Del amor y otras políticas

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Sé que sonará a sarcasmo de pésimo gusto, pero lo cierto es que la política, en última instancia, debería ser un acto de amor incondicional; amor revolucionario, literalmente, por tratar de conseguir la mejor y más duradera convivencia posible (es decir, colaboración y comunicación y empatía) entre todos los miembros de una comunidad. Es por esto –por ejemplo– por lo que las mejores obras poéticas que tienen como argumento los avatares históricos o cotidianos compartidos son también poemas de amor: de amor comunal, universal, fraterno. Casi toda la obra –arrodillada y colosal– de César Vallejo, con ese cadáver que dejó de morir porque vinieron a abrazarlo todos los hombres del mundo; ciertas páginas memorables del Poeta en Nueva York de Lorca; el estremecedor Hijo de la luz y de la sombra de Miguel Hernández; abundantes páginas del Neruda joven cansado de ser hombre o enamorado de España o cantor total de América, en cuya forma sobre el mapa él veía la silueta de Matilde Urrutia en Los versos del capitán… O aquel poema precipitado de Blas de Otero en que susurraba gritando, con ternura furiosa de posguerra, a Laura, paloma amedrentada, / hija del campo, / con el hijo a cuestas / desde tus veinte años, / fregando los suelos / por caridad / (por caridad, te dejan fregar el suelo), que
ahora en la calle
y entre mis brazos,
Laura,
te amo directamente,
no
por caridad. 

Pues, sí: lamentablemente, lo único que tienen en común la caridad y la política, hace ya tiempo, es la primera como un reclamo más del burdel de la segunda.

Amor y política, en fin: “Como agua y aceite”, diría Michael Corleone, que en esa ocasión hablaba de amistad y dinero, pero para el caso lo mismo es. Si ya resultará difícil en sí mantener el equilibrio de funambulista que requiere ese oficio quedándose tu pareja en casa, no me quiero ni imaginar cómo será con los dos miembros tratando de convivir entre el plató y la cocina, el parlamento y los domingos por la tarde. Difícil saber, en esa tesitura, si se confecciona a caraperro la lista de la compra por confundirla en el fondo con una lista electoral, o si tiene alguna relación la última bronca en casa de su madre con el barómetro del CIS. (Los colegas de El Mundo Today son tan buenos no por parodiar la realidad, sino precisamente por llevarla hasta sus extremos más plausibles.)   

Habría seguramente dos Españas respecto al noviazgo (no sé si ellos lo llamarían noviazgo o romantikpolitik) de Tania Sánchez y Pablo Iglesias: los que esperaban que durasen un rato más, para que se dieran la hostia juntos –en la misma nave política presumiblemente–, y los que esperaban que se la dieran cuanto antes, que para qué tanta ceremonia, si de lo que se trata es de ver caer (en este país casi todo se trata, en el fondo, de ver caer a alguien). Porque esa hostia, por supuesto, debía ser, para ser completa, tanto política como sentimental. Es sólo una intuición, pero, conociendo el panorama como lo vamos conociendo, no sería nada infrecuente, entre gran parte de la audiencia-masa electora, un pensamiento tal que éste al topárselos en la pantalla: “Síhombresí,vengavengavenga…”. Es decir: “Qué se habrán creído éstos; líderes, carismáticos, televisivos, topeguays, a pique de gobernar y, además, ¡además!, pareja [ahora también en supositorios]. Y hasta se atreverán a ser felices…”. Somos así, hay mucha gente así; no pasa nada por admitirlo, señor, señora que ha ido midiendo su simpatía hacia ella en proporción inversa al maquillaje que se echaba o no la muchacha para salir en las tertulias.

No podemos saber desde aquí, claro, las razones de la ruptura (ni tengo vocación de Boris Izaguirre); pero me atrevo a pensar que tiene relación con un drama insoslayable por el cual la política verdadera (de despachos y sangre) y el amor verdadero (de sangre y alcoba), llevados de forma simétrica, se repelen mutuamente en una tensión que acaba fagocitando a uno de los dos elementos. Hay que elegir, llegados a un punto. Porque si Freud aseguraba que en una cama matrimonial hay en realidad seis personas metafóricas (el uno, el otro, y los papás respectivos del uno y del otro), todo apunta a que una pareja con carreras políticas paralelas en desgaste y ambición acaba produciendo una suerte de frontera imaginaria en la cama, como las líneas de una autovía: cada uno por su carril, cada vez más rápido, con la tentación de convertirse toda la relación en un rally, o en la Gran Vía según Esperanza Aguirre. En cualquier caso, y aun eliminando competencias de cualquier tipo de la ecuación, no sé yo cuánta energía podrá quedar para lo demás cuando la vida privada de los dos deviene apenas en la zona más en penumbra de todo un relato cada vez más extenuante, y más público. “Ojalá no tuviéramos que escribir esto aquí. Ojalá nuestra vida privada pudiera ser sólo nuestra, pero, para nosotros, eso dejó de ser posible”, escribieron ellos mismos, efectivamente, en el comunicado que publicaron en Facebook, como certificando, también en las formas, que ya no hay donde esconderse, en esa tesitura entre la Stasi y el Gran Hermano; o sea: Black Mirror. [La misma tarde, por cierto, en que ganaba las elecciones andaluzas una señora embarazada que habría dicho sobre su feto –según cuenta en Contexto el gran Gerardo Tecé–: “No me está dando ninguna molestia, parece que está por una mayoría socialista fuerte en Andalucía”. Y eso sí que es amor político (atroz).]

Si, según decíamos al principio, el amor debería ser el motor y la meta última de la política, lo que sucede de facto es que, tal y como son las cosas, el amor es la primera víctima de esa carrera, la muñeca que se ve en primer plano en las fotos de después del desastre: el amor vive de la autenticidad, y las poses, los títeres y las sonrisas de arlequín lo matan. La política debería ser –decíamos– un acto de amor revolucionario para conseguir la convivencia general: lo que acaba sucediendo es, por lo visto, que su ejercicio acaba por no tolerar ni la convivencia siquiera de dos seres humanos, aun con un mismo horizonte común. Todo esto es absolutamente matizable y discutible, por supuesto; pero pienso en ciertas parejas de políticos profesionales (de Aznar y Botella a los ex reyes de España, pasando por Alaska y Vaquerizo), y no puedo evitar acordarme del matrimonio Underwood de House of cards, magistralmente interpretado por Robin Wright (que Dios guarde muchos años) y Kevin Spacey: un matrimonio que funciona tan bien en política, sencillamente, porque ambos están muertos por dentro, y su alcoba un cementerio en que seguir conspirando contra la nada. Es decir: que para mantenerse en política a ciertos niveles y que el matrimonio dure, lo más probable es que no haya matrimonio, sino coalición.

Si esto es así (si ha sido por las razones éstas que aquí desbarro), entonces Tania Sánchez y Pablo Iglesias tienen toda mi solidaridad [aunque uno, en política, y al contrario que José Bono, no ponga la mano en el fuego por nadie], pues significaría que, ante el desastre, no han podido seguir fingiendo por mero cálculo, ser deshonestos consigo mismos. Y quizás su ruptura sea una suerte de primera prueba política real: la confesión pública e implícita de que la carrera en la que andan metidos es una trituradora que no entiende más que de velocidad y cálculo y daños colaterales; de ahí que hablar de amor cuando hablamos de política resulte a la postre un sarcasmo de pésimo gusto, o una ingenuidad propia de niños irredentos cual viene siendo uno mismo. Claro que el caso lo permite: ante un comunicado público con semejante firma-colofón (“Tania, la mujer más valiente que conozco y a la que más admiro. Pablo” / “Pablo, el hombre que lo cambió todo y al que más admiro. Tania”), uno no sabe si sonrojarse políticamente, o humanamente conmoverse.

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