Temprano a ésta y tarde a la siguiente

5

El año 2001 de nuestra era constituyó un momento legendario de la Historia contemporánea, y no por la película de Kubrick, o lo de las Torres Gemelas (la primera gran película de terror colectivo del siglo), sino porque a un servidor le sucedieron tres accidentes, de manera consecutiva, que vistos en perspectiva ríete tú de la cadera del rey. Del ex rey, digo.

El primero en cronología fue por Santo Tomás de Aquino; o sea, entre finales de enero y principios de febrero de aquel año. Sucedió que, tras un centenar de cumbres con la gente de la clase para ver qué tipo de espectáculo se perpetraba en el inevitable Concurso de Canción y Baile, y tras terminar de convencernos de que no íbamos a poder reproducir ninguno el tango de Al Pacino y Gabrielle Anwar en Esencia de mujer (recuerdo que ésa fue mi humilde aspiración inicial), y que no estábamos dotados siquiera, los seis o siete tíos de la clase de Letras puras, para un mal Baile del encantamiento bajo el mar a lo Regreso al futuro, al final sucedió lo más lógico y sensato posible: que horas antes de la actuación nosotros no teníamos actuación, y mi colega Pablo Lucas y yo recurrimos a su hermano Antonio –un año mayor, nada menos– para que, por favor, nos enseñara, en el cuarto de hora en que su madre corría a buscar una peluca azul del trastero, la coreografía del Rock de la cárcel, de Elvis, que él mismo había hecho con su clase en alguna ocasión similar; quizás el año antes. El resultado fue antológico: de camino al auditorio Aurelio Guirao [que las musas tendrán en su gloria], yo mismo rescaté de mi trastero las medias negras y la falda amarilla que debió de llevar la Muda aquella para recibir a los moros cuando lo del pasar la puente; y entre eso, la peluca azul y un entusiasmo que ahora me emociona, de pura piedad, firmé con el Pablo (que más que Elvis parecía Bin Laden) una de las actuaciones más apabullantes que vieron los siglos pasados y han de ver los venideros. Un orgullo tan hermoso y duradero que ahora, catorce años después, me levanto todos los días dando gracias al Señor por que no hubiera entonces ni móviles con cámara, ni Youtube, ni madre que los pudiere parir. (Pero larga vida al Telered, eh, aun así.)

El segundo sucedió apenas un par de meses después, a las puertas de la primavera, cuando los jóvenes y marchosos profes de Música, Educación Física y Religión nos llevaron de viaje de estudios (jamás entenderé por qué se les llama así) a Granada. Fue la última semana de marzo: me lo chiva el calendario del ordenador (que para esto sí, la tecnología). Ya lo conté hace no mucho, así que no lo digo; lo copio: No recuerdo ya si por el calor, por la impaciencia de que llegara la noche, o por la desesperación de que una que yo me sé no me terminara de prestar la atención debida, el caso es que tuve lo que llamaremos un súbito y varonil Momento Hemingway (elegancia bajo presión), y sin pensarlo mucho me abalancé de un trago sobre un surtidor de La Alhambra (‘Agua NO potable’) que hizo palidecer de golpe a mis colegas, al Francis, a Alfonso, a Tomás y a un grupo de rusos de Leningrado que pasaba por allí. También a un jardinero que se me quedó mirando atónito, entre el pánico y la risa, como Jesús Quintero ante el Cuñao, y que exclamó “¡Pero muchacho, QUÉ HAS HECHOOO!”, antes de salir despavorido a llamar, no a una ambulancia, sino a las televisiones. El resultado fue una noche hermosísima, casi que de luna de miel conmigo mismo en el albergue de Víznar, declamando en cuclillas verde que te quiero verde. […Resulta que de unos años a esta parte vivo aquí mismo, en el Albaicín. Y cada vez que miro por la ventana y veo la Alhambra rezo un padrenuestro en árabe y doy las gracias, por haber llegado vivo a la Selectividad.]

El tercero, en fin, fue, debió de ser poco después de eso; quizás en mayo. Ya hacía buen tiempo; ya se nos echaba el mismo tiempo encima, con la Selectividad en el horizonte inminente, el final de las clases, el final del instituto. El caso es que nos daba clase de Lengua y Literatura el por entonces secretario del equipo directivo, Bartolomé Marcos [que las musas guarden muchos años], y un viernes después de su clase, que era la última del día, las 2.30 post-meridiano ya, me pidió que por favor me acercase a su despacho, en el otro edificio (aún dábamos clase allá en su torreón de comunicación audiovisual), para rescatar y llevarle no sé qué papel que necesitaba. Y allá que fui. Mientras todo el mundo abandonaba las aulas, y el patio, yo entré por la puerta principal, a contracorriente, donde me encontré, qué casualidad, con Leonor; que, para los que no hubieran nacido aún, era una de las bedeles históricas del sitio. “Leonor”, recuerdo que le dije, como si fuera ayer: “Leonor, por tu honor, no me vayáis a cerrar la puerta, que voy un momento al despacho de Bartolomé, a recoger una cosa”. “Sí, sí, no te preocupes”, dijo ella (lo dijiste, Leonor…).

Llegué al despacho de B. M. Y ante las cordilleras de papeles que me encontré allí, como si en vez de dirigir el Instituto, Bartolomé, estuviera dirigiendo él solo el FBI, me dije Bueno, ahora a ver cómo… Me puse a hurgar, de un tocho a otro, hasta el punto de que se me olvidó rápido, creo, lo que quiera que había ido a buscar. Pero no me inquietó eso. Lo que me empezó a inquietar, de manera soterrada, como oyendo de repente, ahí a lo lejos, algo que se acercase (como se quedaba la peña en Parque Jurásico: mirando muy quietos el vaso de agua que se movía, anunciando al Tiranosaurio), fue el darme cuenta, de golpe, de que hacía ya un momento largo que no oía a la gente; que no se oía a nadie en realidad ya, en el edificio. Sonreí para mí, divertido, incorporándome de entre los papeles aquellos del Mar Muerto; con mueca sarcástica, como el Joker [fíjate, Bartolo, en las constantes referencias cinematográficas del asunto]. Me dije: Venga ya. Cómo va a ser… Salí del despacho, hacia la derecha; remonté el pasillo; salí al vestíbulo. Y ahí estaba, ahora sí que sí: como en aquellas películas de terror adolescente, rollo Scream, que tan de moda estaban por esa época, la puerta principal, imperial, del vestíbulo de entrada al Instituto, no estaba sólo cerrada: estaba cerrada con candado, con una cadena, con una cosa tremenda de hierro, con las cadenas de acero valyrio de los dragones de la Targaryen. Que de tan implacable, la cosa, de tan inverosímil, me dije Esto no me puede estar pasando pero aun así qué risa, señora…

¿Cundió el pánico? Nooo. No cundió el pánico (“aún no, aún no…”: se agolpaban las películas; ahora era el negro aquel de Gladiator, diciéndole a Máximo Meridio que no, “que aún no” vamos a morir…). Al revés. Pensé: pero qué guapo, tío. Así que me dediqué –creo recordar, vagamente–, durante los siguientes cinco minutos, a correr por ahí dando gritos, de un pasillo a otro, riéndome yo solo (quizás echando espumarajos por la boca), como un pobre y perturbado gilipollas. No duró mucho, porque al poco reparé en la cuenta de que, con aquellas cadenas de seguridad del Banco Central Americano, algo debía de esconderse allí, en algún lugar, taimadamente, para protegerlos quizás del conocimiento humano. Me dije (aquí hablaba el Indiana Jones frustrado que llevo dentro): Yo encontraré la entrada a las catacumbas, malditos… Por la parte de las aulas de Filosofía, supongo, allí abajo.

2a

El BAILE

Pero antes… Antes, volví al despacho (la urgencia de aquel papel remoto iba quedando bastante clara: el FBI tampoco abría hasta el lunes, por lo visto), con el fin de comprobar que mi infalible plan era efectivamente infalible. O sea: llamar por teléfono. Como mi padre [que Kasparov guarde muchos años] venía siendo también profesor del sitio, pues la solución estaba clara: yo llamaría a la casa de la abuela, que era donde comíamos todos los días, cuando me cansara de mi intrépida aventura; llamaría y pediría que me rescataran, porque lo cierto es que, con toda la risa y tal, mi estómago de 17 años no aguantaba más de dos horas sin comer, y ya era la hora de comer oficial (“¿Pero dónde lo metes, dónde lo metes???”, gritaba enloquecido, al verme almorzar otra vez, en el segundo recreo, uno que después se hizo fiscal del Estado con el único fin de averiguar esto, creo: no lo ha conseguido esclarecer aún). Descolgué el teléfono del despacho. Y entonces, ahora sí, como si la broma estuviera yendo ya demasiado lejos; como si de verdad se fuera acercando el Tiranosaurio por el pasillo; como si realmente algún hijoputa con máscara, capucha negra y machete fuera a emerger de alguna taquilla, o de entre los pergaminos de Bartolomé Melquíades… el teléfono no daba tono. Como si hubieran cortado la línea, o fuera de juguete, o fuéramos a morir todos de verdad de un momento a otro (¿pero qué ‘todos’, idiota?: tú solo!). Y ahí, lo confieso, me acojoné un pelín.

Colgaba, descolgaba, volvía a colgar y descolgar el teléfono: nada. Fui al despacho de al lado, repetí la operación: lo mismo, nada, ni un sonido, sin línea. Fui al otro despacho: lo mismo. [Ah: ni móviles, ni internet en cualquier sitio ni madre que los pudiere concebir, entonces.] Miré por la ventana, hacia el patio vacío, la verja más allá, las calles de las tres de la tarde tras la verja, a centenares de metros de donde yo estaba (o eso me parecía: miles, kilómetros hasta la calle), y calculé que, aun dando gritos a pleno pulmón, y que un viento súbito empujara la voz, y que la voz llegase a la calle, no iba a pasar por allí, en aquel momento, ni Pirri, ni Rita la Cantaora, ni el Maestro Armero siquiera, porque hasta éstos, que suelen estar de guardia, también respetan las comidas y las siestas españolas como Dios manda y más cuando empieza ya a hacer calor. Traté de hacer cálculos, de sopesar alternativas: ni las cadenas de la Targaryen ni los barrotes de las ventanas eran franqueables de ninguna manera (y mis notas lamentables en Tecnología de 3º de la ESO, con el Tamboleo, ya certificaron oficialmente lo que sabíamos: que ni aunque me dieran una motosierra). Recordé que quizás habría una posibilidad de llegar hasta el parque de atrás, el Parque Nuevo, a través de las aulas colindantes, por alguna ventana, pero las aulas estaban cerradas también…

Empecé ya, resignado, fatal, como un héroe crepuscular afrontando sus últimos momentos, a asumir el Final: moriría de hambre y de sed, allí en el Instituto, a lo largo de tres días interminables de fin de semana, como el mismo Cristo, entre los papeles del Mar Muerto y del FBI de Bartolomé Marcos [ni un mal mechero a mano, Bartolo, con lo que tú eras, para al menos habérmelos comido asados…]. Moriría allí, lentamente; convirtiéndome lenta y oficialmente en el Fantasma Hambriento del Instituto. Las generaciones venideras contarían historias atroces sobre mí (partiéndose de risa con sus juguetitos 3G), y asustarían a los nuevos diciendo que no se descuidasen con el almuerzo, que el Fantasma del pobre imbécil que murió allí en el 2001 nunca duerme, acechando el patio, robándole a los incautos los bocatas del primer recreo y los triángulos de nata del segundo… Ya veía, también, los titulares del lunes siguiente: ‘Imbécil muere de inanición por pasar el fin de semana en el Diego Tortosa’ (…¿Me dedicaría su artículo semanal Bartolomé Marcos en El Mirador? ¿Estaría a la altura del patetismo lírico de la cuestión? ¿Me pondría un 10 póstumo en Lengua, al menos…?).

Con ese ánimo, y como el hermoso vencido que ya era, encarando estoico la despedida (aún no había visto Casablanca, pero en ese plan), hice entonces lo más digno que se me pudo ocurrir: abrir una a una las ventanas de cada despacho, posicionarme en el pasillo, y desde ahí ir corriendo, de un extremo a otro, dando alaridos de cabra, a ver si por alguna ventana acertábamos a que me oyera alguien, aun de manera intermitente, al otro lado de la calle.

En algún momento, sin embargo; en algún momento entre las 15.00 y las 15.30 horas, y delirando ya, oliendo casi físicamente el arroz de mi abuela, entre el marasmo, el hambre y la locura junto a la ventana (creo que vi a un espectro parecido a Alfonso en el patio, obligándome a saltar al potro durante toda la Eternidad), vislumbré algo, a lo lejos, hacia la pista de fútbol. Seres humanos. Dos mujeres. Dos mujeres (¿era posible aquello?; ¿sería otra broma de Belcebú?) saliendo precisamente del edificio aledaño al torreón de B. M., en el extremo derecho del patio desde mi perspectiva. Me gustaría decir, en este punto, que me desmayé y ya sólo recuperé el conocimiento en un hospital, pero la vergonzante verdad es que seguí gritando, como (no dejemos ahora las referencias fílmicas) el pobre ése al que pega un tiro Torrente por meterse con el Fary. Y me oyeron. U oyeron algo que les hizo darse la vuelta, allá a lo lejos (parecían Océanos de Tiempo), como dos puros fantasmas del Pedro Páramo. Se dieron la vuelta, me vieron de lejos (ese diálogo: cómo sería ese diálogo…); se fueron acercando, poco a poco, con comprensible cautela, hasta la jaula, hasta los barrotes de la ventana en que uno, que era yo, las esperaba mirándolas con mirada de loco: como si de verdad “aún no, aún no” fuésemos a morir.

Era la madre de mi colega el Pablo, el del baile cumbre de Santo Tomás de Aquino –que daba clases para adultos, creo, allí mismo–, acompañada de otra mujer. Me preguntaron, evidentemente, algo así como ¿Pero qué haces ahí, muchacho?, o algo parecido (y yo no tuve fuerzas para responder lo que Leopoldo María Panero en situación similar: “¿Pero es que no lo ves?: El ridículo”.) De lo que sí estoy seguro es de la frase que pronunció esa mujer que acompañaba a la madre de mi amigo; de la frase legendaria, de la frase bíblica como de final de novela de García Márquez, como de clausura y fin del instituto; como de fin de mi adolescencia entera, tal vez:

–¿Te traigo un bocadillico, nene?

Se lo agradecí, a punto de saltárseme las lágrimas, pero no hizo falta: avisaron a Bartolomé Marcos, o B. M., y éste tardó poco en llegar, con la llave para el candado de acero valyrio. Entonces supe –me lo dijo él, despreocupadamente, mientras me devolvía a la libertad– que eso “ya había pasado varias veces antes” (“Aaah, entonces bueno…”). Y que para llamar al exterior sólo hacía falta marcar un ‘0’, y te daban línea. (Años después, al llegar a la primera redacción de mi vida, hice esa operación antes de preguntar a nadie: funcionó.)

¿Pero qué haces ahí, muchacho? Luego se me ocurrieron otras respuestas más ingeniosas para esa pregunta, por ejemplo con aquello que decía siempre don José Carrasco [actual director: que ese despacho guarde bien] cuando llegaba uno tarde a su clase: “¿Qué, Ortega, viene usté tarde a ésta o temprano a la siguiente?”. Y lo cierto es que estaba yo ya, aquel viernes hambriento del encierro, llegando temprano al lunes y tarde a todo lo demás: en el fondo ya intuía que, después de aquel curso, iba a empezar a ser Selectividad todos los días.

[Incluido en el especial ’50 aniversario’ del IES Diego Tortosa]

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