Óscar Hahn o el diente de leche de la muerte

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“Con vos quería hablar, hijo de la grandísima”, comienza un poema de Óscar Hahn (Chile, 1938) llamado Invocación al lenguaje, en el que el hijo de la grandísima es ése precisamente, el lenguaje. El esquivo de “látigo húmedo” que “tiraniza” el pensamiento del otro, el poeta, cuando éste pretende domarlo y atemperarlo para que esa bestia sin ojos pueda hablar de verdad, decir su verdadero nombre, contar su secreto. 

Porque se trata de una alquimia feroz; de conseguir someter al daimon que custodia las claves del otro lado ante la puerta labrada con todos los signos del idioma. “Un combate cuerpo a cuerpo”, comienza diciendo Hahn, en el vestíbulo callado de un hotel de Granada (España, no el Caribe), cuando se le empieza preguntando por eso: hasta dónde pueden llegar las palabras. Pero incluso la frase combate cuerpo a cuerpo tiene una textura templada al pronunciarla este hombre de 77 años que pasó 35 dando clases en Estados Unidos (casi todos en la Universidad de Iowa), hasta que regresara a su tierra natal en 2008. Fue otro combate, mucho menos lírico, el que lo sacó de Chile: el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende en 1973, la cabalgata horrenda, que le costó varios días de cárcel y ver de cerca la dentadura postiza de la muerte, antes del exilio.

Para entonces ya había publicado sus primeros poemarios (Esta rosa negra -1961-; Agua final -1967-), a los que seguirían más de una decena de títulos en las siguientes décadas, entre poesía y ensayos; y el chorro súbito de galardones, sólo a partir del nuevo siglo (Altazor 2003, Casa de América 2006, Lezama Lima 2008, Pablo Neruda 2011…). Hahn nació en Iquique, localidad portuaria del Pacífico, y de ahí, quizás, su voz paciente, la mirada de despedida (mira como de lejos, Óscar Hahn: como al borde de decir adiós) y la cadencia marítima de sus versos, que suenan muchas veces a los muelles tristes donde leía su paisano Neruda en la juventud crepuscular de Valparaíso. (A Neruda lo conocería cuando él era muy joven y el otro ya el Cantor de América mellizo de Whitman: le pareció una persona “absolutamente sencilla”, “muy paternal conmigo”, a pesar de la supuesta soberbia que le atribuían sus paisanos: se dio cuenta entonces de que la gente –no sólo en el caso de Neruda– suele confundir “el ego de los poemas con la persona misma”.)

Sea con ego o descreimiento, melancolía o ironía, lo que intenta el poeta Hahn es “someter a presión al poema”, en frase de T. S. Eliot: para que revele el desnudo último de la realidad por detrás de los harapos o disfraces del lenguaje (hijo de la grandísima). Unas veces con el sortilegio de la misma detonación de los sonidos; otras por el juego cáustico de lo cotidiano; otras –quizá las más afortunadas en su obra– siguiendo el camino de una amargura que antes de vencerse del todo hace una mueca infantil y se escabulle ante el dolor inabordable de esa calle que baja y que “no acaba nunca de bajar”.

[Léelo íntegro en CTXT]

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