Comprometerse

pizarnik

La poeta argentina Alejandra Pikarnik, por ejemplo: más ‘comprometida’ que todos los panfleteros juntos

Existe una forma de saber si una idea es moralmente deleznable: imaginársela convertida en obra artística, del palo que sea. Si no es posible imaginársela (o si dan arcadas en el intento), es que efectivamente lo es. Ya, ya sé que las arengas de Hitler tenían vocación wagneriana y que siempre habrá algún simio dispuesto a berrear sandeces con distorsiones eléctricas. Pero en general, y para las cabezas más o menos equilibradas, los impulsos negativos –en su sentido más primario– no sirven para el arte, pues tomados en bruto resultan rotundamente estériles. Por lo demás, el arte que se toma en serio no deja nunca de ser un juego: un juego en el que uno tiene que darse con toda la energía, la entrega y la honestidad posibles, sin impostarse en absoluto. Y es imposible jugar a nada cuando uno está cabreado (consúltese a los niños, o a Almodóvar).  

Recuerdo haber oído a Sabina –más o menos– que la guitarra es memoria popular y que jamás puede estar a favor de los malos sentimientos. Tiene toda la razón: es físicamente imposible agarrar la guitarra y puntear un rato siquiera cuando uno está hirviendo de frustración, de ira o de resentimiento; te repele ella sola, como un animal que percibiera tu espectro y no quisiera contagiarse de esa enfermedad. [Otra cosa es que la ira sea en realidad tristeza en llamas, y una vez se alivia la hoguera ya pueda uno conjurarla.] Viene a cuento todo esto porque siempre regresa, cada equis tiempo –como últimamente–, el intermitente e interminable debate sobre si la abuela fuma y el arte debe ser o no comprometido. Dejando a un lado situaciones inequívocamente alarmantes (cosa siempre subjetiva, además), hace ya tiempo que uno llegó a la conclusión, todo lo cuestionable que se quiera, de que el único compromiso de un artista, o al menos el primero, debe ser consigo mismo y con su obra: justo por lo que decía más arriba. Porque si uno se entrega honestamente y con todas las consecuencias (empezando por hacerlo lo mejor que sepa) a ese juego tan serio que es arañar algún atisbo de belleza escribiendo, componiendo, filmando, es imposible no comprometerse, igual que es imposible tirarse al agua, intentar llegar a la otra orilla, y no mojarse en el tránsito: vivir compromete siempre, se haga lo que se haga. Y hacer arte (aunque uno haga artesanía) es resumir esa visión del mundo que uno tiene al vivir. Imposible, entonces, que esa mirada no se acabe filtrando por todas las costuras del folio, ya esté uno hablando de la reproducción de los camellos en el África citerior (el gran tema, por cierto, de las clases de Periodismo en las facultades españolas).

La palabra clave la he escrito ya varias veces, y es honestidad. Si uno no se engaña a sí mismo, si da testimonio de una verdad personal (y no miente y se miente perpetrando farsas estúpidas sin nada dentro, porque nacen de la propia nada de quien nada tiene que decir), estará buscando, aun sin proponérselo, una verdad más profunda que ataña a todos: estará, a la postre, comprometiéndose y haciendo más política que muchos de los que se dedican a eso hasta el almuerzo y después todo el día; desde luego mucho más que quienes repiten como máquinas la consigna-slogan-tontiguay que toca este mes. Alguien muy sabio, hace algún milenio, estableció con transparente, profundísima simplicidad, que “Lo verdadero es lo útil”. Claro: porque toda verdad nos sirve para vivir, para establecer sin chantajes dónde están los conflictos de la vida, y por ende, quizás, las soluciones. Lo verdadero es lo útil: de modo que el arte es radicalmente, humanamente útil al comprometerse con la única verdad posible, que es la que menesterosamente, honestamente, tiene uno a mano (cuando le ha dejado la novia o ha dejado el trabajo o se le ha muerto alguien, cuando tiene o no tiene dinero para coger el autobús).

El arte que merezca tal nombre siempre revela la realidad; la pone al descubierto, trabajando a favor de la vida y en contra de los enemigos de la verdad. Y el siguiente paso, inevitablemente, es cuestionar si esa realidad es justa o no, nos parece bien o no, es o no lo mejor para todos. Quiere decirse que una canción, aun de amor, puede ser más política que un mitin, a condición de que llegue a una verdad mucho más esencial, más útil para entender la vida y su entorno: a condición de que esté lo mejor escrita posible, lo más lejana posible de lo obvio y del lugar común (pienso en el propio Sabina, por ejemplo; por ejemplo en Nacho Vegas, cuyas canciones más costumbristas resultan –a mí al menos– más eficaces que las más explícitas). Una crónica novelada aparentemente inocua en lo ideológico (pienso en A sangre fría, por ejemplo), impecable en el retrato desapasionado de los hechos, puede albergar más ideología –por lo potente, lo esencial de su verdad– que cualquier telediario. En el otro extremo, un reportaje –del formato que sea– puede resultar arteramente reaccionario si, en vez de tratar al lector/oyente/espectador como a un adulto, le vende una flamante denuncia con un envoltorio grotesco por lo pueril, lo maniqueo. Y usted, señor, señora que tanto las pía desde su tribunita por la fraternidad y los parias de la Tierra, se retrata y compromete mucho más en la manera de tratar a su asistenta, a sus trabajadores o a sus hijos.  

Leonardo Cohen:

Cada hombre
tiene una manera
de traicionar a la revolución:
ésta es la mía. 

Hay mil maneras peores de traicionarla, más deshonestas y aterradoras: por ejemplo uniéndose a ella con una venda en los ojos y gritando simplezas en las que en realidad no se cree porque no han salido de la propia reflexión, de la propia y humilde verdad, sino de los fabricantes de consignas profesionales; esos caciques ideológicos que siempre han tenido el monopolio de dictar (e imponer) lo que es o no comprometido. Casualmente, justo lo que nunca va a apuntar en su dirección.

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Un Comentario

  1. Mmm… No puedo entender el salto del principio… No sólo Hitler (que no sólo era Wagner, también obras cumbres del cine como las de Leni Riefesthal, …), todo el cine de Dziga Vertov, Eisenstein, Pollock financiado por la CIA, … ¿Es posible a caso un arte no político o no comprometido? La cuestión sería preguntarse con qué está o no comprometido, y después entender que lo que te gusta no es siempre con lo que estás de acuerdo, y al revés, hay cosas que te gustan principalmente porque estás de acuerdo. Por mi parte, disfruto mucho viendo publicidad.

    Otra cosa es decir que el arte sea solo política. La verdad política es diferente a la verdad del goce estético.
    Se puede disfrutar viendo publicidad, e indignarse a la vez. A mi me pasa. O tal vez pienses que lo que me pasa se llama esquizofrenia. No sé. Por ahora…

    También hay otros que, reconozcámoslo, no sabemos cómo han llegado a donde han llegado… Porque no sirven ni como panfleto (ni del capitalismo, ni de nadie), ni para fingir desmayos a lo Stendhal. Son nuestros pequeños-Nicolases del arte. Los que no nos fascinan no por la verdad artística ni política de la obra, sino por la verdad mafiosa de su distribución.

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