“Calor humano”

evolerekarte

He visto ya dos veces la entrevista de Jordi Évole con el ex etarra Iñaki Rekarte (sospecho que uno de los trabajos periodísticos más necesarios hechos aquí en las últimas décadas). La vi, o la viví más bien, con idéntica atmósfera; la que consigue desplegar ese silencio húmedo de bosque del norte en que se desarrolla la primera parte de la conversación, y se sigue intuyendo en la segunda. El bosque: que es el hogar arcano de los espíritus, pero también el lugar siniestro en que esa turba de psicópatas disparó tiros en la nuca o afinó la puntería para su guerra delirante de fantasmas, durante décadas (durante toda mi vida, literalmente, hasta hace apenas unos años).

Debido a cierta batalla que lleva uno consigo mismo, en los últimos tiempos, contra la inercia antigua del juicio (el de los otros respecto a uno, pero sobre todo el de uno contra uno mismo), la empecé a ver con la mente casi en blanco; es decir: como una pantalla blanca en la que se fueran sucediendo las imágenes, el diálogo aquel, sin nada que añadir por parte del tirano llamado ego que está siempre ahí dentro, alerta, como la vieja del visillo, deseando sorprender la más mínima falta para salir a dar por saco. (Si uno entiende que uno es el conflicto, que está dentro, y no fuera, entonces el conflicto se diluye.)

La palabra conflicto me viene ahora muy bien para continuar, porque es justo la palabra que utilizó esa camarilla nazi de la ETA, toda la vida (toda mi vida, repito: tengo 31 años), para justificar el poner bombas y matar niñas de dos años que pasaban por ahí (por ahí por Santa Pola, si mal no recuerdo, por ejemplo, en el verano de plomo del año 2000). Pero bastaron, bastan tres minutos contemplando sin la más mínima alteración las palabras, los gestos, la mirada huidiza o franca del antiguo terrorista, para darse cuenta (si uno quiere darse cuenta, si uno no es un fanático, si uno es honesto con lo que ve, silenciando a su vieja del visillo particular) de que el único conflicto que ha tenido ese hombre, toda su vida, ha sido también con él mismo.

Era jardinero del ayuntamiento, contaba, a los 18 años, cuando lo reclutaron los terroristas. Supongo que para engrosar, de primeras, esa tribu de revoltosos cachorritos quema-cabinas a los que el padre Arzallus reconvenía tan tiernamente desde el telediario (Estos niños…). Era jardinero del ayuntamiento de su pueblo: y vivía “muy bien”, decía Rekarte a Évole, como tratando de entender él mismo por qué. Por qué dejó de vivir tranquilamente, tan bien, para ir voluntariamente a joderse la vida. “Falta de madurez”, elucubraba, como causa más probable. Dice que a él le daba igual toda la murga nacionalista, que no entendía de política, que en su casa ni se hablaba de eso, pero que algo había que hacer una vez vio cómo a su padre (que ya le había advertido que llevara ojo con las compañías) lo encerraba la policía, sin comerlo ni beberlo, para darle a diario, supongo, las mañanitas del rey David. [No sé si hace falta añadir que el odio sólo multiplica al odio igual que el fuego sólo multiplica al fuego.]

Fuere por falta de madurez o por falta de perspectivas, por ganas de venganza o por las ganas que tiene uno a esas edades de demostrar (al mundo y a sí mismo) que uno ha venido aquí para pisar fuerte, o simplemente porque se aburría regando plantas, el caso es que Iñaki Rekarte entró en ETA; y un indocumentado cuyo retrato robot no cuesta vislumbrar (“un pobre hombre que no sabe ni cómo cojones salir adelante en la vida”, comprobaría después, cuando coincidiera con él en la cárcel) le ordenó, a él y a varios inmaduros más de 20 años, matar a unos cuantos policías (“vais allí, y pa-pa-pa-pa”) en Santander. Y Rekarte acabó apretando un botón desde un coche, en una detonación que causaría tres muertos (un matrimonio y un veinteañero que pasaban por allí) y decenas de heridos. Antes, en Irún, ya había participado en el asesinato de dos supuestos chivatos de la policía, dos hermanos “más drogodependientes que otra cosa”. Pero ahí, ya entonces, “se había roto todo”: se refería a él mismo.

No entraremos a valorar lo que hizo, los asesinatos. Es algo que la mayoría no podemos entender, a priori: cómo es eso, cómo se llega a eso, cómo se es capaz; así que no entraremos ahí, a juzgar eso [quiere hablar, la vieja del visillo, pero no la voy a desamordazar ahora]. Vayamos a lo que sintió luego, después de matar, porque eso sí lo podemos entender muchos, si alguna vez hemos estado en el infierno; y todo el mundo hemos estado en el infierno: es el círculo diabólico del miedo-la culpa-el remordimiento-el miedo-la culpa-el remordimiento… Y el odio; el odio contra uno mismo, como variable de esa rueca. Le pregunta Évole cómo fueron los días posteriores al atentado en Santander, y Rekarte responde que sentía, escondido en algún parte, como si la ciudad entera lo estuviera echando: como con cientos de miles de ojos colándose por las ventanas y las rendijas del agujero en que estaría escondido, mirándole sin término. Dijo también, a Évole, algo que me parece ha pasado desapercibido: “Fíjate, parece mentira que lo diga yo” (¿por qué?: la culpa), pero, en aquel instante, lo que necesitaba era “calor humano”.    

Dijo Rekalde que después de un atentado, en la frialdad de ese momento (que no en caliente, como se hubiera podido suponer), tras consumar el “objetivo militar” de liquidar a quien fuera, “la lógica de la guerra”, lo que haces es “celebrarlo”. Esto seguro escandalizaría a muchos, pero yo lo entiendo perfectamente: debe de ser tan atroz, tan inconcebible el horror propio por lo que acaba uno de hacer, tan inconmensurable la vergüenza profunda y el abismo abriéndose por dentro, sabiendo con certeza irreparable que lo que uno acaba de hacer, la condenación, ya no tiene vuelta atrás –y te acabará engullendo–, que lo único que queda al inconsciente es huir hacia adelante: es decir, hacer como si no pasara nada; es más: tratar de autoconvencerse de la manera más escandalosa y normal posible de que lo que uno ha hecho (matar) es algo tan digno de celebrar como cuando cualquiera termina con éxito de realizar su trabajo: como salir de cañas después de la oficina. …Pero no puede engañarse, por supuesto: el horror le engulle, el terror ante sí mismo le acaba por insensibilizar de tal forma –para no ver de verdad lo que ha hecho– que, cuando le detiene la guardia civil, “le da igual morir”: porque ya está muerto por dentro. “Tienes ahí el juguete de la vida, que te lo dan intacto, y lo has roto”, decía. “No haces proyectos, no haces nada. Y morirte tampoco es nada malo. En ese momento no te importa perder la vida”: porque está muerto, “podrido”, dice él mismo; muerto por dentro.

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Insiste mucho Javier Cercas (uno de los intelectuales más lúcidos y valientes de este país cobarde y miope y fanático) en un hecho esencial: que comprender algo no es justificarlo. ¿Pueden justificarse los crímenes de Rekarte? (dejemos fuera a toda la ETA de este asunto): No, claro que no. ¿Pueden comprenderse los crímenes de Rekarte? Quizás no, o quizás no antes de años de psicoterapia –suya y nuestra–: pero nuestro deber, el deber moral y social y humano de toda la comunidad testigo de ese horror, es el tratar de entenderlo por todos los medios, porque ese horror, ese crimen, esa cosa inconcebible también es nosotros: somos nosotros. 

Esto que digo se podrá entender o no, se querrá entender o no se querrá entender, pero es así. Trataré sólo de contar, particularmente, lo que yo sentí mientras le escuchaba, mientras iban Évole y el antiguo asesino aquel, rostro del Mal en la Tierra, desenredando poco a poco, calladamente, la madeja de la desolación. Mis emociones (no mis pensamientos: la vieja se ha cansado ya de patalear): En los momentos en que Rekarte mató, era legítimo, natural, necesario incluso decir: Pero qué hijo de puta. Qué hijo de la gran puta. Veintitantos años después, una vez que Rekarte no es ya el mismo hombre, ¿sigue siendo necesario, sigue siendo natural, sigue siendo legítimo? (hablo de los que no somos las víctimas directas del crimen, claro: las víctimas directas no tienen por qué pensar esto). Porque Rekarte no parece tener ya nada que ver, veinte años después (20 años: uno detrás de otro), con el niñato desorientado que jodió varias vidas matando y se jodió la vida a sí mismo, matándose también. Recordé a Morgan Freeman en Cadena perpetua, cuando, ya anciano, le preguntan los que tienen la llave de su libertad si se siente rehabilitado: honestamente, no sentí (sentí) que hubiera demasiada diferencia. ¿Es legítimo, es natural, es lógico incluso seguir condenado a un hombre, durante toda su vida, por los errores que cometió en un momento de su vida? ¿Vale un solo error, o varios, para anular toda la vida de una persona? No trata de ser una pregunta retórica: la dejo en el aire, para quien quiera darle vueltas.

Pensé (sentí), también: ¿Será necesario, realmente necesario, seguir castigando a este hombre, después de toda su vida adulta, y lo que le queda, viviendo ya él en el infierno de sí mismo? Pensé: la gente que le esté escuchando y se escuche a sí misma, honestamente, ¿seguirá creyendo útil en algún sentido el seguir odiando a este hombre, pegarle, no sé, ejecutarlo en la plaza del pueblo? Muchos lo pensarían, seguro (conozco el panorama): Deberías estar muerto; Ojalá te matasen; Si le pillo yo lo mato. Pero, honesta, limpiamente, delante de su espejo: ¿De verdad les servirá de algo condenar ahora, ya, a este hombre? Honestamente: ¿querrán realmente condenar o matar a este hombre, en el fondo de su alma? ¿Para qué?

Rekarte conoció a una mujer en Cádiz (“un regalo de la vida”), en la Andalucía ésta que acogió siempre a todo Cristo. Tuvo un hijo (“un hijo de Cádiz”, decía, en el único momento en que se permite sonreír abiertamente: “Hay que joderse”). Hizo clic del todo cuando iba a ser padre, al pensar qué pensaría su hijo de él: porque no estaba nada orgulloso de sí mismo; porque estaba espantado de sí mismo. Y acabó diciendo, francamente también, sin vacilar, cuando Jordi Évole le preguntó a tumba abierta si se había perdonado ya a sí mismo, que sí, que sí se había perdonado: porque de lo contrario –supongo– no hubiera podido seguir viviendo. Se hubiera acabado matando, seguramente, en la cárcel. (¿Hubiera sido más útil eso, también, para alguien?)

“El odio es un alimento muy fuerte, mientras tú estás podrido por dentro. Hasta que te empiezan a rondar las preguntas”. (Mientras tanto, “la vida pasa y te has perdido a tus padres, a tus hijos, a ti mismo”). Ya respondió a las preguntas Rekalde, y no vamos a decir si nos convenció más o menos, si empatizamos más o no [Évole, al parecer, se resistió hasta el final a empatizar: por miedo]. El antiguo asesino dice que, al final, “se cansó de odiar”, con su remordimiento y sus crímenes a cuestas, con su cárcel y sus torturas: ¿Y usted, amigo, señora, vieja eterna del visillo? ¿Se cansa usted de odiar, de vivir en el odio, que no es sino la más desarrapada, descoyuntada y desesperada forma de pedir a gritos un abrazo, el calor humano que destruya el sufrimiento? Y, también: ¿es usted lo suficientemente valiente como para entender y admitir que, según y cómo, nadie sabe nunca nada? (Nada…)

Esto podrá entenderse o no; querrán o no querrán entenderlo. Pero –siento informar–, hasta que no integremos nuestras sombras, todas las sombras que habitan este mundo y nos habitan, no terminaremos nunca de ver la luz.

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  1. Partimos de las sombras, queremos entrever algunas luces y acabamos entre sombras.
    Tanto los castigos, como las regeneraciones, no están privados de actitudes nebulosas.
    Mientras, los asesinatos no tiene vuelta atrás.
    Pienso que cobra valor humano el desplazamiento del odio a los rincones sombríos, la sinceridad de los encuentros con las demás personas, incluidas las discordantes; y la construcción de una caverna común más solidaria.
    La sombra del asesino no se extingue.
    Pero el futuro dependerá de quienes lo protagonicen, en las líneas que he comentado.
    Siempre habrá caracteres destructivos y constructivos en estos menesteres, es nuestro sino. ¿A cuál de ellos nos apuntamos?

  2. Un gusto, amigo Rafael. Habrá que empezar por admitir que todo en la vida es construcción y destrucción; y desde ahí, construir una mirada nueva, al menos. Un abrazo

  3. alicia

    Amigo Miguel,
    Yo leo poco y menos periodismo, pero me quedé con ganas de ver cómo bailas con palabras después de nuestro encuentro el pasado jueves. Sigo pensando que es usted un tipo demasiado descarnado, que habla en términos que revierten en mundos entre desconocidos y prohibidos, ese batiburrillo de sentimientos humanos.
    Chapó, tú; quizás otro día nos vemos 🙂

  4. Muchas gracias, amiga mía 😉 Un honor todo lo que me dices. Para gente como tú escribo; las pieles finas ya tienen dónde sentar sus tiernos traseros.
    (A ver si sí; cuando vaya a okupar la casa de nuestro común amigo. Un beso!)

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