Crónicas parlamentarias (VI)

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Tensiones juveniles

La tasa de desempleo juvenil en España es de casi el 47%, y la tasa de juvenilidad del Congreso debe de ser también una de las más altas de Europa. Se reunía ayer el Hemiciclo por primera vez después de las navidades (demasiado tarde para saber qué trajeron los Reyes Magos a sus señorías). Aun así, en ciertos escaños siempre parece víspera de algo –de año nuevo o carnaval.

Montar una escena

Que el Congreso de los Diputados es un escenario teatral, más que político, es algo que ya hemos advertido aquí demasiadas veces desde el inicio de la legislatura. Según se levante el sol o caigan picas en San Jerónimo, según se aburran las cariátides allá en lo alto o bostecen los ujieres en las tribunas (¿con qué carajo soñarán los ujieres, mientras hablan los dueños de todo esto?), el hemiciclo puede ser un corral de comedias, un montaje de zarzuela o un teatro callejero; una función de marionetas, un esperpento, un circo, una obra del absurdo o –más frecuentemente– una sátira ignorante de serlo, y por ello nada graciosa (aquí las carcajadas acaban congeladas en una mueca cruel sin solución.) Pero también es, sobre todo, el lugar de la perpetua escenificación de la Unidad, con mayúsculas. De la utópica línea que trata de dividir la realidad en colores, como en aquellos dibujos escolares en que el cielo era indiscutiblemente azul, los árboles absolutamente verdes, el sol rabiosamente amarillo.

Entrevista a Pablo Iglesias

A veces, Pablo Iglesias (Madrid, 1978) está “aburrido de Pablo Iglesias”. “Uno tiene muchos yoes”, nos contó: “El hijo, el secretario general, el colega… Si dedicas demasiado tiempo al yo público puedes echar de menos” a los otros. Pero sucede con él algo reseñable, y es que es perfectamente capaz de pasar de uno a otro con una espontaneidad sin sombras. Da la sensación de que Pablo Iglesias, animal político, es también, durante gran parte del día, un animal enjaulado; ceñido, como corresponde a su nivel de responsabilidad como secretario general de Podemos, al papel que se supone se espera de él. Pero de la fiera que millones de personas ven en televisión, rugiendo desde la tribuna del Congreso –con una vehemencia poco rentable para él, a veces, en términos de aceptación popular–, al muchacho de buena índole y sentido del humor gamberro capaz de relajarse, si se dan las condiciones, y tomarle el pelo al periodista, va un trecho largo; un pasillo lleno de máscaras y espejos en el que Pablo Iglesias se recuerda continuamente que Pablo Iglesias es muchos. Como todos. Salvo que la mayoría no vivimos al filo constante de la navaja. O del tablero.

Congreso del PP 

La democracia ‘est quod est’

Nadie tiene claro todavía si España es un Estado laico, aconfesional o ateo-católico-folclórico. En cualquier caso, y salvando los días en que un arzobispo se levanta con ganas de salir en la tele y que suba el pan, hace tiempo que Dios anda lejos del debate público (seguramente le prejubilaron). Y, sin embargo, no es la cuestión tan sencilla. Si uno hace oído en el Congreso, si no atiende a la literalidad de las frases y al festival adolescente de lugares comunes, si escucha bien la música y trata de mirar la letra del adagio mil veces repetido con ojos nuevos, puede de repente caer en la cuenta, atónito, de que no está oyendo un pleno, sino misa.

Autores, actores y gentes de mal vivir (reportaje)

“Pero, ¿dónde está el maná de los cómicos, en qué tierra caerá que sea nuestra, si nosotros no somos de ninguna parte?”, se preguntaba el personaje de José Sacristán en la obra de Fernando Fernán-Gómez El viaje a ninguna parte. Y es cierto: los cómicos suelen ser de ninguna parte, por ser de todas a la vez. A qué patria legislativa acogerse, entonces, si lo suyo (lo del juglar, lo del pintor, lo del contador de historias) perteneció siempre al camino; qué privilegios disfrutar, y sobre todo qué diezmos rendir, si su oficio siempre fue cosa de los márgenes y su sustento, su maná improbable, dependió siempre de la fortuna, no de la plaza fija [en la mayoría de los casos, claro: que siempre ha habido clases, hasta entre los desclasados].

 

 

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