Félix Grande, “motivos para amar haber nacido”

14RA

“Somos los lentos forajidos que inventamos los mitos, las religiones y la historia, el lenguaje y las drogas y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir. Ahora sé que un abrazo lleva al fondo un pequeño violín de espanto, una matriz de desconcierto. Y en la alta noche, a unos pasos de los antiguos y a unos pasos de nuestros futuros arqueólogos, nos sentamos sobre las mantas, ateridos de perplejidad y de emoción. Y algo gigantesco y cósmico nos acaricia un poco nuestra cabeza ebria, antes de que tengamos tiempo de llegar, como locos, al interruptor de la luz”.

 [F. G., Puedo escribir los versos más tristes esta noche -1967/69]

Hay dos frases, misteriosamente anudadas por entre los años, el vendaval magnífico y turbulento de su vida, que parecen reunir, abrazándolas, la infancia y la vejez del poeta Félix Grande; como las caras de una misma moneda de limosna y tiempo.

La primera la pronunció, quizás una sola vez (pero para siempre), en algún momento de los años 40, siendo tan alto apenas como el brocal del pozo con el que solía “enredar” su madre: amenazando, a veces, con tirarse a él empujada por el terror animal que desde la guerra civil deambulaba enjaulado en su conciencia. En uno de esos episodios de pánico, dijo –se oyó decir él mismo en voz alta–, ese niño de seis o siete años, pequeñito, a su madre: “Mamá, no te mates”. 

(“Pobrecita”, diría luego, mucho más tarde; “pobrecita”.) 

La otra frase la pronunció más de sesenta años después, una tarde de agosto en una cafetería cercana a su casa de la calle de Alenza, en Madrid; ante una grabadora, un posadolescente en llamas, un café y un cigarro compasivos: Ya no me da miedo morir. 

“Es curioso que he pasado toda la vida aterrado –decía, casi pensando en voz alta, expulsando el humo lentamente–, toda la vida manejando la herencia psicológica de mi madre, y ahora ya no me da miedo envejecer, y no me da miedo morir”. Dijo, también, mirando hacia el ventanal en el que se derrumbaba el atardecer de la ciudad sin nadie: “Sospecho que para conservar la inocencia hace falta mucho coraje, y el ejemplo supremo para mí es César Vallejo. No recuerdo a otro poeta que haya sido capaz, como él, de llevar sobre los hombros y durante toda su vida el asombro, el terror de la infancia, y la angustia de la adolescencia, hasta el final, hasta su muerte”. Porque “las palabras, como la música o las representaciones artísticas, tienen un pie puesto en la inocencia, en el asombro pre-homínido. Cada vez estoy más convencido, y más ahora que estoy terminando mi vida (…y te ruego adviertas el tono de tranquilidad con que lo acabo de pronunciar), de que la inmersión en la infinita sabiduría e inocencia de las palabras, en su palpitación sagrada, te hace sentirte perteneciente a toda la historia de la especie. Es toda la tribu la que está dándote la bienvenida”.  Aquellos que “acercaban  la mano a la hoguera, y se daban cuenta de que el frío y el miedo estaban reclamando  el nacimiento del lenguaje”.  

(Miedo amor corazón: dadme lenguaje)

Tenía, en aquel momento, 71 años. Estaba en la flor tardía, inesperada, redentora de su vida. Ya no dormía mal, después de décadas de insomnio. Ya no escribía de madrugada, los ojos turbios, vencido sobre el frío, la manta y el candil que alumbraba su mantel lleno de lobos. Ya no era más su heterónimo suicida Horacio Martín, fatigando las calles de la furia y el deseo. Era ya ese muchacho majestuoso de 71 años, aquella tarde; con la paciencia de quien se pasó la vida corriendo y sabe que ya no hay prisa por llegar a ninguna parte. Ya no corría: ya sólo contemplaba desde su balcón el reguero de barro y gemas que su pelea con el Tiempo había dejado a lo largo de la calle, hasta el portal. Hasta ese final de su vida sin dañar ni dañarse junto a Doina-Francisca Aguirre: su compañera de más de medio siglo, o la mujer, la anciana ya, que “le salvó la vida” desde el instante mismo de conocerse.

[Léelo íntegro en CTXT.es]

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