muchos años luz de allí, a mil noches de profundidad. (Quizás –podrían pensar ambos, fortuitamente– sólo nos hizo la vida para el carnaval nocturno, para el palacio clandestino donde no importa quién eres, de cuándo eres; de quién.)          

Qué clase de mendicidad, de orfandad, de rotunda e implacable estafa sentiría Jesse aquel 16 de diciembre, seis meses después del encuentro en Viena, en un mismo andén pero ya de invierno, cuajado de nieve, es algo que también podríamos sospechar, imaginarnos sin mucho esfuerzo. Sin embargo, y por lo que ya se muestra en Antes del atardecer, el fantasma siguió venciendo. (Por su propia nobleza, o porque el Tiempo no permite, al cabo, que el rencor arraigue más en el corazón que otras especies más fértiles, más útiles a la vida).

before sunset

En fin; ya sabemos, grosso modo, lo que les sucedió en todo ese tiempo, al menos en lo esencial: ellos mismos se lo dicen, se lo acaban confesando (primero como si hablaran del clima, luego como si vomitaran) en la segunda entrega del folletín, en París. Una de las primeras cosas que sabemos antes del atardecer, por cierto, es que Jesse fantaseó (aunque no sepamos bien cuánto de ironía hay en ello) con un desenlace alternativo para su novela, menos estricto de realidad aunque no de realismo, en el cual los dos protagonistas acabarían “follando durante 10 días en una habitación de hotel, y descubriendo que no encajaban en absoluto”. [La gracia de esto –entre otras– es que Linklater ya había cumplido de facto esa fantasía: son Hawke y Delpy la pareja que conversa en la cama en una de las secuencias de Walking life (2001), otra muy recomendable obra del universo fílmico del director]. Ficción dentro de la ficción, al fin, para dar muerte a aquel espectro, para dar un entierro digno a aquel fantasma de casi diez años de edad más allá de ese Cementerio de los Sin Nombre en que yacen todos los cadáveres del qué-hubiera-pasado-si (suicidas también, al cabo, como los de ese camposanto de Viena). Más tercos si cabe cuando ni cadáver queda para la autopsia, para determinar las causas de la muerte.

Ya sabemos, sí, en qué consistió esencialmente ese tránsito de los veintipocos a los treinta y pocos, de Viena a París, de la disponibilidad de todos los caminos al desencanto de las elecciones que no dejan volver atrás, ambos convertidos parcialmente en piedra al haber mirado hacia atrás tantas veces, con los surcos que deja la tormenta en la orilla de los ojos. Probablemente ella no se siente ya como una anciana “recordando la vida” que está viviendo en ese instante; definitivamente él ya no puede sentirse como un crío de 13 años “fingiendo ser adulto, tomando notas” para cuando la vida vaya en serio: porque ya ha ido en serio, ya va yendo en serio (nunca va de broma en realidad el juego éste). Han pagado las posadas del deseo y su estipendio inevitable. Se han desnudado para el amor y también para sus cuchilladas. Quizás no sepan aún lo que quieren pero sí lo que no quieren. Han aprendido a cubrirse sin remedio con nuevos escudos (máscaras)… pero (pero) ninguno de los dos ha perdido del todo la imprescindible inocencia, la fe que nos levanta tras el luto; la fuerza para no renunciar a que alguna (puta) vez la macabra piedra de Sísifo y del amor se quede quieta en lo alto de la cima, o al menos en algún lugar habitable de la ladera. Son mayores, saben que la vida es sólo ahora, que la muerte está ahí al fondo y no es abstracción y que el Caos juega a los dados, sí, pero a veces, a veces, también caen como uno quiere si está dispuesto a jugar, a acatar sus reglas, su secreto. Podrían haber llegado a rendirse, cada cual en su camino, en su colina, en su laberinto: no llegaron a rendirse nunca. Por eso, la Fortuna sí les brinda una segunda oportunidad: porque jamás dejaron de buscarla. 

­–Let me sing you a waltz.

Déjame a mí perder ese avión.

Etcétera.

Before midnight, Antes de la medianoche, compareció en la programación del pasado festival de cine de Sundance. También lo ha hecho ahora en la Berlinale. Ya han pasado otros nueve años desde París; ya podremos saber qué sucedió después de aquel atardecer, en todo este tiempo. Saber, por sus propias voces y silencios, qué ha ocurrido en todo este tiempo, si sobrevivieron a su propia victoria, si no les cayó el éxito encima como un techo en llamas. Ya habrán descubierto lo que escondían todas las máscaras del otro. Ya habrán sabido que ninguna gloria es permanente, que la roca no se sostiene sola en esa cima, que hay que mantener templada y limpia esa posada y regar esas tres flores a diario. Que siempre hay que pagar los daños del incendio y que en el amor (como en cualquier cosa en la vida) no existe eso que llamamos meta: la misma trilogía (trilogía hasta ahora) es la prueba de que en realidad nunca hay títulos de crédito que culminen y sellen para siempre ningún final, feliz o no, mejorable o menos.

Jesse ya sabrá perfectamente qué cosas le desquician más de la otra, como bromeaba ella hace veinte años. Céline ya tendrá una teoría mucho más elaborada sobre esa diabólica idea de que sólo una persona en la Tierra nos pueda llegar a completar realmente, tal y como le torturaba nueve años después. Ya habrán tanteado sin proyecciones, sin espectros de ningún tipo, la verdadera tela de sus disfraces, sus sietes y sus costuras, su calidad y sus destrozos. Habrán comprobado con cautela o miedo, con serenidad o tristeza, la zona sucia de cada uno, las miserias bajo la cama, los cadáveres del armario; si ella es finalmente una neurótica insoportable y él un insoportable narcisista, culos ambos de pésimo asiento; si el fardo de los años y los daños anteriores no se fueron a vivir con ellos; si en algún momento no resultan ellos mismos el fiel reflejo de aquella pareja insoportable que les hizo entablar conversación casi dos décadas atrás en aquel tren. Conocerán ya hasta qué punto podía la realidad cumplir tan alta, temible expectativa, y cuánto de renuncia o resignación pide la vida para mantener a flote lo que queda, lo que importa. Sabremos, en fin, cuánto han ganado y cuánto han perdido, qué cuota de celos, rencor o desidia hay acumulada en el debe, qué cuota de amor, comprensión y valentía en el haber. En qué momentos se miran aún con la mirada limpia y en cuáles con las máscaras que les haya impuesto el tiempo sobre la piel. Si han sobrevivido a la vida, en fin, tras la impunidad del carnaval. Si han entendido el juego. Si siguen buscando a ese fantasma o lo han encontrado, al fin, en algún lugar ya abierto y compartido de dentro de ellos mismos, de ambos entre sí, en algo que no siempre se podrá llamar felicidad pero quizás, sí, victoria.

“Si hay algún dios –susurra Céline, 23 años, en la penumbra de aquel callejón de Viena–, no está en nosotros, sino en el pequeño espacio entre dos. Si existe alguna magia, debe de estar en el intento de entender a alguien compartiendo algo”.

Veinte años después, estos dos niños siguen hablando; siguen intentando entenderse, a sí mismos y a la vida, en ese espacio íntimo entre dos incógnitas. Pues qué es el amor, al fin y al cabo, sino esa pregunta tenaz; esa fatal, interminable, jubilosa y feroz conversación.  

[Febrero de 2013]

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