‘Kallocaína’: el infierno somos nosotros

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“Pienso que en la próxima generación los amos del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narcohipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que las porras y las cárceles, y que el anhelo de poder puede satisfacerse tan justa y completamente sugiriendo a la gente que ame su servidumbre como flagelándolos y golpeándolos hasta la obediencia”.

Se trata de una de las observaciones que Aldous Huxley hacía a su colega George Orwell, en una carta fechada en octubre de 1949. El segundo acababa de publicar 1984; el primero ya había dado a conocer Un mundo feliz en 1932. Las dos novelas distópicas más célebres que conocemos; alumbradas, cronológicamente, una por el presentimiento y otra por la constatación de que el infierno no pertenece a otra dimensión del Cosmos: está aquí mismo, a un solo paso, al borde exacto de la conciencia humana. (Distopía: pesadilla colectiva hecha vigilia.)

El infierno son los otros, dijo famosamente Jean Paul Sartre, de manera cándida, optimista incluso. No: el infierno somos nosotros

[Reseña de la novela distópica Kallocaína para Llanuras.es]

 

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