La buena educación

1959386_10154244060725221_7075516995282041118_n

Manifestación del 1 de mayo en Cieza. En primer término, con traje claro y sombrero, José Ríos Gil: periodista, impresor y bisabuelo.

Hay una España que no es un Estado, sino un estado de ánimo. Hay un lugar que se llama así, de manera íntima, y que no es un lugar físico siquiera, ni una abstracción patriótica y folclórica (refugio de canallas), ni una historia de hambre y sed y cuchillos, sino la memoria tenaz de un sueño que hubiéramos ido compartiendo, algunos, en “las últimas habitaciones de la sangre” (Lorca), y que no puede llegar a explicarse con el idioma del diccionario, sino con el de las intuiciones más antiguas. Como una madrugada de verano en que vivimos algo irrepetible ante el balcón abierto, y que al día siguiente es apenas una bruma dulce en los ojos y en la piel de la resaca: un estigma interior sin forma ni dueño, palpitante de luz, que habla.

“Yo soy de donde están enterrados mis muertos”, le dijo Luisa Santiaga a su hijo Gabriel García Márquez, caribe y universal. “Yo soy de donde comen mis hijos”, le dijo Ángeles a su hijo Joan Manuel Serrat, catalán y aragonés y nómada. Y es en esa concordia de vida y muerte, memoria y pan necesario, donde mora la verdadera patria del corazón que yo entiendo: con una bandera hecha del trapo blanco que usurpábamos de algún cajón, en la casa de la abuela, para ponernos en la cabeza de pañuelo pirata. Un contraluz y una melodía de sol. Una reunión a mediodía para los vivos y una ofrenda azul para los muertos. Y en medio de todo ese tránsito los códigos de honor de la decencia, los paladines que alumbran el camino, el legado popular mejor de esta cosa disparatada que ya describí una vez (hablando de uno de los productos más altos y limpios del país éste, Antonio Gala) como esta resignación que sin embargo sueña cada noche más allá; ese espantar a la muerte pero hablarle de tú a todas horas; esa mística, esa picaresca, esta barbaridad; esta viuda sombría que se ríe de su sombra.

Pero también ese pueblo educado en gritar a todas horas y bajar la voz, amedrentado, tan pronto pasa el uniforme, el coche oficial, la peste del miedo… Yo escribí hace meses, en este mismo sitio, una pieza llamada La mala educación en la que quise hacer –por lo visto– una antología siniestra de lo peor y más mezquino y más bajo del paisaje, o paisanaje español. Hablaba de fanatismo, de miedo, de pereza mental, de escasez de miras, de miseria moral. Es dolorosamente cierto, y no voy a retractarme: lo sigo viendo (y padeciendo), encontrando zancadillas donde debiera haber puertas abiertas para el bien común (fruto esto, muchas veces, más de la ineptitud que de la cruda mala fe). Pero también: también es cierto que en el claroscuro esencial de este mundo no existe la escoria sin su origen o promesa de piedra de sol: la posibilidad de lo que podría ser la norma y no la excepción, porque también lo hemos podido ver, y vemos, si nos fijamos bien, si nos lavamos los ojos con agua limpia, en muchos recodos del camino.

Es la buena educación que tantos ejercieron y que muchos trataron de enseñarnos, de la casa al colegio, del colegio a las cuestas salvajes de arrabal donde cualquier anciana recién salida del siglo XIX te preguntaba sin complejos y con autoridad arcana y tú de quién eres, nene, cuando nos pillaba a los bandidos infantiles llamando a los fonos de las casas para salir corriendo luego (un crimen tremendo comparado con las cosas que se ven ahora en el telediario). Es un vislumbre de ternura en las caras de la fiesta y en las caras del entierro, y en el cordón umbilical que no se ve, como un pentagrama transparente, cuando uno lee o recuerda o ve imágenes de fotografías viejas, filmaciones antiguas en la televisión, y se da cuenta de la cantidad de entrega, de energía, de amor, de afán por todo y para todos que alumbró y levantó e hizo emerger lo mejor de los que mejor nos enseñaron. La belleza artística, la belleza humana, la belleza moral. La belleza conmovedora de esa oración de escalofrío del inca y español César Vallejo clamando en voz muy baja “amadas sean las orejas Sánchez / amado el desconocido y su señora”. Amado el desconocido y su señora: esos dos desconocidos que puedes ver ahora, en el atardecer de primavera desde tu ventana, y que son dos arañazos emocionantes, aquí dentro, de algo que tú no viviste pero que conoces bien, conoces muy bien: él trabajó toda su vida en un taller, en una fábrica, en una tienda, tragando con todo, levantándose antes que el mundo, sufriendo sin llorar jamás, para que a sus hijos no les faltara de nada y no conocieran jamás esa tristeza, la derrota irreparable; ella trabajó igual, tejió y tejió para otros, zurció la ropa de los hijos mayores para los pequeños, hizo alquimia con las pesetas que hubiera, que faltaban siempre y siempre llegaban, y se emocionó cuando llegó a la universidad el primer hijo, como se rompió para siempre cuando se le murió otra, con el hachazo de lo que no iba a suceder, no debía suceder, no tenía que suceder. Los dos perdieron de todo y pelearon y trataron sólo de levantar en su casa una barricada de luz contra el miedo y el frío. Hicieron lo que pudieron: todo lo que pudieron. Y no molestaron nunca, jamás, a nadie.

Hubo hombres y mujeres que soñaron una vida distinta, más cercana al corazón, y pagaron con la vida, el ostracismo, la muerte civil, el coraje de ser mejores, de querer que todos fueran mejores, que la vida fuera más grande. Los mataron, acabaron con ellos: porque destacaron, porque dijeron No, porque acataron su ley. Pero siguen aquí; los asesinos murieron para siempre; ellos siguen muriendo sin morir: pareciera que no dejan de morir nunca. Larra se mató pero el estallido del disparo sigue iluminando, como un fogonazo feroz de rebelión, en las noches de la Puerta del Sol en que los jóvenes de la fiesta que ya acabó (sólo queda la ilusión de lo que fue) vuelven cabizbajos a su alquiler, con sus bolsillos rotos y su futuro en cueros, sintiendo que matarse será la última opción posible antes de pelear hasta el final. Manuela Malasaña tirando macetas desde el balcón del barrio que hoy lleva su nombre, sin más ideología que defenderse, es todas las vecinas de este mundo que ayudaron a parir hijos, a amortajar difuntos, a consolar viudas en las alcobas más pobres; haciendo de comer, derechas como velas, tiernas e irreductibles como templos, en las cocinas de todas las desgracias de este país que uno detesta tanto, y que tanto le enternece cuando percibe que es posible siempre el fogonazo fraterno, la luz compartida, la reunión colosal de seres humanos al pie del cañón y del siglo: toda esa gente de todas las ciudades y de cualquier pueblo de este rincón peninsular del mundo, poniéndose de luto el alma y mirándose a los ojos por la calle y profesando un silencio milenario cuando azota la bestia, el bombardeo, la carnicería, el tiro en la nuca, el tren partido en mil del marzo más frío y más inhóspito de todos los tiempos. Pero mirándose: mirándose a los ojos. Levantando la cabeza. Preguntando qué puedo hacer, en qué puedo ayudar, la urgencia en la espina dorsal de lo civil al oír el lamento de la gente, su gente, la gente: los que merecen todo porque “también son gente”, vecino Pessoa; los que no tienen solución pero “merecen tenerla”, Félix Grande Lara que no mueres.

“Cada uno tiene su crucecica”, escuché una vez, todo el niño alerta, en un atardecer que quizás pertenezca ya a los pergaminos remotos de Melquíades. Su crucecica: con ese diminutivo arrodillado gigantesco emocionante de mi tierra: una vieja de Cieza, de mi pueblo, del tuyo, de cualquier pueblo. Una vieja diciendo, reconociendo que cada uno tiene su crucecica, su cruz enorme y diminuta, y que por tanto todos los seres humanos de este mundo merecen piedad, merecen en el fondo y aun en la crueldad y la maldad más incomprensibles, más indescriptibles, un pedazo de pan y una sopa y una manta y un candil en mitad del camino lleno de lobos; porque, sea quien sea, como sea: aquí, el deber fundacional de socorrerlo. El deber insobornable de don Quijote de liberar a los esclavos, a cualquier esclavo, porque no ha lugar encadenar a quien Dios quiso nacer libre. Don Antonio Machado tiritando y digno, caravanas al exilio dignas y atroces; tumultos de fusilamiento y de tapias de cementerio y tumulto y rumor de tormenta viniendo por esa calle y clamando que puede haber libertad: sin ira, libertad. El mendrugo de pan de la cena miserable que se nos debe y que nos hurta el ciego a todos los Lázáros del mundo. El grito inacabable de todos los soldados de amor que gritaremos siempre Melibeo soy. “Y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo”. España camisa blanca de mi venganza en un aullido negro de Goya y en el viejo que te saluda por el camino, buenos días, como un recuerdo, un reconocimiento en el camino, una carta de concordia por el camino que dobla y que lleva al cementerio y por el camino que lleva hacia la Fuente donde descansan bajo tierra todos los muertos del silencio.

Hay un cántico en alguna parte, como un verano donde todos los muertos siguen viviendo; un sueño inconstante e invencible de vecinos frondosos y fuertes como olivos de sombra: cualquiera de ellos puede llamar al timbre en cualquier momento, decir su nombre, que le abran, o tan sólo empujar la puerta entornada que da la bienvenida a todos, al mediodía cualquiera del mundo y todo el mundo un racimo de mundo, de cómplices, de viejos victoriosos que saben recordar pero perdonan los tiempos horribles del hambre y la infamia y el crimen, la eterna y puta guerra civil que es siempre una y siempre la misma. El mundo lleno, lleno de gente, de plenitud, de descanso de mundo, de pájaros de junio cantando o durmiendo en las jaulas de vecindad del patio de luces con olor a comida, los coches que pasan, los edificios humildes pero felices, el mundo lleno de mundo, de gente buena que viene o que pasa por la calle trabajando sólo para que haya vida, para que no se detenga nunca la vida y el mundo siga lleno de sí mismo, para hacerme saber antes de que yo naciera que el mundo puede ser un lugar colmado de sol y dicha y mediodía, en vez de un lugar vacío, vacío.

Hay un cántico que es una copla vieja, un llanto y una risa; una canción de Serrat pero también un tango de Gardel y la voz de rayo de luna llena de Chavela Vargas. Y César Vallejo, Vallejo para siempre clamando en París con aguacero y al borde de la última lágrima ante su propia tumba “A España, voy a España, quiero ir a España”. La única patria del corazón: la de los niños mayores que –Félix, hermano–

“¡fuimos muchos amamos creímos quisimos lo mejor para todos!”

No desprecio a España, cuando la desprecio, por lo que somos, sino por lo que podríamos llegar a ser, y no nos da la gana, no nos permitimos. Y sin embargo esto: este atardecer rompiéndose en azul y malva ante el balcón de un barrio morisco del Sur, en un escándalo de golondrinas de abril huyendo, que me recuerda siempre de dónde vengo, de cuál sitio mejor he sido siempre.

Y su escalofrío.

Anuncios

  1. Un nudo en el estómago, humedad en los ojos…recuerdos y momentos de mi ya extensa vida. La foto de mi abuelo (y el tuyo) tus textos de amor, desamor y desencuentros, ahí estás tú, iniciando una marathón inacabable, transportando en tus vísceras a la familia, honrando su memoria y proporcionado (a mi, por lo menos) una inmensa satisfacción.

  2. Eso llega hondo -viniendo además de donde viene-. Muchas gracias por tus palabras, Diego, por la emoción compartida. Satisfacción la de saber que merece la pena de vez en cuando este tinglao. Un abrazo fuerte. A tu salud, y a la de ese apellido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s