“España te quiere, España no te quiere” (o el tertuliano que llevas dentro)

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Aquí hay que vivir de punta, en alerta perpetua, como cuando en el colegio presentías una colleja que no sabías de dónde te iba a caer (pero que te iba a caer fijo). Porque eso será España: un diabólico patio de colegio en que quien no se mete en la pelea es precisamente quien más papeletas tiene de llevársela, por idiota; luego, la chusma sale pitando al grito comanche de maricón el último (y si se te ocurre reclamar justicia lo más probable es que te lleves otra: por idiota otra vez).

Ya lo dije por aquí al hablar de la mala educación ambiental que tan a menudo hay que respirar por fuerza (un país demasiadas veces sectario, en el que cualquier objeción al rebaño se suele interpretar como una injuria –perdón por la autocita); ya lo dijo, por supuesto, gente infinitamente más lista que uno, mucho antes: por ejemplo Antonio Gala, señalando que aquí se identifica sistemáticamente al discrepante con el enemigo (“esa cosa tremenda de la honra”). Y lo corroboró asimismo –como era de esperar–, en la conversación que tuve con él hace poco y que se publicó ayer en eldiario.es, otro Antonio ilustre, Muñoz Molina, certificando que “cualquier crítica que se haga [en España] se considera una ofensa. No se te da el derecho a decir ‘a mí no me gusta tal cosa’; que puede que yo esté equivocado, pero me gustaría que se me reconociera el derecho a decirlo con honradez y con buena fe. Siempre se buscan argumentos para descalificar. Y si dices que Jordi Pujol ha robado, es ‘un ataque a Cataluña’…”.

Y bien: ¿qué sucedió con esta entrevista? Pues exactamente lo mismo que el propio entrevistado denunciaba, como una autoprofecía lúgubre (lo que tendría su gracia si no fuera por lo previsible, y triste, del tema): la reacción de algunos lectores –algunos, por fortuna– consistió justo en descalificar a Muñoz Molina. No discrepar de él, no disentir: descalificarle, llamándole poco menos que leguleyo del régimen (del antiguo, supongo), amanuense de la corte, valido del rey y no sé cuántas revelaciones más que no voy a recoger aquí. ¿Por qué? Porque no compartían su opinión. Y punto y sacabao. Así que, en vez de tratar de rebatirle o desmontar sus opiniones con argumentos adultos, y no de patio de colegio [yo tampoco estoy de acuerdo en todo lo que dijo, pero no era mi sitio para discutir: sólo era el mensajero], en vez de discutirle honradamente, algunos tiraron por el Camino Denmedio, que como todo el mundo sabe es el más transitado con diferencia de toda Hispania (unos atascos que lo flipas en hora punta). El problema, claro, es que para rebatir, discurrir, argumentar de manera adulta, hace falta tener, primero argumentos, y luego la voluntad, la inteligencia, la honestidad intelectuales (la honradez y buena fe) suficientes para exponerlos de manera elegante, teniendo muy claro que una discusión no lleva implícita una puñetera guerra. Al revés: si hay dos dedos de frente por ambas partes, lo que puede darse es una fiesta, en la que los dos se ayudan a crecer por dentro, espoleándose, divirtiéndose, pensando íntimamente qué bien me lo paso discutiendo con este tío, con la pájara ésta.

…Pero: qué nos pasará aquí. Qué clase de virus infecto o cromosoma en forma de garrote goyesco se nos manifiesta cada vez que oímos al de enfrente decirnos No. Por qué nos solemos mirar todos, de frente y de perfil, como alguaciles soeces, preguntando sinuosos por la ficha policial, el plumero, la limpieza de sangre, el y tú de quién eres, nene y de qué palo vas, para poder meternos en el cajón más simplista que cuadre con nuestros esquemas de parvulario (y ojalá tuviéramos la suprema inocencia de los niños para no estar juzgando todo el puto día). Aquí el sujeto o ente español: ése y aquélla que se levantan por la mañana, se chupan el dedo, comprueban para dónde tira el viento, y ya pueden salir tranquilos al trabajo, al patio de vecinos, a la barra del bar, al facebook, al twitter, al Congreso de los diputados (o Sálvese quien pueda Deluxe) e incluso a la comida familiar (sobre todo, quizás, a la comida familiar) con la bandera pertinente puesta por montera o bragas; al abordaje del turco, a la caza del hereje; trazando una raya en la arena, conmigo o contra mí, blanco o negro, de los míos o de ellos [el Coletas como Stalin o como Jesucristo Superstar, sin ir más lejos, estos días], siempre con una navaja que poner en la yugular del otro y espetarle la razón o la vida, pero incapaces de usarla para separar el trigo de la cizaña, las razones del fanatismo y los matices y los claroscuros de la generalización grosera; porque lo que son, en el fondo, es tan gandules que prefieren decir una gilipollez a poner la cabeza a matizar, no vaya a ser que les explote; tertulianos mentales para hablar, comer, beber y no pensar, todo de una, con pasmosa y envidiable sincronización. …Y ya ves: tan arrogantes, en fin, como para caer sin complejos en la misma trampa que se denuncia, como yo mismo en este exacto instante, generalizando y hablando de ellos porque uno es muy especial, nacido en Oxford y, como decía la Pizarnik –que era argentina y algo le tocaría de por aquí–, “Ellos son todos y yo soy yo”. Y nuestra misma mismidad.

Pero, bueno. Todo esto se lo oí en la televisión el otro día (sí, estaba aquí puesto ese canal), magistralmente sintetizado, a doña Belén Esteban; princesa del pueblo y pensadora: “España un día te quiere y al otro día no te quiere. Lo sé yo mejor que nadie”.

Y resulta que ahora vas a tener razón, Belén, mi mártir. Y además lo explicas como dios y para todos los públicos. Mira: ya tienes argumento para otro libro, y para petar otra vez el Corte Inglés. Ya sabes –mejor que nadie– que España entera te está esperando. A ti que sí perteneces (Muñoz Molina dimisión) a esa recia estirpe de los nacidos para mear y no echar gota.

 

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