Religión

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El término religión, como muchos saben, procede del latín religare: re-ligar; reunir. Pero reunir, ¿el qué? Los pedazos. Los pedazos rotos del corazón humano, cuya primera fractura es salir a respirar en este mundo. Esa palabra, corazón, es la piedra clave para entenderlo todo, y no por casualidad es también otro término corrompido hasta lo irreconocible. Identificado por la mayoría con un tabú sentimentaloide que suena a chiste –en el mejor de los casos–; relacionado, en estos tiempos de niños inconscientes jugando a ser adultos, con las cancioncitas de Operación Triunfo o con una de las variantes más estúpidas de la estúpida prensa contemporánea: las miserias de cuarto de baño de un puñado de necios, los chismes de alcoba, el último modelo de Dior de Isabel Preysler.

Y sin embargo no hay metáfora más clara: el corazón es hoy, para la mayoría, ese teatro inocuo de personajes de ficción que en las canciones más obvias (“de no pensar mucho”), en la televisión, en las comedias románticas, proyectan la quimera de un deseo profundo de redención en que la gente no puede creer en el fondo, por irreal; así que se consuelan consumiéndolo. Como espectadores, no como protagonistas. Deseando ser parte de ese entramado de pasiones que nos ofrece la ficción (la honesta y la otra, la histérica de plató y cocaína), y sin embargo incapaces de creer que la vida real, nuestra supuestamente mediocre vida cotidiana, pueda llegar a ofrecer una aventura verdadera en que ponernos a prueba, en busca del amor o la gloria o el honor íntimos; elementos sólo accesibles -creemos- para los Elegidos, sean Brad Pitt o el último subproducto de la escoria televisiva.

Con lo que no hay escapatoria, al cabo: todos los dioses murieron; las grandes posturas ideológicas –válidas en algunos casos para comprender el funcionamiento y las estructuras sociales– fueron llevadas a la putrefacción en nombre de las soluciones finales que iban a traer el Paraíso en la Tierra (en forma de campos de concentración); las revoluciones fracasaron, los hippies dejaron de ser hippies pero no de ser palizas (cantaba Sabina), y las democracias actuales, mendigas, desahuciadas y prostituyéndose en la acera de algún fondo buitre de Nueva York, aspiran mezquina y exclusivamente a que sus ciudadanos puedan seguir pagando el crimen perfecto de la deuda (otra ficción con repercusión trágica a este lado del juego)… Pero, ¿y esos ciudadanos? ¿Y esos individuos? ¿Y esos seres humanos que somos usted y yo, y que constituimos el único ente con sangre y huesos que no es abstracción ni teoría ni mandanga en esta historia? ¿Y la persona, esta cosa orgánica que siente lo que piensa y piensa lo que siente? Los ciudadanos, los seres humanos, usted y yo, perdimos hace demasiado la verdadera razón de vivir, el impulso esencial, porque, sin creer en nada más allá de lo inmediato (todo es pantalla, todo es ficción, y nada perdura), a lo mucho que podemos aspirar es a subsistir lo más cómodamente posible en este mundo material de tres dimensiones en que si dejas de pedalear te caes; a sacrificar nuestro tiempo y nuestra energía y nuestro talento a cambio de ganarnos la vida, sin esperanza alguna en que todo esto tenga mayor sentido que el de distraer como sea, con quien sea, a todas horas y a cualquier precio el terror a la muerte; que está ahí abajo sentada, fumando y esperándote… Porque al final (el final de esta película es siempre el mismo) lo que sucede es que usted se muere, que decía Benedetti

Perdimos el anclaje, porque perdimos el horizonte y la brújula y la estrella polar. Nada por arriba: nada por abajo; reflejos el uno del otro. Cómo no vamos a vivir angustiados aquí, los supuestamente afortunados del mundo, ululando de las fiestas al psicólogo, si no sabemos para qué se vive. Cómo vamos a creer que pueda existir la plenitud, el estar en paz con la vida, si lo único que conocemos es el infierno literal de los anhelos, el círculo diabólico que no se acaba nunca, pues el deseo de cualquier tipo (del sexo a la vanidad más humildes, del poder a la codicia más infames) jamás se aplaca con más deseo, como el fuego jamás se apagaría con fuego. Y sin embargo lo seguimos persiguiendo sin contemplar otra opción, con idiotez magistral: alguien –el poder, la deriva del mundo, y nosotros mismos– nos convenció de que el secreto capaz de transmutar el absurdo de nuestras vidas en una orgía sin tregua estaba ahí fuera, siempre ahí fuera y casualmente en las cosas que valen pasta, que te podrás permitir si sudas sangre, en el despacho donde te llamarán de don o doña; en la medalla, en el éxito (sexual, social, profesional) que sin embargo se te derrite una y otra vez entre las manos en cuanto lo consigues, de manera siniestra, porque no es más que un diablo burlón que te repite una y otra vez –como tratando de enseñarte algo–, al desvanecerse: Te lo dije.

Religar: reunir los pedazos. ¿Pero cuáles? Los de la separación entre tú y tú mismo, y entre tú mismo y el mundo –que sois exactamente la misma cosa–. Todos nacemos heridos, decía Alejandra Pizarnik; arrojados del mundo, a las afueras de Dios. El nacer puede ser, sin exagerar un ápice, el primer desahucio de nuestra vida, el desamparo fundacional, pues hasta entonces éramos una misma cosa, un absoluto indiscutible con la placenta que era tu madre a su vez. Al ser expulsados, el primer frío es la cuchilla que nos separa de lo que antes era uno y ya no volverá a ser hasta la muerte (la otra puerta del absoluto; el otro extremo del pasillo). Huérfanos irreparables, todos nacemos heridos y a partir de entonces el amor será la única pomada capaz de cauterizar la herida. El amor que es el magma que sostiene todo, de tu espina dorsal a los planetas, de la música al escalofrío, y no la estupidez moderna (de nuevo) con la que trafican los mercaderes sabiendo que es ése tu anhelo último, de forma que todo lo que lleva esa etiqueta es sospechoso hasta que se demuestre lo contrario. El amor es la reunión última de los pedazos: pero hacia dentro, hacia dentro. Pues ya sabemos –vamos siendo mayorcitos– que el buscar la completud en otra persona puede ser más noble y sabio y duradero que buscarla en una plaza de ayuntamiento, pero tampoco será nunca suficiente. Nadie será nunca suficiente –aunque sea el hombre, la mujer de tu vida– porque eres quien debe reunirse, antes, con el hombre o la mujer que eres en realidad, que siempre fuiste, por debajo de las siete máscaras del miedo.

No era la religión lo que siempre oímos, lo que creyeron nuestros padres que era, lo que al poder le interesa que creamos que es. No es el fanatismo psicópata sembrando muerte en nombre del dios de turno, ni la creencia estólida y a ciegas de quien no tiene a lo que agarrarse; ni siquiera la creencia conmovedora de quien heredó su mito familiar de sangre sin entender lo que dice, ni de dónde viene –y sin importarle lo más mínimo, al cabo–: porque no se trata de creer, sino de conocer. De unos años a esta parte nos quieren hacer creer, otros, que el corazón es una cursilada de mercadillo y lo espiritual estrictamente un dogma, una superstición o un cuento infantil (mientras ellos abrazan sus dogmas incuestionables de fe en el dinero, la patria, la ideología o la ciencia rrrracional, en las que creen exactamente como en una Iglesia). Pero no. Reunir, reunir los pedazos de ti mismo; no creer hacia fuera, sino buscar hacia adentro. No en otro planeta sino en el rincón más humilde y más callado de tu propio templo: si haces oído, si no te distraes, si escuchas sin miedo, podrás oír el grito remoto, por entre las grietas del corazón, encerrado ahí abajo en las catacumbas, de eso que te lleva esperando desde siempre: el demonio de tu propia ley, de lo que has venido a cumplir en esta vida, deseando emerger rompiendo en ángel a la superficie.

Ésa es la religión; el llegar, pieladentro, cavando a sangre y lágrimas (porque jamás será fácil, nunca te lo regalará nadie), hasta las ruinas de oro del corazón, hasta el loto por debajo del fango, hasta el altar de la cueva que custodia el monstruo de tu terror más hondo. Hasta saber quién eres. Hasta reunirte y reconciliarte con la vida entera (donde Dios, si es que está, habita). Ésa es la alquimia primera. Ésa es la resurrección. Y ésa es la única revolución posible, porque es la única guerra en juego. Hay que volver al corazón. Hay que volver a lo esencial. Empezando por decir en voz alta palabras como amor y corazón como banderas clarísimas, en su sentido profundo y más consciente, sin vergüenza ninguna. Pues son ellos, los que no dejan de vomitar mentiras, fanatismo y miseria moral para hacerte esclavo, los que deberían callar y bajar la cabeza, humillados como lo que son: los esbirros a sueldo de la infelicidad que tú y yo creemos invencible porque ellos lo dicen, porque ése es su negocio, porque se lo oímos en la tele.

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  1. Religión, religión.
    Comienza con la definición,
    Amor en acción,
    Desde el fondo del corazón.
    A partir de ahí, acuden los iluminados de siempre, que no son la Religión.
    ¡Con qué desfachatez pretenden, unos y otros, apropiarse de aquel sentimiento!
    Si alguna construcción comunitaria merece mi respeto, son las sumadoras desde abajo. En este mundo dominan las impuestas desde arriba.
    El amor y la razón crítica, juntos, son imparables.
    Es mi forma escueta de ver el problema tan acuciante que planteas.
    Saludos cordiales.

  2. Totalmente, amigo Rafael: corazón y razón crítica. Un saludo!

  3. Que lindo leer algo parecido a lo que escribo. ¡Te felicito Miguel! Telepático lo tuyo

  4. Un honor estar en la misma frecuencia, amiga mía. Un beso 🙂

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