Fortuna y gloria, Sabina. Fortuna y gloria

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Las cosas que esperas; las cosas que te esperan; las cosas que siempre has creído esperar (y quizás no; quizás no…). Vivimos de fantasmas. Vivimos en la ilusión hambrienta de una persecución: la del fantasma que te busca para cobrarse una deuda remota que crees tener desde siempre contigo mismo; la del fantasma que persigues como una redención, como si en algún lugar de la noche del bosque se agazapase resplandeciendo el ídolo de oro que resuma tu vida, que la justifique y la honre y la selle para siempre. Pero no hay tal: suele ser sólo una luciérnaga; se te escapará al momento de acariciarla, si la alcanzas, pues la luz que creías entrever y que siempre has perseguido sólo existe (lo sabes) allá al fondo de ti mismo, custodiada por los monstruos de tu gruta, oculta de lodo y sangre. Casi nunca ahí fuera. Pero así vivimos. Sólo los más sabios saben no correr para ganar de verdad; al resto nos queda apenas tenerlo en cuenta, si podemos, mientras caemos en la misma piedra, una y otra y otra vez, del invierno del bosque.

Por entre otro bosque oscuro, colmado de ánimas, como descubriendo una pirámide o un ídolo que temblase tras la maleza en penumbra, se internó Joaquín Ramón Martínez Sabina, hijo de Adela y de Jerónimo, en el escenario del 13 de diciembre de Madrid. No era la primera ni la segunda ni la centésima vez: pero era distinta; fue distinta. Sólo él sabrá por qué. Sólo él puede saber qué vio en aquel momento, o qué fue viendo poco a poco, al ir abriendo los ojos, acostumbrándolos a la oscuridad y a la mirada salvaje de los veinticuatro mil ojos de la bestia que le lamía la cara y sonreía desde el otro lado del sueño, relampagueando de luciérnagas. No era, repito, ni la primera ni la centésima vez; y su escalofrío, en este caso, no debería medirse en absoluto –como torpemente se ha dicho– por la cantidad de ojos de esa bestia: siguen siendo menos de los que este brujo viene encantando de un tiempo a esta parte, sobre todo en Latinoamérica (por ejemplo con Serrat, por ejemplo en la Bombonera porteña, donde les entran 40.000 almas y otras tantas se les quedan esperando). Sólo él –o ni siquiera él, en realidad– podrá saber qué nube negra, maligna, surcó el cielo del Palacio de los Deportes en el momento en que temblaba ahí a lo lejos alguna estrella en el balcón del antifaz, nublando las luces azules, rojas y amarillas de la redención.

Al otro lado, a este lado del sortilegio, todas esas ánimas que anidábamos en la hiedra y las alturas de la pirámide veíamos en él, quizás, el resplandor lejanísimo pero vivo de otra redención, de alguna deuda propia más antigua: el ídolo o fantasma que cumple por nosotros la venganza del fracaso.

Qué veía Sabina, esa noche de diciembre, en la grada feroz de su éxito irrevocable, incontestable, sin remedio; qué éxito feroz, irrevocable, irreal de tan absoluto, veíamos nosotros en ese duende con bombín, como recién salido de una lámpara de fuego verde (…y todo lo irrevocable algo tiene de diabólico)… En algún lugar de la grada, en mirada oblicua al escenario y vigilando, ora al oficiante, ora a la gran garganta oscura que rezaba, el que esto escribe –lo confieso ya– trataba de curarse, con esas canciones, de una derrota reciente de la cual había llegado a pensar, horas antes, que dependía su deuda pasada y su fortuna; su redención y su gloria por venir. Fortuna y gloria, pensaba mientras le escuchaba, mientras cantaba con él y con la bandera negra del corazón izada hasta el alivio (de luto) “que todos los cuentos / parecen el cuento / de nunca empezar”. Fortuna y gloria: es lo que le responde otro héroe infantil, Indiana Jones, al grumetín oriental que le acompaña en el Templo Maldito, cuando éste le pregunta por las piedras sagradas de Sankara: “–¿Qué es Sankara, doctor Jones? –Fortuna y gloria, chico. Fortuna y gloria”.

Pero también puede morir uno, de vez en cuando, de fortuna y gloria, vislumbrando el envés macabro del espejismo. “A mis cincuenta y diez, / cincuenta y quince dicen que aparento”, dijo, cambiando oportunamente el arranque de esa auto-elegía escrita aún cuando todas las noches eran diciembre y delirio azul –para él y para nosotros–, sin noticias todavía de la muerte. Qué estaría viendo ya, Sabina, allá al fondo del pozo negro que le habría aplaudido incluso si hubiera enmudecido hasta la Nochevieja, petrificado sobre el taburete como un dolmen. ¿Se acordó de Machado, quizás, para salvar lo que pudiera salvar del concierto, obviando los pájaros de mal agüero sobrevolando la gloria?: “En mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad”. Quizás alguna noche esos versos nos salvarán la vida, escribió Félix Grande, hace demasiado tiempo. Pero hay noches y noches; momentos en esas noches –sí, Félix– en que “todo lo malo crece, toda la tiniebla se espesa, y creemos que no podemos más”.

“Casi siempre podemos más” –protestó Félix, casi con linda cólera paterna, hace poco más de un año, a este lado todavía del sortilegio. Pero en ocasiones lo más sensato es rendirse para poder ganar en fondo. Humillarse para honrar de lejos, honestamente, arrodilladamente, a ese fantasma de luz que nos lacró la vida; que siga parpadeando, allá lejos en el bosque, hasta la próxima vez; hasta que merezcamos otra vez el honor de dar, como el propio Sabina dice de las canciones, con “eso que nadie sabe lo que es pero que es lo único que importa”.

El lugar del crimen

El lugar del crimen

El ídolo mendicante de todos esos miles que aplaudían supo que no siempre se tiene para dar aquello que nadie sabe lo que es pero que es lo único que importa; que no siempre tiene salida el callejón del cuartel. Dijo, como un niño que se pusiera enfermo en mitad de la clase: “No me encuentro muy bien”. Dijo –no cantó: dijo–, confesándose: “Perdón por la tristeza”, como si estuviera el fantasma pequeño de Vallejo mirándolo sentadito desde un poyo de la esquina del escenario.

Dijo al final, abandonando el taburete, la guitarra, la leyenda que tampoco puede salvar en noches así: “Lo siento”; y se quedó ahí, quebrado a media reverencia última, con un pie fuera ya, mirando al suelo, sin atreverse a levantar la vista: porque lloraba

(como un adolescente avergonzado,
como un monstruo perplejo en una celda,

como un dios desterrado, en el que ya nadie creyera,
sentado en el tejado de su casa,
viendo vivir sin él).

Se diría que murió un poco (sólo lo justo, lo justo sólo), esa noche, acribillado por los aplausos de sus hijos, antes de huir del bosque mientras otro niño aplaudía y temblaba allí a lo lejos con la complicidad y el terror del aprendiz; con un mismo miedo muy claro, que no era verdad, a no volver a soñar que escribía.

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