Pedro sánchez, ‘ex’ de sí mismo

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Cuando se conoció el resultado de las elecciones del 26-J, más de un perverso consideró que el problema de Pedro Sánchez había sido no ser tan-tan guapo como se esperaba de él a esas alturas; peor: era menos guapo que en las de seis meses atrás. De aquella caída de ojos que por momentos (casi) había recordado a George Clooney saqueando un casino mientras fingía jugar a la ruleta, los gemelos titilando contra el hielo del bourbon al asomar bajo el traje de Armani, su apostura comenzó poco a poco a debatirse en un quiero y no puedo más parecido al de un anuncio de Just for men: atractivo, el muchacho, pero deglutido por un aura de apolillamiento que no invitaba de manera apabullante a la seducción. Sobre todo en esta Semana Grande del Traje Nuevo del Emperador que padecemos, en la cual, como bien sabe el monarca de Pontevedra, no es que el rey vaya desnudo: es que, para seguir reinando, lo conveniente es ser invisible. [Y de toda esta (i)lógica podrá inferirse fácilmente en qué lugar quedan, cara a la audiencia, las camisas del Alcampo.] 

[(Pen)último epitafio de P. S., en CTXT]

 

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