CINE DE VERANO (I). ‘La gran belleza’: todos los veranos de la juventud

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Qué es lo que buscamos; qué acechamos; qué anhelamos encontrar siempre, incansables, al caer la noche azul del verano, al adentrarnos en la placenta de licor y furia de la noche del verano. Qué sortilegio o redención tratamos de apresar, como una luciérnaga imposible, por entre el bosque de los cuerpos, la madrugada escandalosa, la noche del verano como una serpiente lúbrica cerniéndose sobre la fiesta, a punto siempre de derretirla, o desvanecerse sola (ese espejismo cruel que mata el día, la primera luz del amanecer revelando el saldo del desastre).

Me pregunto todo esto, absorto, al poco de empezar la película, aquí al aire libre, en este cine en algún lugar del Mediterráneo donde parece no existir el tiempo: así estaba en mi infancia, así en la adolescencia, así todavía. Las paredes blancas, como la pantalla misma, de muros altos; sólo algún árbol o enredadera furtiva asomando sobre ellos, y arriba, por todas partes, adonde quiera que mires, el cielo solo, la bóveda anocheciendo, como una caja de zapatos a la que hubieran hecho agujeritos para que podamos respirar mejor aquí abajo, estas noches, los pájaros sin nido…

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